En esta quinta entrega de “Manual de vida en la República del terror” dejamos por un momento los atracos, las bandas y el recorrido del delincuente por el sistema de justicia para mirar otra violencia, muchas veces más cercana: la que nace entre personas que se conocen, comparten una familia, viven en el mismo barrio o arrastran diferencias que nunca lograron resolver.
La madrugada del domingo 6 de septiembre, en Bonao, una discusión entre dos hermanos terminó con uno de ellos muerto. Máximo Minaya Sánchez tenía 45 años y, según las primeras indagatorias policiales, el enfrentamiento habría estado relacionado con la desaparición de un ticket de lotería. Su hermano fue detenido y puesto bajo control del Ministerio Público; durante las pesquisas, la Policía encontró un machete que incorporó a la investigación como posible evidencia. Será la justicia la que determine exactamente qué ocurrió y las responsabilidades que correspondan.
Morir por un billete de lotería parece absurdo, pero justamente ahí puede encontrarse una parte del problema. Muchas de estas muertes no comienzan con razones que, vistas desde afuera, expliquen siquiera una pelea; empiezan porque alguien se sintió irrespetado, porque otro no quiso retirarse, porque apareció el alcohol, un arma o un tercero dispuesto a recordar delante de todos que “eso no se puede quedar así”.
Los números terminaron por acompañar aquello que cualquiera reconoce en las páginas de sucesos. A finales de septiembre, la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, situó en un 66 % la proporción de homicidios intencionales vinculados con conflictos sociales; de acuerdo con datos citados por Diario Libre, las riñas y rencillas explicaban por sí solas el 48.7 % de los homicidios intencionales registrados durante el primer semestre. Mientras los homicidios asociados directamente con la delincuencia mostraban una reducción, las disputas entre ciudadanos seguían ocupando un lugar central en la violencia cotidiana.
No siempre el peligro aparece detrás de una capucha ni llega en una motocicleta. Puede ser el vecino con quien llevamos meses discutiendo por un parqueo, el hermano con quien existe una vieja diferencia, la pareja que no acepta el final de una relación o el conocido que convierte una deuda en una afrenta personal. Entre la discusión y la tragedia suele aparecer algo que conocemos demasiado bien: la necesidad de demostrar que nadie nos toma de pendejos.
Basta escuchar algunas expresiones que repetimos desde hace años para entender cómo hemos aprendido a relacionar el respeto con la capacidad de responder a una ofensa: “Ese hombre no se deja de nadie”, “con ese no se juega”, “a mí nadie me coge de pendejo”, “eso no se va a quedar así”. Ninguna de esas frases mata por sí sola, pero detrás de ellas puede esconderse una idea que conviene revisar: retirarse es perder, aceptar una disculpa es rebajarse y dejar pasar una afrenta permite que los demás nos consideren débiles.
En muchos casos, además, la discusión deja de pertenecer exclusivamente a quienes comenzaron. Aparece el amigo que recuerda la ofensa, el familiar que exige una respuesta o el coro que convierte el pleito en espectáculo; lo que quizás habría terminado con dos hombres marchándose por caminos distintos se transforma entonces en una prueba pública de hombría, poder o reputación. Cuando entra una pistola, un cuchillo o un machete, el margen para arrepentirse se reduce con una rapidez brutal. El alcohol puede añadir otra dificultad al afectar el juicio, no porque excuse la conducta de nadie, sino porque empeora precisamente aquello que más falta hace en ese momento: medir las consecuencias.
También conocemos los lugares donde algunos de estos conflictos se repiten. Colmadones, centros de diversión, esquinas o negocios donde determinadas personas protagonizan enfrentamientos una y otra vez no deberían convertirse automáticamente en espacios criminalizados, pero tampoco tiene sentido ignorar una sucesión de llamadas, amenazas y agresiones hasta que aparezca un cadáver. La prevención comienza, entre otras cosas, por prestar atención a lo que ya está ocurriendo y no únicamente a lo que ocupa los titulares después.
Más delicado todavía es lo que sucede dentro de las relaciones familiares y sentimentales. Una mujer que denuncia amenazas de su pareja o expareja no está relatando simplemente un “pleito doméstico”; cuando existen agresiones anteriores, persecución, control o amenazas creíbles, esas señales obligan a medir el peligro y proteger a quien puede convertirse en víctima. Hay disputas que admiten diálogo y otras en las que sentar a las partes frente a una mesa como si estuvieran en condiciones iguales puede terminar agravando el riesgo.
Por importante que sea la intervención policial, resultaría absurdo esperar que una patrulla resuelva por sí sola aquello que una familia, un barrio o una comunidad llevan meses observando. Los familiares conocen las amenazas, los vecinos escuchan las discusiones y en determinados negocios saben quién saca un arma cuando bebe. En muchos sectores el conflicto es conocido mucho antes de que aparezca en las noticias; el verdadero desafío consiste en lograr que esa información permita actuar a tiempo y no solamente explicar, después del entierro, que todo el mundo sabía que algo podía ocurrir.
Hay también aprendizajes que transmitimos sin detenernos a pensar en sus consecuencias. Un muchacho debería crecer sabiendo que marcharse de una pelea no lo convierte en cobarde, que ninguna mujer le pertenece, que una burla delante de los amigos no merece una muerte y que el respeto no se recupera disparándole a quien nos ofendió. Nada de eso sustituye la educación formal, pero puede decidir si una discusión termina en casa o en una morgue.
Algunas muertes tampoco terminan cuando se cierra la tumba. Una familia puede entender que quedó una deuda pendiente, alguien promete vengarse y el apellido del fallecido comienza a circular entre quienes siguen vivos como una obligación que debe cobrarse. Entonces llega otro herido, otro muerto, otra familia reclamando lo mismo; el entierro deja de ser el final y se convierte en el comienzo de la siguiente historia.
De ahí “Muertos sobre tumbas frescas”: no como una imagen destinada a impresionar, sino como descripción de una cadena en la que una muerte puede preparar las condiciones para la siguiente cuando la venganza ocupa el lugar de la justicia.
Pretender una sociedad en la que nadie discuta sería absurdo; podemos enojarnos, sentirnos ofendidos, romper una amistad o no volver a hablarnos. Lo que deberíamos aprender es a llegar al día siguiente. Después de una muerte aparecen los investigadores, el fiscal, los tribunales y la funeraria; para entonces las lágrimas y las excusas valen muy poco. La oportunidad estuvo antes, cuando el ciudadano todavía podía medir las consecuencias o cuando las autoridades podían intervenir sin que se hubiera abierto todavía la puerta del camposanto.
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