Lo racional y lo irracional son parte de nuestra vida y existencia; mientras lo primero hace referencia a la capacidad de analizar y ponderar opciones antes de actuar, lo segundo, entraría en el mundo de la actuación impulsiva, libre de ponderaciones y análisis de las situaciones que afrontamos.
Lo racional ha hecho posible el desarrollo de las ciencias y las tecnologías, por ejemplo. Ambas se mueven en el mundo de la evidencia y, con ello, permiten la toma de decisiones que contribuyan a la búsqueda de respuestas y soluciones. Y las hay de todo tipo, desde las más elogiosas y reconocibles positivamente, hasta aquellas que no.
Ofrendar la vida por la persona amada, por un ideal o por un símbolo religioso o político, en principio, no luce algo necesariamente racional. La tendencia personal natural es preservar la vida, antes que nada. Sin embargo, en ocasiones, la preservación de la vida corre a un segundo plano.
El mundo que nos rodea y los acontecimientos históricos que lo han hecho posible, con sus avances y logros, no siempre fue posible por las ideas que nacen de la conciencia racional, sino también, de los deseos irracionales que nacen en “nuestras entrañas” y que nos conducen en determinadas situaciones.
Lo humano, así, convive y disfruta de la vida como de la muerte; de los deseos más sublimes, como aquello que nace de lo vulgar. Todos los días lidiamos entre lo racional y lo irracional. A veces un sí, no solo parecería, sino que es un no. Hay batallas en lo cotidiano que se ganan o pierden cuando un sí es un no, como todo lo contrario.
En la poesía, como en muchas canciones, lo racional y lo irracional conviven para hacer posible o no, el sueño anhelado. Quienes peinan canas, como yo, recordarán aquella canción de Danny Daniel, Por el amor de una mujer, que desde su primera estrofa juega con esa realidad antes descrita:
Por el amor de una mujer / jugué con fuego sin saber / que no era quien me quemaba. / Bebí en las fuentes del placer / hasta llegar a comprender / que no era a mí a quien amaba… Lo irracional le juega una pasada a lo racional para comprender todo aquello. Racionalmente, pudiéramos decir sí o no; lo irracional, en cambio, diría «sí, pero no».
En su tan conocido Poema del Renunciamiento, José Ángel Buesa, juega con la razón que dicta el autocontrol absoluto y el fingimiento social; sin embargo, el impulso irracional termina alimentando una pasión secreta e imposible:
Pasarás por mi vida sin saber que pasaste… / Pasarás en silencio por mi amor, y al pasar, / fingiré una sonrisa, como un dulce contraste / del dolor de quererte… ¡Y jamás lo sabrás!…
Sin ánimo de complicar las cosas, la psicología humanista sostiene que la racionalidad no es la esencia del ser humano. La considera como una función parcial, parte de un organismo más amplio y holístico que vive, siente, se relaciona y expresa, a veces, mucho antes de pensar.
Desde esa perspectiva plantea que somos seres a-racionales, es decir, no definidos solo por la razón, pero tampoco gobernados por la irracionalidad. Carl Rogers, Abraham Maslow, Rollo May y Viktor Frankl, aunque con maneras distintas coinciden en esta idea, lo que implica que:
- La razón no es el centro de la vida psíquica.
- Lo irracional no es un defecto, más bien, parte de la experiencia humana.
- El comportamiento surge de un organismo total, en que emociones, percepción, cuerpo, historia, contexto y visión de la vida interactúan.
- La racionalidad aparece como una herramienta, no como la identidad del sujeto humano.
De esa manera, el decir: no pensamos para vivir; vivimos, y en ese vivir pensamos cuando es útil, adquiere significado. Si el amor surgiera solo del pensamiento racional, muchos amores, posiblemente, hubieran quedado en su etapa embrionaria, sin la posibilidad en emerger como realidad.
En procura del equilibrio de la mente, la psicología ayurvédica entiende que mientras lo racional se alinea con la claridad y el discernimiento, lo irracional, nace del exceso de movimiento mental o la oscuridad emocional que nubla la percepción de la realidad. Así, lo que prima en la conciencia o la mente se constituye en el origen de nuestra felicidad o nuestro sufrimiento.
La tensión entre la esfera de lo racional y lo irracional como de lo a-racional, nace antes de la filosofía clásica, atravesando toda la historia espiritual e intelectual de occidente… pero eso será materia de otras entregas.
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