En República Dominicana, la vida en pareja se organiza más desde la convivencia que desde el matrimonio. Las cifras oficiales revelan que la unión consensual es la forma predominante de relación conyugal, especialmente en los sectores populares, mientras el matrimonio —civil o religioso— se concentra en los estratos medios y altos para parejas heterosexuales, las parejas con orientaciones sexuales diversas binarias y no-binarias solo tienen la opción de la unión consensual, se le prohíbe casarse independientemente de su estrato social. No es un acto de voluntad y libertad, está afectado por normas patriarcales y desigualdad de género que rigen las decisiones afectivas con riesgos para las mujeres y las personas con diversas identidades de género y orientaciones sexuales.
Los datos de ENHOGAR‑2022 indican que el 30.3% de la población vive en unión consensual, mientras solo el 15.5% está casada. Entre jóvenes de 25 a 29 años, la unión consensual es aún más dominante: 45% de las mujeres y 38% de los hombres conviven sin formalizar. No hay datos estadísticos de personas no-binarias. El matrimonio, en cambio, apenas alcanza entre 15% y 18% en ese mismo grupo heterosexual. Estas cifras indican que la unión consensual no es una etapa previa al matrimonio, sino la forma central de vida conyugal en el país.
Esta realidad del matrimonio está asociada a diferencias de estratos sociales además de las vinculadas a la diversidad sexual mencionada anteriormente. Las estadísticas no desagregan explícitamente los estratos, estudios cualitativos y etnográficos (Vargas 1998, 2012 y 2019) muestran que la unión consensual es la norma de relación conyugal en los sectores populares urbanos y rurales. Varios factores influyen en ello:
- Muchas uniones consensuales son el resultado de una imposición de las familias a adolescentes y niñas que son abusadas sexualmente por un hombre adulto que la “honra” llevándosela y haciendo retribuciones económicas por ello. Si bien existe la prohibición del matrimonio infantil, este se produce en el marco de la informalidad.
- Las relaciones sexuales antes de una unión consensual o matrimonio son prohibitivas para las mujeres jóvenes y adolescentes que deben llegar “vírgenes”, lo que no ocurre con los hombres de ninguna edad porque tienen permiso para ejercer su sexualidad sin informarlo. Cuando esta población tiene sexo fuera de estas prerrogativas debe irse del hogar con la pareja. Muchas jóvenes “se van” antes de que la voten porque han normalizado esta pauta social.
- Existen prácticas sociales en distintas comunidades en las que se legitima socialmente las uniones consensuales de quienes “se van” con condiciones como el “besamanos”. Se supone que el hombre luego de que “se la llevó” (término que muestra ausencia de consentimiento por la mujer) al otro día debe ir a informarlo a la familia y a los 9 días se organiza una fiesta para informar públicamente en las comunidades que se unieron.
- La cultura popular se caracteriza por la informalidad. La vida cotidiana se desarrolla desde la respuesta al presente con escasa planificación. Las relaciones de pareja y la afectividad están permeadas por este carácter informal con resistencias a los compromisos que supone el matrimonio civil y/o religioso.
Los estudios etnográficos y cualitativos en distintas comunidades muestran uniones consensuales en parejas gay, lesbianas y transexuales que son más visibles en estratos pobres, aunque también ocurren en estratos medios y altos.
En las clases medias y altas, en cambio, el matrimonio civil y, especialmente, el religioso, se convierten en símbolos de estatus social. En estos estratos la aceptación social y la apariencia de estabilidad económica tienen relevancia, el casamiento por la iglesia —católica o evangélica— funciona como un ritual de prestigio, asociado a estabilidad económica y a un proyecto de vida “ordenado”. El matrimonio religioso opera como capital simbólico: legitima la unión ante la comunidad y refuerza la normativa y legitimidad social.
El patriarcado (sistema cultural) marca el matrimonio civil y religioso como la vía legítima en la que las mujeres pueden acceder al placer sexual. Antes del matrimonio nuestra sociedad (con mayor peso en los estratos medios y altos) no les da permiso a las mujeres para tener sexo ni para embarazarse. En caso de incurrir en esta práctica sufre la exclusión social. El estigma de “madre soltera” recae en las mujeres como responsables únicas de sus hijos e hijas.
Los hombres no cuentan con estas prerrogativas, al igual que ocurre en los estratos pobres, siempre tienen permiso para tener sexo.
Otra de las normas patriarcales que refuerza el matrimonio es la desigualdad de género, los roles diferenciados de cuidado, labores domésticas asignados de forma exclusiva a las mujeres siguen teniendo un peso social significativo, así como la fidelidad, sumisión, responsabilidad de la armonía del hogar y subordinación. Desde el matrimonio religioso se integran a discursos religiosos que promueven que las mujeres “aguanten” “se sacrifiquen” aun cuando sean víctimas de violencia de género, porque la ruptura se vive como fracaso moral. Funciona asi un sistema de control social que supervisa el cumplimiento de estas normas en las mujeres que se refuerza hoy con las redes sociales.
Los riesgos de convertirse en víctima de violencia de género se presentan en ambas modalidades, uniones consensuales y matrimonios, y en todos los estratos sociales.
En la actualidad muchas mujeres y personas LGTBIQ luchan por cambiar estos patrones sociales que le niegan derechos y autonomía afectivo-sexual en su vida cotidiana. Sin embargo, no cuentan con el apoyo institucional ni estructural desde el Estado. La equidad de género en todos los ámbitos sigue siendo un tema pendiente.
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