La revolución sandinista despertó, en su momento, una solidaridad que no fue solamente política. Para muchos fue también una esperanza ética en un continente marcado por dictaduras, desigualdad y violencia. En gran medida, las revoluciones se juzgan por los resultados y la memoria que dejan. Recordar esa memoria no es nostalgia: es la forma más honesta de medir la distancia entre aquella promesa histórica y la realidad que hoy vive Nicaragua.
La crítica al actual régimen no nace del desprecio por aquella experiencia revolucionaria sino, precisamente, del valor del recuerdo y de la fidelidad a lo que pretendió significar. Porque cuando el poder termina reproduciendo aquello que decía combatir, la palabra revolución deja de describir la realidad y comienza a encubrirla.
1. La promesa moral de una revolución
La revolución sandinista no fue únicamente un cambio de poder político. En sus inicios fue también un acontecimiento moral en la historia latinoamericana. Después de décadas de dictadura somocista, Nicaragua parecía un terreno fértil para la esperanza: una revolución que hablaba el lenguaje de la dignidad popular, que dialogaba con la fe cristiana y encarnada en la cultura campesina del país.
Para muchos en América Latina y más allá, aquella revolución "olía a maíz". No era una consigna ideológica abstracta, sino una imagen profundamente ligada a la vida real del pueblo nicaragüense. La solidaridad que despertó en esos años no fue una adhesión partidaria automática, sino una identificación radicada en una promesa histórica que parecía reconciliar justicia social, cultura popular, conciencia moral y fe.
Ese sandinismo inicial fue, además, un proceso plural. En él convivían combatientes, intelectuales, poetas, religiosos y dirigentes civiles que interpretaban la revolución como una tarea colectiva. No era un proyecto monolítico ni la expresión de una sola voluntad. Era una convergencia histórica de actores diversos que coincidían en la necesidad de terminar con la dictadura y abrir un nuevo horizonte para el país.
Esa pluralidad fue precisamente lo que dio legitimidad moral a la revolución. Permitía imaginar que el poder podía ser instrumento de transformación social sin convertirse en una estructura de obediencia. Durante un tiempo, esa esperanza pareció posible.
Pero las revoluciones, como los pueblos que las protagonizan, están sujetas no solo al desgaste del poder, sino también a las presiones externas y a la tentación de concentrarlo.
2. Cuando la revolución deja de nombrar la realidad
Tras la interrupción que supuso la salida del poder en 1990, aquella experiencia reapareció transformada. La revolución ya no se mostraba como un proceso plural y empezó a concentrarse en torno a una estructura cada vez más cerrada de poder.
Ese cambio no ocurrió de manera repentina. Fue el resultado de decisiones acumuladas, de reformas institucionales que debilitaron los contrapesos democráticos y de una progresiva identificación entre el Estado, el partido gobernante y la figura del liderazgo político.
Ese proceso se hizo plenamente visible cuando el sandinismo regresó al poder en el siglo XXI. A partir de entonces comenzó a consolidarse un modelo político muy distinto al que había inspirado las esperanzas iniciales. El poder dejó de presentarse como instrumento de transformación social y pasó a funcionar como un mecanismo de control.
Hoy los hechos hablan con claridad. Nicaragua se ha convertido en uno de los países con mayor número de solicitudes de asilo en proporción a su población. Desde 2018 más de setecientas mil personas han abandonado el país y al menos trescientas setenta mil han solicitado refugio político en otras naciones.
Detrás de esas cifras no hay únicamente migración económica. Hay persecución política, vigilancia estatal, represión contra periodistas, activistas, opositores y líderes sociales.
A ese fenómeno se suma otro aún más inquietante: la retirada de la nacionalidad a centenares de ciudadanos mediante procesos judiciales cuestionados por organismos internacionales. Intelectuales, dirigentes políticos, periodistas, líderes religiosos y defensores de derechos humanos han sido despojados de su ciudadanía y colocados en una situación cercana a la apatridia.
En términos jurídicos y morales, se trata de una forma extrema de castigo político: no solo se reprime al adversario, sino que se le expulsa simbólicamente de la comunidad nacional.
Cuando una revolución produce exiliados y apátridas, algo esencial se ha quebrado en su sentido histórico. Ya es otra cosa.
3. Nicaragua y la paradoja del poder
Algunos podrían preguntarse si, más allá de la deriva autoritaria, el régimen actual ha producido resultados significativos en términos de desarrollo económico o bienestar social.
Sin embargo, incluso desde esa perspectiva el balance resulta difícil de sostener: el precio ha sido desproporcionado frente a los resultados; dicho en términos sencillos —y en buen castellano caribeño—, ha sido más la sal que el chivo. Nicaragua continúa siendo, a pesar de ese costo, uno de los países más pobres de Centroamérica y de América Latina. La persistencia de altos niveles de pobreza, la migración masiva y la fragilidad institucional confirman que el modelo político vigente no ha logrado transformar de manera estructural las condiciones del país.
Esto no significa ignorar posibles avances parciales en determinados ámbitos. Pero incluso si existieran resultados positivos en ciertas políticas públicas, el problema fundamental permanece intacto: ningún resultado económico puede justificar la supresión de las libertades públicas ni la persecución sistemática de la disidencia.
El desarrollo, cuando se divorcia de la libertad y de la dignidad humana, pierde su sentido político.
La paradoja nicaragüense es precisamente esa. Una revolución que nació como promesa de emancipación ha terminado convirtiéndose en un sistema que castiga la autonomía moral. El poder premia la obediencia y penaliza la conciencia crítica.
La palabra revolución sigue siendo pronunciada, pero ya no describe la realidad que pretende nombrar: la encubre.
4. Epílogo: fidelidad sin obediencia
La solidaridad con la revolución sandinista fue, para muchos, una experiencia de dignidad común. No fue una moda ni una consigna: fue un despertar ético en un continente herido. Renegar hoy del autoritarismo que se presenta como heredero de aquella promesa no es una traición a la historia, sino honrarla.
La revolución que olía a maíz enseñó que la fe podía dialogar con la justicia y que la política podía tener rostro humano. El régimen que hoy persigue, destierra y exige obediencia ha quebrado ese pacto moral.
Por eso, decir que ya no hay revolución en Nicaragua no es negar el pasado, sino defender su sentido histórico.
Porque ninguna revolución merece ese nombre cuando convierte la conciencia en delito, la crítica en amenaza y la dignidad en sospecha.
Y porque, al final, ser fiel a aquella revolución que olía a maíz exige hoy decir con claridad que lo que hoy existe ya no lo es.
No lo es.
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