Ramón escribe bien. Ramón escribe muy bien. Fueron las primeras palabras que llegaron a mi mente cuando leí las primeras líneas del cuento Los Siete Silencios. Relatos de la Memoria: «En Canca la Piedra, el aire tiene memoria. La tierra guarda secretos en sus honduras, y la furnia de los siete silencios es el más temido».

Esa primera impresión me acompañó todo el libro. Fui resaltando las partes que me parecían, sobre todo, poesía: «El primer silencio fue un golpe de agua». «El cuarto fue el del miedo: una voz sin boca lo tentaba, prometiendo poder y riqueza a cambio de su sombra». «Julio salió con los ojos encendidos. La luz del sol le cambiaba las pupilas», o «En las lunas menguantes, un murmullo sin río ni pájaros recorría el monte».

Fui dejándome llevar por un carrusel de palabras, pero con el ritmo pausado de quien necesita también escuchar sus murmullos. La voz que sabe seleccionar tan atinadamente sus palabras también sabe manejar sus murmullos. Me recordé a mí misma adolescente, leyendo, releyendo y resaltando La voz a ti debida, de Pedro Salinas.

Ramón maneja muy bien la síntesis; por tanto, sus inicios son atrapantes y narra sin abrumar. Como lo evidencia el inicio de «Después del Golpe»: «Declararon la guerra desde dentro. Empezaron en la noche fría persiguiendo inmigrantes, y, al amanecer, ya perseguían ciudadanos. Prohibieron la palabra, y más tarde, el aliento mismo. En pocos días, la vida entera se volvió un permiso revocable».

Ramón describe los acontecimientos como un cineasta de la belle époque. En «Café Amargo»: «Ángela entró empapada, el cabello pegado a la frente, el libro entre las manos. Pidió un café corto, sin azúcar, y se sentó junto a la ventana. Las gotas trazaban caminos que se borraban al llegar al borde; creaban un dibujo líquido donde la vista se confundía con el agua. Parecía una mujer que había dejado de perseguir lo que alguna vez quiso. Su reflejo en el vidrio mostraba la serenidad de quien ha renunciado a los sueños».

Yo hubiese querido estar en ese café y observar a Ángela exactamente como es descrita. Como hubiese querido también ser testigo del «Beso Furtivo»: «Me acerqué despacio, con el temblor de quien toca por fin lo que soñó demasiado tiempo. El mundo entero pareció contener el aliento. Los insectos callaron, las sombras se quedaron quietas, y el tiempo —ese verdugo obstinado— suspendió su oficio por un instante». «[…] Y cuando la memoria convoca, todavía creo sentir su risa —la de la flor— flotando en el aire». Sin duda, Ramón es un excelente creador de atmósferas.

Ramón observa «lo dominicano» con lentes de sociólogo, como se muestra en los cuentos de «Lenin ha muerto». Su protagonista, Lenin Ernesto, pudiera ser cualquier hijo de un viejo comunista del PCD que, al nombrar a su descendiente como los líderes políticos Ernesto (por el Che) y Lenin (por Vladímir Lenin), pensaba encaminarlo.

Mientras que el hijo-víctima, por su parte, sentado en la espaciosa galería de una de esas viejas casonas de Gazcue, se balancea en la mecedora pensando en el peso que han tenido esos nombres sobre sus decisiones o su desempeño como «profesor de historia», «orador de esquina» y «marchista sin pancarta».

Mientras que en «La tía Carmen» se puede apreciar una mirada sobre la diáspora dominicana que, para algunos, comienza en su propio país y puede estar empacada en un simple recipiente de cream cheese.

También aborda la religiosidad popular y cultural dominicana con sus creencias, su refranero, sus presagios y su cosmovisión, aspectos visibles en «Eso no era de Dios» y «La última vuelta». De igual manera, reflexiona sobre aspectos centrales de la existencia humana en cuentos como «Herencia», «Sancho» y «Residuos». Y se pregunta por el fin de la vida en «Morir en la orilla», «Al polvo volverá», «La última vuelta» y «Presagio».

Los Siete Silencios. Relatos de las memorias reúne cuentos de diferentes latitudes que, si algo los une, «quizá sea la certeza de que todo relato es, en el fondo, una conversación con el silencio, en la más absoluta de las soledades», según ha dicho su autor.

Duleidys Rodríguez Castro

Educadora y Filósofa

Duleidys Rodriguez Castro es filósofa con estudios doctorales en Historia del Caribe por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), maestría en Filosofía por la Universidad del País Vasco y licenciatura en Filosofía y Humanidades por el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó. Además, es genealogista y coleccionista especializada en historia de la educación dominicana.

Ver más