La novela hispanoamericana moderna tiene su base principal en el mito, esto es, en la configuración de los primeros nacimientos y las primeras fundaciones que dieron lugar al epos, la leyenda, el ritual y las creaciones imaginarias. El mito es una historia sagrada y una historia profana donde aparecen dioses fundadores del cielo y de la tierra que funcionan como personajes en la creación novelesca. Así lo estudia el historiador, novelista y memorialista rumano Mircea Eliade en Aspectos del mito (Paidós, 2000), El mito del eterno retorno (1949)… y otros.
La novela en América parte de la significación mítica narrando los hechos epocales y mostrando lo social en dimensión conflictiva, en sus contradicciones internas y en sus diversos lenguajes. La novela pretende narrar los acontecimientos principales de la epopeya y del presente americano. Novelar significa reconstruir un universo de manera poética y revelar los principales acontecimientos de la vida histórica y la tradición.
En efecto, el mito se perfila en la novela, de tal manera que la creación novelesca se presenta como una fundación nueva del mundo americano y sus identidades. La visión cósmica de lo novelesco se forma en la dinámica ideal de un pensamiento que elabora el novelista, pues los materiales que este utiliza pertenecen básicamente al devenir histórico y a sus configuraciones imaginarias.
Autores como Ramón Mesa, Juan Rulfo, José Eustasio Rivera, Leopoldo Marechal, Ricardo Güiraldes, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier producen, a partir de la relación mito-lenguaje, una nueva significación imaginaria desde lo novelesco. Los autores mencionados retoman la vertiente de la historia, la tierra, la leyenda, la política, la religiosidad popular y otros elementos como fundadores de una realidad mágica, maravillosa, histórica y sincrética, entre otras.
En el Boom latinoamericano, lo mítico, lo político y la historia funcionan como clave de los diversos niveles de lo imaginario, de tal manera que la sustancia o temática adquiere su valor en un tiempo y un espacio de la sociocultura. Ambos registros configuran su poder en la novela realizando los diversos grados de conveniencia y afianzamiento del orden poético y narrativo.
Lo novelesco se afirma entonces como una proyección de lo mítico en un doble surgimiento: el del personaje de la novela y el de sus acciones fundamentales, como se puede observar en Cambio de piel y Terra nostra de Carlos Fuentes; Hombre de maíz, Los ojos de los enterrados y Maladrón de Miguel Ángel Asturias; La vorágine de José Eustasio Rivera; El reino de este mundo y El siglo de las luces de Alejo Carpentier; Gran sertão: veredas de João Guimarães Rosa, y otras novelas y novelistas que producen los elementos particulares de sus diversos mundos imaginarios.
El mito y la novela resitúan y recrean los elementos esenciales de las diversas travesías históricas e imaginarias de América, tomando como punto de inicio las configuraciones sagradas y profanas, así como las diversas formaciones poéticas, religiosas, antropológicas, sociales y económicas estructuradas en el universo imaginario de la novela. Dicho universo posee sus propias marcas míticas, poéticas, narrativas y antropológicas.
La relación mito-novela está asociada a la relación mito-lenguaje.
Ambas relaciones constituyen la aventura principal del novelista moderno y la visión testimonial que asegura el desarrollo dinámico de la novela en su constitución interna y en su lenguaje. Las diversas funciones del personaje, las rupturas de los planos, las continuidades de los ejes narrativos, la conflictividad y los ángulos utilizados en la estructura novelesca hacen posible en la novela moderna de América un orden narrativo cuyas vertientes principales encontramos en el mito y en lo imaginario.
Mito, poesía y oralidad en la literatura hispanoamericana
Puede decirse que todo el sustrato de la literatura escrita en América es básicamente de tipo mítico, poético y oral. Esto confirma la hipótesis de que gran parte de la producción escrita supone el reconocimiento de textos cuya visión es la perspectiva de una estructura literaria abierta a las transformaciones históricas.
La actual poesía, así como la novela, el teatro escrito, la leyenda y otros géneros participan de registros significantes cuya juntura o conjunto estructura los diversos mundos novelescos, narrativos y poéticos de la América Latina.
Toda la travesía de la literatura de América conjunta los elementos míticos, poéticos, etnolingüísticos y orales, que hacen visible una nueva creación cultural con atributos ideológicos que forman parte del reconocimiento cultural de los autores y sus espacios de creación. Esto hace posible que las estructuras literarias se manifiesten como tejidos históricos de la idea de mundo mágico, espacio maravilloso y tiempo épico-narrativo. Las resonancias producidas por la épica de las Crónicas de Indias subyacen como registro en la época de la novela actual y en general en toda la narrativa de América, tal como puede leerse en los variados registros poéticos de textos como Los ojos de los enterrados, Papá verde y Maladrón de Miguel Ángel Asturias; El siglo de las luces y El reino de este mundo de Alejo Carpentier; Los ríos profundos, Todas las sangres y El zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas; Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo, etc.

José María Arguedas
La lectura de estos registros poéticos y narrativos nos permite entender la existencia del fundamento histórico-oral que verdaderamente instituye una oralidad cultural y cuyo espacio ideológico es la conflictividad de la literatura expresada en los diferentes modos de resignificar la realidad.
Lo único y lo poético son estructuras oralizadas por el sujeto histórico y cultural que actúa visiblemente desde los personajes o actuantes, ejecutando toda la utopía o utopías de los diversos mundos ideológicos de América. La travesía de una oralidad-escritura entendida como fuente de conocimiento se interpreta en la ficción misma del texto poético, narrativo y oral, lo que hace posible una descripción-narración de formas sociales que sirven de modelo y encadenamiento cultural para todas las literaturas nacionales de la región.
Situar los diversos tipos literales y textuales en la configuración literaria y mítica supone una representatividad en los diversos mundos imaginarios y en las secuencias instituidas por la escritura literaria de América.
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