En este Día de las Madres quiero hablar de la mía. Se llama Idalia, pero todos le llaman la Dra. Guzmán, porque es médico de profesión. Mami tiene los ojos vivaces, brillantes, siempre alerta, lo que va muy a juego con su hermoso pelo negro, que parece no conocer el paso del tiempo.
Recuerdo una tarde que marcó para siempre mi manera de ver a mi mamá. Ese día, mi hija Isabel llegó a la casa emocionada, casi sin aliento. —Mami, mami —gritaba mientras corría hacia mí. La senté en mi silla favorita; sabía que tenía algo importante que decir. Me contó que en el colegio había hablado con sus amigas sobre sus abuelas. "La abuela de Elena hace galletas de chocolate chips; la abuela de Mila cuida a su abuelo…", y así siguió, describiendo con detalle las virtudes de cada una. De repente, levantó la voz con un orgullo que me estremeció: —Pero mi abuela es lo máximo. Abuela es una superheroína. Mi abuela salva vidas; abuela es doctora.
En ese instante entendí algo que siempre supe, pero que nunca había escuchado tan claro: mi madre no solo es grande para mí. También lo es para quienes vienen detrás, para quienes la miran con ojos nuevos y descubren en ella una grandeza que, a veces, la rutina nos hace olvidar.
Mi madre es una mujer excepcional. Tomó la decisión, junto a mi padre, de dejar atrás su ciudad natal, La Vega, su familia, sus amigos, sus comodidades, para venir a la capital a estudiar medicina. No vino sola: trajo consigo un sentido del deber que la ha acompañado toda la vida y albergó en nuestra casa a varios de sus hermanos, que decidieron estudiar en la misma universidad que ella.
El ser médico le permitió cuidar a su madre y a sus hermanos en momentos de enfermedades catastróficas. Su padre, mi abuelo, ya en su lecho de muerte, le dijo: —Siempre supe que serías la única que permitiría cuidar de mí sin resistir. Eres especial.
Hoy está jubilada del trabajo en el consultorio, pero no de ser médico. A la más mínima gripe, ahí está mami, sobre todo si se trata de los nietos, y en especial de Luis Diego, su consentido. Ella llega con su estetoscopio, su esfigmomanómetro, con su mirada que diagnostica antes de preguntar y esas tibias manos que curan más que cualquier medicamento.
Ella no se rinde ante los problemas. La única tarea que no le gusta es inyectar; dice que ella estudió para ser médico, no enfermera, pero le encanta indicarnos medicamentos inyectables.
Mami sigue cuidando de todos: de sus hijos, de sus nietos, de mi padre, todo con una entrega que no conoce cansancio.
Al portón de su casa, nuestra casa, lo llamamos "el portón de la humildad". No porque sea grande o pequeño, sino porque solo abre con un control que ella maneja. Y, en ese gesto cotidiano, casi simbólico, nos ha enseñado a no pelear, a cuidar lo que nos decimos los hermanos en momentos en que estamos molestos, porque las palabras hieren más que los golpes; a respirar antes de reaccionar. Ese portón es una escuela de carácter, un ejercicio de control emocional. No se puede cruzar hacia la calle sin antes haber reflexionado, sobre todo cuando hay que pedir excusas.
Mi madre es también la mujer a quien se le cuentan las cosas sin miedo. Ella siempre tiene una palabra de aliento, un dinerito guardado que aparece como milagro. Es la que escucha sin juzgar y acompaña sin invadir, la que sostiene sin hacer ruido. Claro, pone límites, te canta tus verdades, esas que no deseas escuchar pero que son tan necesarias; luego te hace saber que te ama sin decir palabra alguna. Por todo eso, hoy quiero honrarla como se honra lo sagrado.
En este Día de las Madres, la patria entera parece detenerse un instante para rendir tributo a esas mujeres que sostienen el mundo sin pedir aplausos.
Celebrar hoy es recordar que, gracias a ellas, existe la ternura, la disciplina, la esperanza y la fe. Que cada logro obtenido lleva su huella invisible. Y que, detrás de cada familia que se mantiene unida, hay una madre que decidió amar más allá del cansancio.
En este día glorioso elevo la mirada y el corazón para decirle a mi madre, y en ella a todas las madres, que su grandeza no pasa desapercibida; que su amor es el cimiento de todo lo que somos; que su vida, silenciosa y heroica, es la obra más perfecta que este mundo puede conocer.
Mi mamá es una superheroína, y tenerla es mi mayor privilegio.
Te amo, mami.
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