En mi adolescencia, cuando Santo Domingo todavía era una ciudad que no sospechaba del todo su lugar en el mundo, hubo una imagen que interrumpía la rutina tropical con una extrañeza luminosa: jóvenes mujeres iraníes caminando por los alrededores de las universidades, envueltas en velo, atravesando el calor caribeño con una serenidad que parecía no pertenecerle al clima.

Para el dominicano de finales de los setenta y principios de los ochenta —poco habituado a la presencia extranjera y mucho menos a la musulmana— aquello no era exotismo. Era desconcierto. Una pregunta suspendida entre el asombro y la cortesía: ¿de dónde vienen? – Venían de una revolución.

La Revolución Islámica de 1979 alteró el curso íntimo de miles de familias iraníes. Bajo el Sha Mohammad Reza Pahlavi, Irán había impulsado un modelo secular y modernizador, pero no sin costos: en nombre del progreso, el régimen estuvo dispuesto a sacrificar derechos humanos y libertades civiles en el altar de su propia ambición monárquica. Con la llegada del ayatolá Khomeini, el péndulo se movió en dirección opuesta, y muchas familias de clase media alta percibieron un horizonte aún más restrictivo para el futuro académico y la autonomía de sus hijas. Optaron entonces por una solución silenciosa: enviarlas lejos.

El plan inicial era Estados Unidos. Pero la Crisis de los Rehenes cerró esa puerta con estrépito diplomático. Las visas se volvieron imposibles. Entonces la geografía se reorganizó por necesidad. Y en ese mapa improbable apareció la República Dominicana.

Santo Domingo fue el Plan B.

Facilidad migratoria, universidades privadas de prestigio regional —la UNPHU, la entonces UCMM— y una reputación consolidada en Medicina y Odontología. De pronto, en los pasillos de “La Docta” se escuchaba farsi mezclado con el español dominicano. El Caribe, sin proclamarlo, se convertía en escala de una diáspora.

Lo que más recuerdo no es la diferencia, sino la concentración.

Mientras muchos de nosotros todavía negociábamos la adultez con cierta ligereza tropical, ellas caminaban con determinación contenida. No estaban allí para descubrirse; estaban allí para reconstruirse. Estudiaban con una disciplina que parecía responder no solo a una vocación, sino a una urgencia histórica.

Algunas llevaban el hiyab con naturalidad firme; otras, el chador que el viento del Malecón intentaba desordenar sin éxito. En esa imagen había algo que imponía respeto: la conciencia de estar sosteniendo un proyecto de vida que dependía de cada examen aprobado.

Para nosotros eran presencia enigmática. Para ellas, Santo Domingo era tránsito.

Con el tiempo, muchas validarían sus títulos en Estados Unidos o Canadá. Hoy, clínicas en Florida y Nueva York llevan apellidos persas que alguna vez figuraron en anuarios dominicanos. En foros de exalumnos todavía aparecen recuerdos de aquellos años en “La Docta”, cuando la anatomía se estudiaba en español y los sueños se pensaban en farsi.

Un grupo más pequeño se quedó. Se casaron con dominicanos. Formaron familias. Sus hijos hoy son profesionales dominicanos con raíces iraníes, prueba silenciosa de que las identidades no se sustituyen: se superponen.

Algunas llevaban el hiyab con naturalidad firme; otras, el chador que el viento del Malecón intentaba desordenar sin éxito. En esa imagen había algo que imponía respeto: la conciencia de estar sosteniendo un proyecto de vida que dependía de cada examen aprobado.

Pero hay algo más profundo que la anécdota académica.

Décadas antes, en los años cuarenta, esta misma isla había recibido a judíos europeos que huían del nazismo. Sosúa permanece como símbolo de aquel gesto improbable: hombres y mujeres perseguidos por la maquinaria del exterminio encontraron aquí un espacio de recomposición. Trajeron oficios, lenguas, cicatrices.

Las jóvenes iraníes llegaron por razones distintas, pero la estructura íntima del acontecimiento era semejante: un país pequeño funcionando como puente cuando otros cerraban fronteras.

No hubo discursos solemnes. No hubo declaraciones históricas. Solo pasillos universitarios, cuadernos de anatomía, exámenes de fisiología y conversaciones en cafeterías donde el Caribe aprendía, sin saberlo, a pronunciar Teherán.

Tal vez esa sea la lección más elegante de aquella época: la hospitalidad no siempre es épica; a veces es simplemente administrativa. Un trámite sencillo, una visa concedida, una matrícula aceptada. Y, sin embargo, esos gestos discretos reconfiguran destinos.

Hoy, cuando la migración suele narrarse desde la sospecha o la aritmética política, recuerdo aquellas figuras envueltas en hiyab o chador bajo el sol dominicano y pienso que la historia no siempre se escribe en los palacios del poder. A veces se escribe en los anuarios universitarios.

Aquellas muchachas de Teherán ampliaron nuestra cartografía interior. Nos enseñaron, sin proponérselo, que el Caribe no es aislamiento, sino cruce. Que la isla no es frontera, sino escala.

Y que incluso en los años en que creíamos vivir en la periferia del mundo, el mundo ya caminaba por nuestras calles.

Ariosto Sosa D´Meza

Economista y cineasta

Resido en Praga, República Checa. Soy egresado de la Universidad Carolina de Praga (Mass Media y Periodismo) y de la Academia Cinematográfica Checa Miroslav Ondříček, con estudios en Economía por la Universidad de Economía de Praga. Ejercí funciones diplomáticas como creador de las relaciones diplomáticas y consulares con la República Checa y la República Eslovaca. Colaboro como freelance con medios checos, entre ellos Radio Praga y la revista Reflex, y en producción documental con canales de televisión checos.

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