Lo primero que pide un pobre cuando lo invitas a comer es un camarón.
Lo peor le pasó a Tony Capellán. Conversaba Tony con un CEO de una empresa cultural en La Marina de Sans Souci. Fiel a su espíritu solidario, uno de los últimos en casi grabarse en el pecho la canción “A desalambrar” y de Los Guaraguaos y la “Casa de Cartón” ni te hablo, Tony se conmovió al advertir que el chofer del CEO había quedado en su auto, esperando. ¿Lo invitamos a comer?, le preguntó Tony al CEO. Y para qué fue eso. El pobre Tony, que había descifrado el Código Da Vinci del amigo gerente y confirmado que solo pediría alguna ensalada de vegetales verdes, quiso tirarse de las cataratas del Niágara al ofrecerle el menú al chofer y oír la decisión de este: “una langosta con fritos”. ¡LANGOSTA CON FRITOS!, explotó en el cerebro de Tony, y el sudor se le vino en cima, ¡recórcholis!, la cuenta se llevaría todo lo que llevaba en el bolsillo.
Cuando invito o me invitan siempre recuerdo aquella trágica historia de Tony, porque siempre me pasa. Tras un pobre o expobre, siempre hay alguien que solo ve en el menú grandes camarones, la mayoría de veces al ajillo.
¡Malditos camarones!
¡Y tan buenos que saben!
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