Señor Presidente y Primera Dama
Senadora Martha Lucía Mícher
Amigos, amigas, familiares
El Estado Dominicano, en pleno ejercicio de sus responsabilidades ante una heroína nacional, ha acogido, con acciones y entusiasmo, la conmemoración de los 100 años del natalicio de una de las madres de la Patria Quisqueyana, Minerva Argentina Mirabal Reyes. Gracias, su excelencia, Sr. Presidente de la República, Don Luis Abinader, por aprobar el decreto 117-26 cuyo objetivo será, a partir de hoy, “dimensionar la figura de Minerva Mirabal en sus facetas política, intelectual, artística y humana, en tanto que la mas conocida mujer dominicana en el plano internacional”.
Y sobre todo, gracias, por siempre estar abierto ante lo que Las Hermanas Mirabal, con el paso de los años, necesitan para que este presente malagradecido e individualista que parece devorarlo y borrarlo todo, no olvide su contribución a una mejor República Dominicana.
Tengo también la encomienda familiar de agradecer la legendaria solidaridad -y en este caso muy particular- sororidad, de la senadora mexicana Martha Lucía Mícher, la querida Malú, por acompañarnos en esta especial conmemoración con su voz apasionada y comprometida con la justicia social, la igualdad de género, la defensa de los derechos de las mexicanas y latinoamericanas y la difusión de la historia y el legado de Minerva en donde quiera que llega.
Gracias, amigos, amigas. Bienvenidos, Bienvenidas:
Nació viernes, hace 100 años. El 12 de marzo de 1926 a solo tres kilómetros de aquí, en Ojo de Agua, República Dominicana. Por entonces, esa pequeñita Minerva Mirabal no tenía manera de saber que hoy, un siglo después, ella sería para su país y para el mundo: semilla, raíz, tronco, jardín, fuego. Porque en lugar de simplemente vivir su vida, escogió habitarla con sentido, valentía, cuidado y responsabilidad.
Cada vez que se acercan fechas como ésta que nos reúne hoy, me pregunto qué de nuevo puedo contar sobre mi madre Minerva, asesinada a sus 33 años. Caramba, 33 añitos. Hoy muchos de los aquí presentes somos varias décadas más viejos que Minerva y sus hermanas, Patria y María Teresa, cuando se les amputó la vida simplemente por disentir, con su voz, con sus acciones, del sistema imperante.
Resuenan estos días, irremediablemente en mis oídos, aquellos versos de la hermosa canción de Víctor Manuel y Ana Belén: ¿Qué les puedo decir que ellas no hayan vivido? ¿Qué les puedo contar que ellas no hayan soñado?
Vivimos en medio de la terrible intimidación contra el orden mundial que con sangre, sudor y lágrimas establecimos hace casi 8 décadas para cerrarle el paso a los crímenes de lesa humanidad -como esos que se llevaron de encuentro la generación de Minerva y Manolo-. Vivimos en medio de la terrible intimidación contra la paz y la soberanía en algunos de los países de nuestra región y del mundo; vivimos en medio del peligro de un conflicto colosal que amenaza con llevarse de encuentro, esta vez, nuestra única casa, el Planeta Tierra.
Hay una anécdota a la que quiero referirme porque está en la génesis del compromiso que llevó a Minerva y a sus hermanas a combatir no solo por la libertad de nuestro país, sino por la defensa de los Derechos Humanos, la lucha contra la pobreza, la construcción de la justicia, la democracia y la paz en todos lados: La República Dominicana fue intervenida y ocupada en dos ocasiones por tropas norteamericanas en el siglo pasado. Durante la primera de esas ocupaciones -de 1916 a 1924- con trágicas consecuencias para los dominicanos (incluida la herencia del tirano que nos dejaron instalada) nació, el día de la independencia dominicana, la mayor de las hermanas Mirabal, a quien mi abuelo bautizó como Patria en honor y como ofrenda a la Patria ocupada, mancillada por la ocupación extranjera.
Pero no se quedó ahí mi abuelo: en los nombres que escogió para las dos hijas que nacieron casi inmediatamente después, hay también implícita una suerte de mensaje internacionalista: Bélgica Adela -Dedé- y Minerva Argentina mi madre. Y ahora que Minerva Mirabal cumple 100 años de haber nacido, vuelvo a la canción de Ana Belén y Víctor Manuel porque “me mata la estupidez de enterrar” un primer cuarto de siglo distinto del que ella soñó.
Un sueño concreto, claro, alcanzable: vivir en un país de justicia y equidad fruto del amor, del compromiso, con derechos sociales y políticos como única base posible para una democracia plena y en un planeta tan cuidado como este hermoso jardín.
La Minerva catorcista que nunca se libró “del vértigo del peligro”, como ella mismo escribió, nos muestra la vida que sembró en el pecho de su país en tiempos sombríos, y planta en nosotros, desde su propia heroicidad, la certeza de que no nos hemos librado del peligro de nuevos autoritarismos y modernas tiranías. Sé que nadie puede hablar en nombre de Minerva, ni siquiera yo.
Pero si hay algo que me atrevería a asegurar es que el lugar en el que la Minerva revolucionaria estaría hoy es luchando por la paz: combatiendo los genocidios, enfrentando la inminencia de una tercera guerra mundial con tono de guerra santa.
Imposible no imaginar a la Minerva política recuperando con orgullo el discurso de la solidaridad, de la igualdad, de la redistribución de la riqueza, de la justicia social, impulsando un proyecto político esperanzador, de Humanidad, nuestro. Nombrando el futuro.
Porque si existimos sintiéndonos tan solo dueños de nuestra propia vida e ignoramos nuestra fragilidad y finitud, no comprenderemos nunca a aquella Minerva Mirabal que, jovencita, en sus 20 y sus 30, decidió sobreponerse a su propio miedo, a su propia delicadeza y brevedad, para habitar su existencia desde el cuidado, el compromiso, y la responsabilidad con su pueblo, con los demás, con su entorno y con el mundo…que era su propio jardín.
Los invito a todos y a todas a habitar su patio, caminando a tientas y mirando hacia abajo, hacia la tierra, ésa que con esmero ella cuidó y de la que de a ratos saca los brazos y cada día se hace mas fuerte. ¡Vivan Las Mariposas! ¡Vivan Las Madres de La Patria Quisqueyana!
¡Viva Minerva Mirabal!
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