Las reglas que uso para explicarle el Presupuesto a un ciudadano son las mismas que me hubiera ahorrado años de malentendidos en mi vida. Llevo años repitiendo, en distintas mesas y formatos, una idea que parece sacada del manual básico de Comunicación 101, si algo no se comunica, para efectos prácticos, simplemente no existe.

Una institución puede ejecutar la obra más importante de su gestión, pero si nadie se entera, esa obra no existe para la gente. Puede tener la mejor intención, pero si no la traduce, esa intención se queda encerrada en un documento que nadie lee. Simple. Cruel, quizás, pero muy simple.

Años después me he descubierto aplicando esta idea en mi propia vida. Que lo que yo siento, si no lo digo, tampoco existe para el otro; que mis límites, si no los explico, no son límites, son expectativas silenciosas.

Nos pasamos la vida dando por hecho que el amor, la amistad o la crianza deberían funcionar sin necesidad de explicarse. Que si de verdad me conocen, no debería tener que decir lo que necesito o que si de verdad me quieren, deberían entender lo que callo. Pero esa es, quizás, la fantasía más cara que sostenemos los seres humanos.

En comunicación institucional se aprende que la buena intención no basta. Hay que pensar en el mensaje, en el momento, en el lenguaje, en quién lo recibe. Que no es lo mismo publicar que ser entendido. De igual manera, en la vida privada, seguimos comunicándonos como si la claridad fuera opcional.

Hay algo que repito mucho en mi oficio, y es que la transparencia no es solo abrir la información, es lograr que alguien la entienda. Y en lo personal pasa igual, no basta con sentir, hay que expresarlo.

Y está también la constancia. Ninguna campaña de comunicación funciona con un solo mensaje aislado; funciona cuando se sostiene en el tiempo, cuando no depende de la crisis para aparecer y responder de manera reactiva. Igual pasa en casa: no se trata de tener la gran conversación una vez al año, sino de sostener pequeñas conversaciones todos los días.

Quizás la pregunta no es si nos comunicamos, todos lo hacemos, aunque sea con el silencio. La pregunta es si comunicamos con la intención de ser entendidos, o solo con la intención de quedar bien, de evitar el conflicto y de no tener que explicarnos.

Con los años he aprendido que en las instituciones, y así lo confirmo en mi vida, no basta con tener razón, ni con sentir bonito. Hay que decirlo, hay que explicarlo y hay que traducirlo. Porque lo que no se comunica, no existe. Ni en el Estado, ni en el corazón.

Paola Chaljub Then

Periodista

Periodista, locutora y presentadora de noticias. Madre de dos. La más chiquita de Dulce y Rafael.

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