Es por todos conocido que los cambios experimentados por la sociedad dominicana también se han reflejado en los liderazgos políticos. Las diferencias entre los liderazgos históricos —Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez— y los actuales se entienden mejor si los situamos en las coyunturas históricas en las que actuaron.

La historia política dominicana posterior a la dictadura trujillista puede dividirse, de manera general, en tres períodos: el de crisis política y transición posterior al ajusticiamiento de Trujillo (1961-1966); el de predominio conservador con una apertura democrática limitada (1966-1996); y el iniciado en 1996, caracterizado por profundas transformaciones económicas, sociales, culturales y políticas que llegan hasta nuestros días.

El primer período estuvo marcado por una intensa crisis política, surgimiento y activación de nuevos sujetos políticos y sociales, el golpe de Estado contra Juan Bosch, la Guerra de Abril de 1965 y la intervención norteamericana. Fue una etapa de transición en la que Balaguer actuó como heredero de la dictadura, Bosch emergió como líder de los sectores democráticos y liberales, mientras que Peña Gómez comenzó a proyectarse políticamente.

Sin embargo, fue entre 1966 y 1996 cuando estos tres líderes desempeñaron el papel fundamental en la vida política nacional. Sus liderazgos compartían varias características.

La primera era la existencia de paradigmas ideológicos y políticos claramente definidos. Balaguer representaba una tradición conservadora, autoritaria y vinculada al legado trujillista. Bosch y, posteriormente, Peña Gómez encarnaban corrientes de nacionalismo democrático y liberal enfrentadas a aquella visión.

Con el tiempo, varios de estos liderazgos se vincularon a corrientes internacionales. El PRD, bajo la conducción de Peña Gómez, ingresó a la Internacional Socialista; el Partido Reformista se integró al movimiento socialcristiano internacional; mientras tanto, Bosch evolucionó desde sus posiciones originarias hacia concepciones marxistas y asumió como marco una estrategia de liberación nacional. A pesar de estos cambios, cada líder mantuvo una identidad ideológico-política propia y diferenciada.

Una segunda característica era la representación de sectores sociales específicos. Balaguer heredó el liderazgo sobre amplios sectores campesinos y posteriormente sobre los pobres urbanos. Bosch y Peña Gómez tenían una base más urbana. Tras la ruptura entre ambos, Bosch pasó a representar principalmente sectores medios y una importante franja de trabajadores urbanos. Más allá de los matices, cada liderazgo estaba asociado a segmentos sociales concretos.

Un tercer rasgo era su función como factores de unidad y estabilidad interna dentro de sus partidos. Balaguer ejercía un control absoluto sobre el Partido Reformista. Bosch mantenía la cohesión del PLD mediante su autoridad política y moral y una sólida estructura de cuadros. Peña Gómez, en cambio, actuaba como mediador dentro de un PRD caracterizado por fuertes corrientes internas y frecuentes conflictos fraccionales.

La relación con el poder y las elecciones constituía una cuarta diferencia importante. En este sentido, la relación de estos liderazgos con el usufructo del gobierno no fue absoluta. La única excepción fue Balaguer, quien fortaleció su liderazgo a partir del ejercicio prolongado de la presidencia. Bosch, por el contrario, gobernó apenas siete meses y nunca volvió a ocupar un cargo electivo, por lo que la fuerza de su liderazgo descansó en factores políticos e ideológicos diferentes al control del Estado. Peña Gómez tampoco alcanzó la presidencia; su principal cargo fue la sindicatura del Distrito Nacional. Sin embargo, mantuvo una enorme influencia política basada en su liderazgo de masa y en la expectativa permanente de una eventual llegada al poder.

A partir de la década de 1990 se produjeron transformaciones que modificaron profundamente la sociedad dominicana: estabilidad político-electoral, crecimiento económico sostenido, predominio de la ideología neoliberal, expansión urbana, migración masiva y cambios culturales significativos. Este nuevo contexto dio origen a liderazgos muy distintos a los históricos.

La primera característica de los liderazgos contemporáneos es la homogeneización ideológico-política. A diferencia de las décadas anteriores, las diferencias doctrinarias entre los principales actores son prácticamente inexistentes. Predomina una matriz común influida por la visión neoliberal, mientras que las divergencias suelen concentrarse en aspectos secundarios.

En segundo lugar, se modificó la relación entre liderazgo y representación social. La consolidación de la democracia electoral y la transformación de los partidos en organizaciones orientadas a captar todo tipo de votantes hicieron que los líderes dejaran de identificarse con sectores sociales específicos. Su discurso ya no se dirige a grupos sociales claramente delimitados, sino al conjunto del electorado.

Un tercer rasgo es la creciente dificultad para garantizar la unidad interna de los partidos. Con la desaparición de los liderazgos históricos se debilitaron los mecanismos que mantenían la cohesión organizativa. Todos los partidos importantes han experimentado divisiones y fracturas. El caso más evidente es el PLD, que pasó de ser un partido de cuadros a una maquinaria electoral y terminó reproduciendo conflictos similares a los de otras organizaciones. Los líderes actuales ya no aseguran por sí solos la unidad partidaria; apenas logran contener o moldear las disputas internas.

Finalmente, los liderazgos contemporáneos están profundamente vinculados a lo electoral, razón por la cual son esencialmente liderazgos electorales. Su legitimidad y capacidad de influencia dependen principalmente de su desempeño en las urnas y de su acceso al poder estatal. Los casos de Leonel Fernández, Danilo Medina, Hipólito Mejía y Luis Abinader ilustran esta realidad: su condición de líderes políticos está estrechamente vinculada a haber alcanzado la Presidencia de la República.

En síntesis, mientras los liderazgos históricos se definían por proyectos ideológicos diferenciados, bases sociales específicas y una relativa, en unos casos, o estricta capacidad de cohesión partidaria, los liderazgos actuales se caracterizan por una mayor homogeneidad ideológica entre ellos, una relación con votantes más que con sectores sociales, una menor capacidad para garantizar la unidad interna de los partidos y una dependencia creciente de los resultados electorales para sostener su legitimidad.

Luis Salazar

Luis Salazar es analista e investigador social. Sus trabajos abordan los procesos de transformación de la sociedad dominicana, el sistema de partidos, los liderazgos políticos y los movimientos sociales. Actualmente es dirigente de Alianza País.

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