Noviembre, Mes de la Familia en la República Dominicana, comienza con dos días en que muchas familias van al cementerio. Unos llevan flores, otros limpian la tumba, otros solo se quedan un rato de pie frente a un nombre. El 1 y el 2 de noviembre la Iglesia católica recuerda a los santos y a los fieles difuntos, y aunque no todos los cristianos vivimos esas fechas de la misma forma, en casi todas las casas hay alguien a quien se extraña.

En la novela Siniestro hay un capítulo que se llama «El peso». Johnny ha sufrido una pérdida y no sale de la casa. Se sienta en la silla que no ha movido desde entonces. El narrador describe la aflicción así: «No grita. No reclama. No interrumpe. Se instala». Johnny hace inventario de lo que no dijo: «Frases que nunca se pronuncian y, aun así, se cobran completas».

Quien ha pasado por un duelo reconoce esa descripción. Pasado el entierro, cuando las visitas se van, la casa se queda en silencio y el dolor se queda a vivir. Es justo ahí cuando más se necesita compañía y cuando menos llega. Solemos acompañar con prisa, con frases que casi siempre son ciertas y nacen del cariño: «Dios sabe lo que hace», «tienes que ser fuerte», «ya descansó». El problema suele ser el momento en que se dicen.

Los amigos de Job, cuando supieron de su desgracia, fueron a consolarlo y «se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande» (Job 2:13). Mientras callaron fueron buenos amigos. Pablo lo dejó como instrucción para la iglesia: «llorad con los que lloran» (Romanos 12:15). Lo que se nos pide es llorar con ellos; las explicaciones pueden esperar. Johnny llega a la misma conclusión: «el dolor no exige soluciones, solo presencia». A veces basta con visitar dos o tres semanas después, cuando ya nadie va, y decir el nombre del ser querido que el doliente necesita oír.

Pero el duelo deja otra lección. En más de un velorio hemos visto a dos hermanos que llevaban años sin hablarse darse un abrazo frente al ataúd. Uno se alegra y, al mismo tiempo, piensa en todo lo que se perdió esperando ese momento. Frente a una tumba descubrimos lo que ya no podemos arreglar: la charla que no se tuvo, la disculpa que se quedó guardada.

Con los que siguen vivos todavía estamos a tiempo. Una vez que se ha reconocido la falta, queda ver qué hacemos con el daño que se ha causado. En la familia el peso de esta pregunta es particular, porque las personas a quienes herimos siguen compartiendo con nosotros la mesa, las preocupaciones y la vida.

Hay un relato bíblico que ayuda a pensarlo. En el Evangelio de Lucas nos encontramos a Zaqueo, que era jefe de publicanos y hombre rico, tratando de ver a Jesús. La multitud le estorbaba y él, de baja estatura, se subió a un árbol. Jesús lo llamó por su nombre y le dijo que iba a quedarse en su casa. Zaqueo lo recibió alegremente, mientras otros se preguntaban el porqué de aquella visita. Entonces expresó que daría a los pobres la mitad de lo que poseía y que, si había estafado a alguien, le devolvería cuatro veces lo que había recibido (Lucas 19:8). El relato no plantea la restitución como una compra del perdón. Nos permite reconocer una disposición al cambio que se expresa en compromisos concretos.

Llevemos esta reflexión a nuestro hogar. La responsabilidad de los padres es orientar, corregir y poner límites. También debemos responder de la manera en que lo hacemos. En Efesios 6:4 se nos dice que no provoquemos a ira a nuestros hijos. En Colosenses 3:21 se nos recomienda que no los exasperemos, para que no se desanimen.

Algunas correcciones acaban en desahogo del adulto. Se amontonan el cansancio, las dificultades económicas, los problemas del trabajo, y el hijo recibe una reacción excesiva a lo ocurrido. Otras veces, le comparan, le ridiculizan delante de sus hermanos o le recuerdan una falta ya corregida. Luego esperamos que responda con calma.

Esto no quiere decir que debamos dejar de lado la disciplina. Quiere decir que nuestra autoridad también necesita ser examinada. Reconocer el error devuelve la humanidad a quien ejerce autoridad. Un padre que admite un cargo injusto contra su hijo enseña responsabilidad. Si el cargo se hizo delante de otros, es preciso rectificarlo ante los que lo oyeron.

Los hijos, por su parte, tienen también una responsabilidad. El mandamiento lo resume: «Honra a tu padre y a tu madre» (Efesios 6:2). Esa honra debe llegar a la conducta, a las decisiones, al trato de quienes han dedicado parte de su vida a cuidar de nosotros. Se puede deshonrar de muchas maneras. Se ven el insulto y el desprecio. Se advierten otras formas cuando los problemas producidos fuera de la casa terminan afectando la tranquilidad y los recursos de toda la familia.

Un hijo empieza una pelea y espera que sus padres se pongan en contra de la persona ofendida. Engaña para contraer deudas o compromete dinero ajeno, y luego exige que se resuelva en casa. El problema se introduce en el hogar, cargado de miedo, de reclamos y de gastos que nadie esperaba.

Pedir ayuda no es una desgracia. Una enfermedad, el desempleo o una dificultad económica pueden requerir de todos. Hay que diferenciar la necesidad de apoyo de la pretensión de que los demás soporten siempre las consecuencias de nuestras acciones. La familia puede acompañar sin tapar. Si se acostumbra a evitar toda consecuencia, el auxilio termina sosteniendo la conducta que se quería corregir.

Pedir perdón es, por eso, escuchar. A veces queremos explicar tan pronto nuestra intención que apenas permitimos al otro expresar lo ocurrido. Decimos que estábamos cansados, que no fue a propósito, que también hemos sufrido. Todo eso puede ser parte de la conversación, pero está pendiente el reconocimiento de la conducta concreta: humillé, mentí, tomé lo ajeno, comprometí a otros. La confianza no vuelve de forma automática. El apuro de pasar la página puede llegar a ser una forma de negación de lo sucedido.

Zaqueo nos pone delante de una exigencia: hacer algo con lo que hemos reconocido. En nuestras casas puede significar devolver algo que costó dinero, arreglar una acusación, cumplir un compromiso, o buscar ayuda para dejar de repetir una conducta. La madurez no es ser perfecto. Es responsabilizarse por el daño causado y comprometerse de verdad a repararlo.

En este Mes de la Familia, antes de pedir que todo vuelva a ser como antes, nos convendría preguntarnos qué debe cambiar para que podamos vivir mejor. Quizás ya sepamos la respuesta. Hay que estar a la altura de ella mientras quienes amamos todavía están con nosotros, antes de que lo que no dijimos se convierta, como en la novela, en una frase que se cobra completa.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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