Empezaré diciendo que nunca me faltan temas para mis artículos en Acento; es todo lo contrario, y ya lo dije en un artículo anterior, que quienes logran habituarse en el arte de escribir, los temas les llueven en racimos desde el cielo. En mi caso, me las ingenio para narrar, aunque no soy narrador, sino poeta, varios tópicos a la vez, sin que se pierda lo que es medular en mis textos.
Los que más sentimos el fracaso de la educación de la República Dominicana somos los profesores y maestros universitarios dominicanos en las aulas de todas las academias del país (no vayan a imaginarse que es solo en la del Estado). Soy, primero, maestro; no lo último. Y no lo aprendí en las grandes academias y en las conferencias de los eventos internacionales sobre pedagogía, sino en las aulas con los mejores maestros de la UASD y en el profundo amor que siento por los seres humanos.
Por lo expresado anteriormente es que mi magisterio en las aulas parte de la docencia integral para construir, desde el quehacer científico, pedagógico y humanístico, hombres y mujeres de bien al servicio de la gente y la nación dominicana.
Sin más preámbulo, al hacer la autopresentación el primer día de docencia, en la que cada uno de los estudiantes dice su nombre, carrera que estudia y lugar de procedencia, uno de los estudiantes de una de las tres secciones que tengo en la actualidad dijo que procedía de Salcedo. Y como confirmación de lo que expresamos en el párrafo anterior, le dije que me hablara de las hermanas Mirabal o de Minerva Mirabal. "No sé nada de eso", expresó el alumno; como, además, es un buen estudiante, inmediatamente le puse la sagrada tarea de estudiar el tema para que nos diera una charla sobre nuestras heroínas y mártires. A propósito, en el libro que utilizamos hay un fragmento de un texto donde está la palabra mártir; sin embargo, cuando les pregunto cada semestre cuál es el significado de dicha palabra, ninguno de ellos —o muy pocos— sabe qué significa.
Hace un poco más de un año, en una de mis secciones, la alumna más inteligente y cuya "piel social" (y siento escuchar a Abel Fernández Mejía hablarme al oído, porque es suya esta expresión) y apariencia física denotaba que vivía en una familia de mejores condiciones socioeconómicas, me dijo que si no fue Trujillo quien le dio el golpe de Estado al profesor Juan Bosch.
Cuando tú les preguntas a muchos de los estudiantes de las universidades dominicanas que si en un examen con valor sumativo de 15 puntos obtienen 12 del total de la prueba, cuál es el porcentaje que obtuvieron, ninguno —o casi nadie— sabe realizar la operación aritmética de esa simple regla de tres.
Hace unos años, uno de mis alumnos se pasó el semestre diciendo que iba a estudiar Ingeniería, pero cuando un día me vio resolviendo una operación de matemática elemental —y recuerden, queridos lectores, que lo que soy es poeta— dijo en voz alta en el curso: "Ya yo no voy a estudiar Ingeniería".
Cuando les digo a mis alumnos que voy de camino a Barahona, mi provincia natal, y que pasaré por Azua, y luego, en la misma ruta, me detendré en San Pedro de Macorís para desayunar, casi todos ellos creen en mi palabra.
¿Qué está pasando con la educación dominicana? ¿Para qué sirvió el 4 % para la educación? Les recomiendo que lean en Acento mi artículo "El 4 %: ¿Ganancia o pérdida?".
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