Cuando una sociedad pierde la claridad sobre lo que es el hombre, comienza a perder también la capacidad de gobernarse a sí misma”. — Hannah Arendt.

Tener que soportar el incesante desfile de sandeces, banalidades, vulgaridades y ruidos que emanan de las legiones de idiotas que pueblan nuestro tiempo parecería, por sí solo, una carga suficiente para cualquier espíritu que aún conserve el hábito de la reflexión. Sin embargo, la realidad contemporánea, siempre dispuesta a superar sus propias deformaciones, decide avanzar un paso más en la degradación del sentido común.

Entre las múltiples identidades surgidas al amparo de las conmociones culturales, psicológicas y simbólicas desencadenadas en el contexto de una impresionante revolución tecnológica, aparecen ahora jóvenes que afirman sentirse, en algún plano íntimo o espiritual, animales de diversas especies, y que, en consecuencia, adoptan sus gestos, sus posturas y sus emblemas como forma de expresión de esa supuesta identidad interior.

Resulta llamativo que, en medio de esta proliferación zoológica del yo, sus preferencias parezcan inclinarse hacia criaturas dotadas de cierta dignidad emblemática —lobos, felinos, zorros— y no hacia aquellas que la propia naturaleza asocia históricamente con la insignificancia o el desprecio; al menos, hasta ahora, no hemos tenido noticia de ninguno que aspire a encarnar la humilde condición del ratón.

Aquí vamos. Asistimos, con una mezcla de perplejidad y  revolucionaria resignación, al auge del fenómeno de los llamados therians. Como sabemos, se trata de jóvenes —porque sospecho que los viejos estamos descalificados de antemano por nuestras dolencias articulares, pero sobre todo por el peso acumulado de ciertas convicciones que aún resisten la evaporación del sentido— que afirman experimentar una identificación profunda con animales en el plano psicológico, emocional o, en el mejor de los casos, imaginario.

Esta manifestación, que oscila entre la extravagancia alegórica y la desorientación existencial, comienza a producir desconcierto y controversia, y algo aún más inquietante: intentos de legitimación jurídica acrítica bajo el argumento de los derechos fundamentales, pretendiendo presentar cualquier cuestionamiento o regulación como una violación automática de la libertad.

Entendemos que, no obstante, el fenómeno no puede analizarse ni desde la burla superficial ni desde el permisivismo jurídico absoluto. No se trata de “dejarlos hacer” como si toda conducta, por el solo hecho de existir, adquiriera automáticamente legitimidad social. Ciertamente, no se trata de una moda marginal, sino una señal más profunda de una crisis contemporánea de identidad que se despliega en los planos psicológico, económico, cultural y jurídico.

Así las cosas, esta crisis no surge por generación espontánea. Se inscribe en una transformación orgánica donde los vínculos tradicionales que ofrecían continuidad —familia, comunidad, tradición, valores— fueron progresivamente debilitados, dejando al individuo expuesto a la intemperie de comportamientos inducidos desde la misma infancia o en pleno desarrollo de las energías juveniles.

La psiquiatría moderna demuestra que la identidad humana no es una estructura rígida e indestructible. El trastorno de identidad disociativo evidencia que el yo puede fragmentarse como mecanismo de defensa frente al trauma. Milissa Kaufman, psiquiatra que lo padeció y luego lo estudió clínicamente, describió cómo distintas partes de su conciencia coexistían como fragmentos de una identidad que había perdido cohesión para sobrevivir al sufrimiento. Entendemos que es un dato fundamental. La fragmentación no es una ficción ideológica, sino una posibilidad real cuando se debilitan las estructuras de las sociedades contemporáneas que sostienen la continuidad psicológica.

Lo que distingue nuestra época es que esta fragmentación deja de ser exclusivamente clínica y adquiere, ante el asombro general, dimensión cultural. Las redes sociales tienen mucho que ver en la medida en que convierten la identidad en una construcción permanente sometida a validación externa. El individuo ya no hereda una respuesta estable sobre quién es; se ve obligado a improvisarla para luego tratar de sentirla o vivirla.

En ese contexto, el fenómeno therian aparece como una manifestación simbólica de una crisis más amplia. No es solo excentricidad, más bien tratamos de comprenderlo como síntoma o expresión visible de una dificultad creciente para habitar la condición humana con coherencia en un entorno dominado por la incertidumbre, la sobreexposición digital y la progresiva erosión de referentes morales.

Es precisamente aquí donde surge la pregunta incómoda: ¿a quién conviene una sociedad compuesta por individuos psicológicamente fragmentados? La historia demuestra que las sociedades con identidad sólida poseen mayor capacidad crítica y autonomía. Por el contrario, individuos inseguros sobre sí mismos son más susceptibles a la influencia y a las recaídas por la fuerza de los vicios, más dependientes de validación externa y más vulnerable a formas sutiles de conducción (por no decir dominación o manipulación) social.

La crisis contemporánea de identidad no puede separarse del ejemplo desmoralizante ofrecido por sectores de élites occidentales cuyo comportamiento público continúa erosionando referentes éticos fundamentales. Cuando quienes deberían encarnar responsabilidad, mesura y respeto por la dignidad humana transmiten, en cambio, incoherencia moral y relativismo práctico, el mensaje que se instala en el tejido social es profundamente desestructurante, porque sugiere que los valores proclamados no obligan a quienes los invocan y que la autoridad puede desvincularse de la rectitud.

En ese clima, la identidad deja de ser una continuidad arraigada en principios y se convierte en improvisación reactiva, en construcción frágil que busca afirmarse allí donde aún encuentre algún tipo de validación. La proliferación de identidades sustitutivas no se explica únicamente desde la psiquiatría ni puede reducirse a un diagnóstico clínico aislado; es, ante todo, la expresión de una desorientación colectiva incubada en las sociedades que permitimos edificar, donde la erosión moral de las cúpulas y sus diabólicas agendas terminan proyectándose sobre las conciencias individuales.

Del mismo modo que el sufrimiento padecido por Milissa Kaufman tuvo causas concretas y responsabilidades reales, también las fracturas culturales y psicológicas de nuestra época tienen raíces históricas, decisiones acumuladas y actores que no pueden ser ignorados si aspiramos a comprender, y eventualmente corregir, la deriva que hoy contemplamos.

Julio Santana

Economista

Economista de formación, servidor público durante más de dos décadas, inquieto y polémico analista —no siempre complaciente— de los problemas nacionales e internacionales.

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