Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. Pedro Calderón de la Barca (1635)
Amanecía en San Juan a menudo con una neblina tan densa que únicamente el conocimiento de las calles me permitía ir de casa al colegio faltando un cuarto de hora para el inicio de clases. Subía por la calle Trinitaria sin ver nada más allá de 10 o 15 metros. Al cruzar por el mercado la neblina se disipaba un poco con el movimiento de los vendedores y los fogones de las señoras que vendían café y cigarrillos, un chele cada uno. Pero volvía a densificarse al alcanzar la zona del Palacio de Justicia, el Ayuntamiento, el Arco de la entrada del pueblo y por supuesto el Colegio. Sabía que estaban ahí, pero no podía verlos.
La metáfora de la niebla, y su vinculación con el sueño y la locura, está presente desde el inicio de la modernidad como una cuestión epistemológica. Descartes, en el Discurso del Método (1637) señala que al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la resolución de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en todas las cosas que, aunque adelantara muy poco, me guardaría muy bien al menos de tropezar y caer. La actitud cauta cartesiana fue el resultado de muchos equívocos y desengaños, del autor y de otros, a la hora de considerar que habían alcanzado el conocimiento firme de alguna cuestión y descubrir que estaba engañado.
La postura de él llega a tal punto de radicalismo que rechaza toda experiencia sensorial como fuente de veracidad. Indica que considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden venirnos también cuando dormimos, sin que en tal estado haya alguno que sea verdadero, decidí fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Aquí es importante el verbo fingir, ya que el propósito de pensador francés es alcanzar una metodología que le permita conocer lo real. No era escepticismo radical, sino metodológico.
Y precisamente el siguiente paso en esa argumentación lo lleva al fundamento de su pensamiento. Pero, inmediatamente después, advertí que mientras quería pensar de ese modo que todo es falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuera alguna cosa. Por tanto, si pienso -lo que fuere, incluso erróneamente- es porque existo.
Pero antes de Descartes nuestro Cervantes enfrentó el mismo problema. De hecho, Don Quijote (publicado entre 1605 y 1615) es, entre otras cosas, una crítica al pensamiento ilusorio, a la mente poblada de fantasías, a que constantemente somos engañados por lo que nos informan los sentidos. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Es la forma en que Cervantes nos presenta la trama de su obra.
Hay otra referencia un siglo antes de Cervantes, en Santo Domingo. En el sermón elaborado por los dominicos para el adviento del 1511 y que fue leído por Montesinos, famoso por su vozarrón, ellos argumentan de manera inquisitiva frente a sus compatriotas españoles, que su criminal trato con los pobladores arawacos que encontraron en nuestra isla puede deberse -entre otros motivos- a la niebla de su conciencia. ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Suponen los dominicos que, si los explotadores estuvieran lúcidos, sobre todo en su conciencia moral, no cometerían semejantes crímenes. Pero los dominicos develan la causa última del genocidio provocado por los castellanos en estas tierras. Los matáis por sacar y adquirir oro cada día. La codicia es causa de la niebla moral y por extensión fundamento de una antropología que le negaba la condición de humanos a los tainos.
La modernidad nació con la conquista y explotación de los pueblos aborígenes, lo afirma Dussel y otros autores. Y dicha modernidad nace con la neblina provocada por la necesidad de ajustar a la moralidad medieval con el drama de la destrucción de pueblos y civilizaciones en nuestro continente para enriquecer a Europa. Se negaba la alteridad de los pueblos que encontraron en nuestro continente para que el saqueo y el crimen pudiera justificarse con la moralidad castellana, primero, española después. El mito de la batalla del Santo Cerro es un ejemplo claro de eso.
En Montesinos está el diagnóstico más certero, en Cervantes el cambio de mentalidad que tornaba los usos y costumbres del medioevo en una caricatura, pero en Descartes está la justificación racional del desarrollo y expansión del capitalismo. Yo pienso, yo conquisto, yo destruyo…por tanto existo. Eso se llama eurocentrismo y es en dicha neblina que todavía seguimos perdidos sin encontrar caminos de liberación.
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