A la soltería moderna apúntenle otra situación. Los hombres que quieren una mujer independiente, profesional, que tenga su dinero, pague sus cuentas, aporte a los gastos del hogar y no tenga que pedir permiso para comprarse una cartera, pero que cuando se cierra la puerta de la casa, ella se convierta en la esposa tradicional que cocina, limpia, organiza, recuerda las citas médicas de los hijos, supervisa las tareas escolares y mantiene a flote la logística familiar. Todo esto, preferiblemente, sin quejarse y sin descuidar su apariencia. El paquete completo sin el sano equilibrio de la equidad.

Dicho de otra manera, quieren una mujer del siglo XXI con las obligaciones domésticas del siglo pasado. Y, si es posible, que además esté agradecida.

El problema nunca ha sido, ni puede ser, que existan parejas que elijan una distribución tradicional de sus responsabilidades. Cada hogar tiene derecho a organizarse como mejor le funcione. El problema es pretender los beneficios de ambos modelos sin asumir las responsabilidades que corresponden a cada uno. Porque hay una contradicción bastante conveniente en eso de defender la igualdad cuando toca dividir la cuenta del restaurante, pero invocar las tradiciones cuando llega el momento de lavar los platos.

La mujer de hoy estudia, trabaja, emprende, dirige empresas, ocupa posiciones de poder y construye su independencia económica. Muchas, además, crían hijos y sostienen hogares. Sin embargo, a algunas todavía se les exige que la maternidad no les despeine la agenda, que el trabajo no les robe la paciencia y que el cansancio jamás les quite las ganas de ser esposas. Y cuidado con que se atrevan a decir que están agotadas, porque entonces aparece el diagnóstico exprés de que se han vuelto demasiado independientes, demasiado exigentes o demasiado difíciles de complacer.

¿Difíciles de complacer o simplemente cansadas de ser las gerentes generales de una familia cuya junta directiva no siempre aparece a las reuniones?

Lo verdaderamente interesante es que la independencia económica femenina no ha eliminado automáticamente las desigualdades dentro del hogar. En algunos casos, ha añadido una jornada laboral remunerada a otra que nunca dejó de existir. La mujer aporta dinero, pero sigue siendo quien tiene que pensar qué se va a comer mañana, si hay que comprar detergente, cuándo toca llevar al niño al médico y qué falta para resolver el cumpleaños de la suegra. Salvo algunas excepciones, como todo en la vida, y siendo justa con caballeros que asumen esa parte y forman equipo con su mujer.

No es solamente hacer las tareas. Es tener que pensarlas, planificarlas y asegurarse de que ocurran. Esa carga mental también consume tiempo, energía y vida. Y no, esto no significa que todos los hombres sean iguales ni que las mujeres sean víctimas incapaces de negociar sus relaciones. Hay hombres que asumen su parte con responsabilidad, sensibilidad y compromiso. También hay mujeres que prefieren dinámicas tradicionales. El punto es que una elección solo es justa cuando no se impone unilateralmente ni se disfraza de obligación natural.

Si ambos trabajan, ambos pueden cuidar. Si ambos aportan, ambos pueden responsabilizarse. Y si una pareja acuerda que uno asuma más tareas domésticas mientras el otro aporta más dinero, estupendo, siempre que el acuerdo sea genuino y no una herencia cultural que nadie se atreve a cuestionar.

Porque una mujer no deja de ser femenina por esperar reciprocidad, ni un hombre pierde su masculinidad por saber cocinar, atender a sus hijos o encargarse de la casa.

Quizá ha llegado el momento de actualizar ciertas expectativas, una esposa no es una empleada doméstica con anillo, y un marido no es un cajero automático con licencia para desentenderse. El amor no debería convertirse en una negociación donde una parte aporta dinero y la otra, además de dinero, aporta casi todo lo demás.

Así que, a los que quieren una mujer moderna con obligaciones de esposa de los años cincuenta, les tengo una noticia, no se puede exigir igualdad para las cuentas y desigualdad para la convivencia. La mujer independiente no necesita que le resuelvan la vida. Lo mínimo que puede esperar de una pareja es que no se la complique para poder vivirla.

Paola Chaljub Then

Periodista

Periodista, locutora y presentadora de noticias. Madre de dos. La más chiquita de Dulce y Rafael.

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