En el liderazgo, las tensiones y los desacuerdos no son una excepción, sino parte del camino. Quien ha servido en espacios de gobernanza colectiva lo sabe bien: las diferencias de criterio, los estilos de liderazgo opuestos y las pasiones intensas suelen emerger justo cuando están en juego decisiones relevantes. En uno de esos momentos, durante una reunión de junta directiva particularmente tensa, aprendí una lección que con los años se ha vuelto una brújula ética para mí.
El desacuerdo escaló hasta convertirse en confrontación. La vehemencia de una postura, expresada con un tono que rozaba la violencia verbal, despertó en mí una reacción humana e inmediata: el deseo de responder con la misma intensidad. No lo hice. Me quedé con el malestar, con la sensación de haber sido atropellado, con la frustración de ver cómo alguien intentaba imponer una visión por la fuerza, incluso al margen del proceso democrático de mayorías.
Con el tiempo entendí algo que hoy considero fundamental: cuando una persona atropella, el mayor daño no recae sobre quien es atropellado, sino sobre quien elige ese camino. La violencia, incluso cuando es simbólica o verbal, erosiona la legitimidad de los argumentos y debilita los espacios colectivos que pretende dominar. Aprendí también que confiar en los procesos democráticos, aun cuando sean incómodos o lentos, es una forma de liderazgo más sólida que cualquier imposición.
Esa experiencia no fue un episodio aislado, sino una confirmación de algo que he visto repetirse a lo largo de mi vida profesional: liderar no es ganar discusiones, sino sostener procesos. Y sostener procesos exige empatía.
La empatía no como un gesto blando o complaciente, sino como una disciplina ética. Ponerse en los zapatos del otro no implica renunciar a principios ni evitar decisiones difíciles. Implica, más bien, recordar que detrás de cada postura hay una historia, una convicción, un temor o una expectativa legítima. Implica hablarle al otro como a uno le gustaría que le hablen, incluso cuando el mensaje sea incómodo.
A lo largo de los años, he tenido que acompañar cambios institucionales, cierres de proyectos, redefiniciones de roles y decisiones que afectan directamente los planes de vida de otras personas. Nunca he considerado esas tareas fáciles, ni creo que deban serlo. La empatía no elimina el peso de decidir, pero sí cambia la forma en que se ejerce ese poder. Una decisión firme, comunicada con respeto y humanidad, no deja de ser dura, pero preserva la dignidad de todos los involucrados y cuida el clima ético de la organización.
Mucho de esta forma de entender el liderazgo no nació únicamente de la experiencia profesional, sino de aprendizajes más profundos. Mi vinculación con AFS y con la educación intercultural reforzó de manera decisiva la centralidad de la empatía en cualquier ejercicio de liderazgo. Vivir y trabajar en contextos diversos, donde conviven culturas, creencias y visiones del mundo distintas, enseña rápidamente que imponer no construye y que escuchar no debilita.
La empatía intercultural me enseñó algo clave: la diversidad no es una amenaza que deba ser neutralizada, sino una realidad que debe ser gestionada con respeto. Ese aprendizaje ha sido especialmente valioso en espacios amplios y complejos como las organizaciones de la sociedad civil, donde confluyen entidades con misiones, enfoques y marcos éticos distintos.
Un ejemplo que valoro profundamente es la convivencia, dentro de un mismo espacio asociativo, de organizaciones de base religiosa con convicciones firmes y organizaciones de defensa de derechos que, en otros contextos, podrían verse como opuestas. Sin embargo, cuando el punto de encuentro es el respeto a la legalidad, a la misión legítima de cada quien y al derecho a disentir, la diversidad no fragmenta, sino que fortalece.
En esos espacios no ha sido necesario forzar diálogos sobre temas sensibles, precisamente porque existe un acuerdo previo más profundo: estamos ahí para apoyarnos mutuamente en el ejercicio responsable de nuestras misiones, no para imponernos visiones morales unos a otros. Y si algún día esos diálogos fueran necesarios, creo que solo podrían darse desde la misma lógica que ha permitido la convivencia hasta ahora: empatía, escucha y reconocimiento del otro como un interlocutor válido.
Liderar con empatía no significa evitar el conflicto, sino saber atravesarlo sin destruir. Significa entender que el desacuerdo es parte de la democracia, y que la madurez institucional se mide no por la ausencia de tensiones, sino por la manera en que se gestionan. En tiempos donde la polarización se normaliza y el atropello se justifica como carácter o firmeza, reivindicar la empatía es, paradójicamente, un acto de fortaleza.
Hoy, si pudiera hablarle a mi yo del pasado en aquella reunión tensa, le diría esto: confía en el proceso democrático, incluso cuando alguien intenta desbordarlo. No respondas al atropello con atropello. Recuerda que la autoridad ética no se impone, se construye. Y, sobre todo, no pierdas la empatía, porque es ella la que permite liderar sin dejar heridos innecesarios en el camino.
En definitiva, liderar es decidir, y decidir implica afectar a otros. La pregunta no es si evitaremos el impacto, sino cómo lo asumimos. La empatía no elimina la dureza de algunas decisiones, pero sí puede convertirlas en actos de respeto. Y en un país y en unas instituciones que aspiran a ser más democráticas, ese no es un detalle menor: es una responsabilidad.
Compartir esta nota