Horas después de que Donald Trump anunció su llamada “prohibición a los musulmanes” en 2017, Brad Karp envió a decenas de abogados de su prestigioso bufete de Nueva York a los aeropuertos, donde trabajaron durante toda la noche para presentar peticiones de urgencia en nombre de los viajeros que habían quedado varados.
Menos de una década después, Karp —socio principal del poderoso bufete multinacional Paul Weiss— se encontraba metafóricamente de rodillas en el Despacho Oval, cerrando un acuerdo cuestionable para prestar servicios gratuitos a la administración Trump a cambio de que se revocara una orden ejecutiva manifiestamente ilegal que el presidente había firmado contra su firma.
La pusilanimidad de Karp es el primer blanco —y quizá el más merecido— de la indignación de Jacob Weisberg en Profiles in Cowardice (Perfiles de cobardía), una crónica sobre las capitulaciones ante Trump durante su segundo mandato. El libro contrapone la fragilidad moral de ocho líderes estadounidenses en la actualidad a la fortaleza que demostraron los senadores elogiados por John F. Kennedy en su obra de 1956 Profiles in Courage (Perfiles de Valentía), así como los miembros de su generación de la posguerra. Según argumenta Weisberg, Karp —un progresista convencido— tenía menos que perder que George Anastaplo quien, en una entrevista de 1950 con el Colegio de Abogados de Illinois, se negó a responder si era comunista alegando que tal pregunta violaba la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU, motivo por el cual acabó viéndose obligado a conducir un taxi para llegar a fin de mes.
Según el análisis de Weisberg, quienes contuvieron el poder de Trump durante su primera presidencia se mostraron “ausentes, cómplices o abiertamente partidarios” tras su reelección, en parte porque temían el ostracismo o la violencia, o bien deseaban proteger empresas o instituciones que valoraban. “La Gran Capitulación de 2025”, escribe, “fue tanto un fracaso social como una serie de tragedias personales de menor escala”.
El estudio de Weisberg resulta especialmente interesante cuando analiza con frialdad los incentivos que llevaron a ciertos individuos a abandonar sus convicciones. El autor emplea su destreza periodística para exponer su tesis de que Karp —quien accedió a ser entrevistado para el libro, presumiblemente sin conocer el título provisional del mismo— transformó a Paul Weiss de ser una firma centrada en litigios y regida por elevados ideales a convertirse en una operación volcada en las transacciones y dependiente de clientes caprichosos de Wall Street, quedando así en una posición más precaria cuando Trump llamó a su puerta. Se trata de un tipo de análisis ausente en otros relatos sobre nuestra época, como All the Wrong Moves (Todos los pasos en falso), de Anthony Scaramucci —antiguo partidario de Trump—, publicado también este mes.
Gran parte del libro de Weisberg recorre terreno ya conocido, y resultaría superfluo si se limitara a engrosar la lista de diatribas cargadas de ansiedad que hemos visto durante la era Trump. Sin embargo, su larga experiencia como periodista, su prosa fluida y su meticulosa investigación ayudan a enmarcar los acontecimientos recientes desde una perspectiva casi histórica. Weisberg sostiene que, en numerosos momentos de los últimos dos años, figuras destacadas tomaron “la decisión aparentemente racional de optar por la seguridad”. No obstante, argumenta de manera convincente que la democracia acaba muriendo a causa de “mil sacrificios respetables y razonables”.
El multimillonario Jeff Bezos, según nos recuerda el autor, plantó cara a Trump durante su primer mandato al decirle al presidente que no sería “apropiado” que presionara al Washington Post —del cual es propietario— para que tratara con mayor benevolencia a la administración estadounidense. Sin embargo, en 2024 retiró el respaldo del periódico a la candidata presidencial demócrata Kamala Harris, procedió a reestructurar las páginas de opinión del periódico para que adoptaran una postura menos hostil hacia los conservadores y le pagó US$40 millones a Melania Trump por un documental de carácter promocional. Que Bezos —un fanático de Star Trek— estuviera motivado, tal como sostiene Weisberg, por el temor a que su empresa de cohetes Blue Origin perdiera contratos gubernamentales justo cuando intentaba competir con SpaceX, la compañía de Elon Musk, es algo que pertenece al terreno de las conjeturas; no obstante, se trata de una hipótesis interesante.
El senador de Kentucky, Mitch McConnell, otro de los objetivos de Weisberg, alguna vez tuvo suficientes principios como para copatrocinar sanciones contra el apartheid en Sudáfrica, desafiando al líder de su partido, Ronald Reagan; y siempre había sido muy estricto con las reglas del Senado. Sin embargo, encontró razones para negarle a Barack Obama una nominación a la Corte Suprema (que luego se pasó a Trump); e incluso después de ser elegido para su séptimo, y probablemente último mandato, no llegó a orquestar el juicio político que habría acabado con la carrera política de Trump.
Weisberg se destaca especialmente en su análisis crítico de figuras menos evidentes. Pocos considerarían a George W. Bush —cuyo descenso hacia una vejez amable ha contribuido a suavizar la percepción de su desastroso legado— como uno de los villanos de la era Trump. Sin embargo, Weisberg contrapone el silencio de Bush respecto a Trump —incluso cuando este último desmanteló uno de sus grandes logros, el programa PEPFAR de prevención del sida, que salvó innumerables vidas— con la valentía demostrada por su exvicepresidente Dick Cheney y por la hija de este, Liz, quien sacrificó su carrera para ayudar a liderar la investigación sobre el intento de insurrección del 6 de enero de 2021. Weisberg resulta asimismo convincente al argumentar que una intervención pública clara de Bush en 2016 —aunque difícilmente habría hecho cambiar de opinión a los partidarios del movimiento MAGA de Trump— podría haberles dado a los republicanos moderados la libertad de votar por Hillary Clinton, en una contienda que se decidió por un margen de 40,000 votos en estados clave.
Sin embargo, incluso en los capítulos menos interesantes, el análisis enciclopédico que hace Weisberg del “ánimo de capitulación” en el entorno de Trump cumple una función como antídoto frente a la cobertura errática de sus diversas claudicaciones. Por sí solo, cada acto de cobardía —o, de hecho, cada manifestación del afán de venganza de Trump— podría justificarse: James Comey, exdirector del FBI, se lo había buscado; Apple estaba cumpliendo con su deber fiduciario al aportar fondos para el salón de baile del presidente. Pero, al presentarse en conjunto, conforman la imagen de un momento de peligro singular ante el cual pocos han estado a la altura.
“Lo que Trump más ha dañado no es solo la integridad personal, sino el entramado institucional —legal, educativo y cívico— que sustenta la democracia”, concluye Weisberg. La valentía exige “actuar públicamente en defensa de las instituciones y profesiones bajo asedio”, afirma, para quienes deseen situarse en el lado correcto de la historia.
Como él mismo reconoce, la historia juzgará a Anthony Scaramucci. En el único capítulo ameno de su libro, este inversor de Wall Street —conocido por su elocuencia— ofrece un relato parcial de los 11 días que pasó en la primera administración de Trump como director de comunicaciones de la Casa Blanca. Al parecer, su caída fue precipitada por colegas envidiosos de sus frecuentes viajes a bordo del Air Force One. Él admite haberse sentido “embriagado por el poder” y concluye que su breve participación en el movimiento MAGA “no deja una buena imagen de mí”.
Sin embargo, Scaramucci —quien a menudo recuerda que pasó de sus humildes orígenes en Long Island a convertirse en una figura celebrada del Foro Económico Mundial de Davos— termina exculpándose a sí mismo y a sus colaboradores. Según él, Trump es el “resultado de malas decisiones tomadas por otros”: concretamente, por quienes permitieron la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1999; por quienes iniciaron la “guerra contra el terrorismo” sin aumentar los impuestos; y por quienes rescataron a los bancos durante la crisis financiera.
Estas tres decisiones catastróficas constituyen la mayor parte de "los pasos en falso” que dan título al libro y que él considera responsables de engendrar un régimen que busca “acabar con la República estadounidense tal como la hemos conocido”. A lo largo de 270 páginas, Scaramucci —quien, a diferencia de Weisberg, conoce de primera mano el círculo íntimo de Trump y analiza con gran acierto sus siniestras motivaciones en otros medios— expone el argumento, ya muy trillado, de que los globalistas que “dejaron de velar por los trabajadores estadounidenses” son los responsables del auge del populismo. Combina todo esto con una reflexión más bien escasa sobre los millones de dólares que ganó gracias al sistema que ahora critica, más allá de admitir que se mostraba “presumido” y “arrogante” en la cúspide de su carrera bancaria.
Scaramucci, convertido tardíamente a una economía semiproteccionista, salpica su repaso de los errores políticos con reflexiones como “la historia no avanza de forma fluida” y “EEUU es un desastre”. El populismo, nos dice, “surge debido a agravios económicos reales y generalizados”, al parecer bajo la creencia de que la gente pagará US$30 por su sabiduría en 2026. Su receta para remediar los males de nuestra época incluye consejos como “utilizar aranceles cuando sean apropiados” y “no utilizarlos cuando no lo sean”.
No obstante, hay dos razones para leer el libro de Scaramucci. La primera es comprender hasta qué punto el neoliberalismo ha quedado totalmente desacreditado, al grado de que un financiero de Manhattan bien relacionado y de ideología mayoritariamente centrista puede permitirse bailar sobre su tumba sin temor alguno. La segunda es que sirve como un contrapunto desolador frente a la rendición de Weisberg ante los anales de la historia.
El hombre que comprendió el peligro que representaba Trump lo suficiente como para dar la voz de alarma en 2016 (Scaramucci le declaró a la BBC que se mudaría a Londres si Trump ganaba), pero que acabó abandonando sus principios una vez que Trump obtuvo el control de su partido, ha logrado ahora rehabilitar su imagen y convertirse en un popular podcaster que critica a Trump. Entretanto, los multimillonarios tecnológicos y las empresas de Silicon Valley que financiaron a Trump ya están contratando a cabilderos demócratas y preparándose para inundar al partido de dinero con la esperanza de obtener el perdón. A juzgar por la trayectoria de Scaramucci, bien podrían conseguirlo, dejando que libros como el de Weisberg se conviertan en un testimonio solitario.
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