Como un ejercicio mental, muchas veces he tratado de imaginar mi vida sin hijos, y no lo digo ni cerca del lamento, sino tratando de imaginar el rumbo de mis días y adivinar en qué hubiese encontrado empuje y motivación como la encuentro con la ilusión de echar mis hijos hacia adelante y criar un hombre y una mujer de bien para el mundo. Nunca lo he logrado. Simplemente mi mente desconoce otra realidad fuera de la de mis hijos.
No precisamente mi vida gire solo en torno a mis hijos, uno trata de dividir los roles y darles a ellos el espacio y la libertad necesarios para que sean autónomos y vayan forjando su carácter e independencia. En 2016, don Rafael Molina Morillo publicó un editorial titulado “Los hijos como los buques”, que replicaba una reflexión de autor desconocido sobre los hijos y nuestra labor como padres, que retrata muy bien lo que, al igual que muchos padres, siento.
La crianza responsable, la formación de hijos sanos, la construcción desde el hogar de hombres y mujeres de bien, me atrevo a afirmar que es el oficio más satisfactorio y, de igual forma, el más agotador. Es el único oficio del mundo que uno asume por voluntad propia aun sabiendo que esta misión no tiene un solo día libre mientras uno vida tenga. No importan los años que pasen ni la edad que alcancen los hijos.
Desde su concepción, el compromiso que se asume con el cuidado de un bebé, hasta el nacimiento, en el que se encuentra en su etapa más vulnerable, la niñez, la adolescencia y aun en la adultez, cuando los problemas de los hijos siguen siendo los nuestros. Aun así, el amor desmedido y la entrega de los padres puede con eso y con más.
Criar sigue siendo igual de difícil que en los tiempos de mis viejos, solo que cada momento trae sus desafíos y uno los va asumiendo y enfrentando con las herramientas y los conocimientos que va adquiriendo o que, por alguna suerte, el mismo corazón y el instinto nos van dictando. Además, la satisfacción de encontrar nobleza, buenos sentimientos, valores y empatía en el corazón y los actos de nuestros hijos nos reafirma que la interminable misión a tiempo completo va rindiendo sus frutos. Y ese resultado, sin temor a equivocarme, es la única garantía de que cuando ya no estemos en este plano, que nuestros hijos suelten amarras o emprendan el vuelo por sí solos, puedan ser plenamente felices sin hacerle daño a nadie, especialmente a ellos mismos.
Abrazo a todos los que, como yo, padres, madres y tutores, están haciendo un intento cada día para dar lo mejor de sí y lograr sacar adelante gente buena que el mundo tanto necesita. Ánimo.
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