En los últimos días, buena parte de las reacciones a Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, se ha concentrado en su advertencia sobre la inteligencia artificial. Se entiende. Vivimos un momento en que la IA avanza a una velocidad que impresiona y a la vez inquieta. Automatiza tareas, reorganiza industrias y transforma la educación y la comunicación. Empieza, incluso, a ocupar espacios tradicionalmente reservados al juicio humano. Pero la encíclica plantea una pregunta más profunda que el impacto tecnológico: ¿qué ocurre con la dignidad humana cuando delegamos no solo funciones, sino responsabilidades morales a sistemas impersonales?

La fecha elegida no fue arbitraria. León XIV firmó el documento el 15 de mayo y lo publicó el 25, en el 135.º aniversario de la Rerum Novarum de León XIII, aquella encíclica de 1891 que sentó las bases de la Doctrina Social de la Iglesia en plena Revolución Industrial. El gesto es deliberado: así como León XIII defendió al obrero frente a la explotación de su época, León XIV busca defender a la persona frente a los riesgos de la nuestra. Una encíclica, para quienes no estén familiarizados con el término, es una carta oficial del papa dirigida a las instituciones de la Iglesia, a los católicos y a todas las personas de buena voluntad, con reflexiones sobre temas espirituales, sociales y éticos de especial importancia para cada época.

Recuerdo que durante mis años universitarios en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra comentábamos Deus Caritas Est, la primera encíclica de Benedicto XVI, publicada en 2005. Las discusiones giraban entonces alrededor del amor entendido no solo como sentimiento, sino como compromiso concreto con los demás. Benedicto XVI advertía que ninguna estructura política, económica o institucional podía reemplazar por completo la cercanía humana y el servicio. Dos décadas después, esas palabras adquieren un significado inesperadamente actual. El debate ya no gira únicamente sobre cuánto debe hacer el Estado o cuánto debe resolver el mercado. Aparece una pregunta nueva: ¿qué cosas estamos dispuestos a delegar a la tecnología?

La inteligencia artificial puede organizar información médica, optimizar procesos educativos, detectar patrones financieros o facilitar servicios públicos. Todo eso puede representar avances importantes. El problema surge cuando empezamos a creer que la eficiencia tecnológica basta para sostener una sociedad humana.

León XIV es directo en este punto. La IA, sostiene, no puede considerarse moralmente neutra, y reclama límites éticos claros para evitar que termine subordinando al ser humano. La encíclica describe con crudeza la cadena de explotación que sostiene esta tecnología: trabajadores que etiquetan datos por salarios bajos, menores que extraen los minerales con que se fabrican los dispositivos, vigilancia masiva, desinformación amplificada por algoritmos y una concentración de poder que, en palabras del propio papa, tiende a hacerse opaca y a eludir el control público. A esto lo llama, sin rodeos, nuevas formas de esclavitud.

Y, sin embargo, ninguna de esas advertencias equivale a un rechazo de la tecnología. Sería absurdo rechazarla. La República Dominicana necesita modernizarse, innovar y prepararse para convivir inteligentemente con la IA. Nuestros jóvenes deberán desarrollar competencias digitales y pensamiento crítico para participar en una economía cada vez más tecnológica. Pero hay una diferencia entre modernizarse y renunciar a lo que nos hace humanos. Ahí es donde el concepto de servicio recupera su centralidad.

Ninguna inteligencia artificial reemplaza la empatía auténtica. Un algoritmo puede aproximarse a muchas cosas, pero no al acompañamiento de una persona vulnerable, ni a la escucha paciente de un maestro, ni al acto de servir a otro sin esperar nada a cambio. La encíclica pide fortalecer las escuelas como espacios donde los jóvenes aprendan a buscar y amar la verdad, justo cuando las respuestas automáticas amenazan con debilitar el pensamiento crítico y esa búsqueda personal.

En años recientes he tenido la oportunidad de ver cómo cientos de voluntarios dominicanos sostienen escuelas, organizaciones comunitarias, programas juveniles, iniciativas ambientales y proyectos sociales. Lo hacen muchas veces sin reconocimiento público, movidos por la convicción de que servir sigue teniendo sentido. Esa experiencia me ha convencido de algo sencillo: cuanto más tecnológica se vuelve una sociedad, más importa preservar aquello que la hace humana.

La IA puede ayudarnos a administrar mejor los recursos, pero la confianza no se programa. Puede procesar enormes cantidades de información sin que ello sustituya la conciencia moral. Puede asistir procesos educativos, aunque la formación ética y ciudadana que necesita una democracia saludable siga dependiendo de personas.

En el fondo, el gran debate que plantea Magnifica Humanitas no es tecnológico, sino humano. ¿Qué tipo de sociedad queremos construir? Una donde todo se mida por eficiencia y rendimiento, o una donde todavía exista espacio para la solidaridad, la compasión y el cuidado mutuo.

La pregunta interpela también a la República Dominicana. En un país que todavía depende enormemente de redes familiares, voluntariado comunitario, organizaciones sociales y solidaridad cotidiana, sería un error asumir que el desarrollo consiste únicamente en incorporar más tecnología sin fortalecer al mismo tiempo nuestros vínculos humanos. Las sociedades no se sostienen solo con innovación. También necesitan confianza, participación ciudadana y sentido de comunidad.

Tal vez por eso la advertencia más importante de la nueva encíclica no sea el temor a las máquinas, sino el riesgo de que los seres humanos olvidemos el valor de servir. Ese sea, quizás, uno de los grandes desafíos de nuestra época: asegurarnos de que, mientras las máquinas se vuelven más inteligentes, nosotros no dejemos de ser profundamente humanos.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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