Las Instituciones de Educación Superior (IES) suelen concebirse como espacios destinados a preparar profesionales, producir saberes y otorgar títulos. Sin embargo, su misión sería demasiado limitada si culminara con la entrega de un diploma. Estas instituciones tienen también la responsabilidad de propiciar el aprendizaje de la convivencia, el pensamiento autónomo, la participación y el compromiso con el entorno. Desde esta perspectiva, pueden asumirse como auténticos laboratorios de ciudadanía, donde cada experiencia académica contribuye a preparar a las personas no solo para el ejercicio de una profesión, sino también para asumir responsablemente su papel en la vida colectiva.
Esta manera de entender la universidad encuentra un antecedente significativo en el pensamiento de José Núñez de Cáceres, quien fuera rector de la Universidad de Santo Tomás de Aquino, hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Al reflexionar sobre la importancia de la educación para la sociedad, sostuvo: “La instrucción pública es su elemento primario y esencial”. Esta afirmación adquiere especial vigencia en el presente, cuando las instituciones de educación superior están llamadas no solo a formar profesionales, sino también ciudadanos comprometidos con la transformación de su entorno.
Immanuel Kant sostenía que la educación constituye uno de los medios esenciales para que el ser humano alcance su plena condición racional y moral. Bajo esta premisa, educar trasciende la simple transmisión de información: implica desarrollar la capacidad de servirse del propio entendimiento. Un sistema de enseñanza que estimula la autonomía intelectual propicia personas capaces de tomar decisiones, cuestionar argumentos, reconocer sus equivocaciones y resistirse a aceptar pasivamente aquello que se presenta como verdad. La madurez académica, por tanto, no se mide únicamente por lo que se sabe, sino también por la capacidad de pensar con criterio propio.
Esta autonomía conduce inevitablemente al encuentro con las ideas de los demás. John Stuart Mill, defensor de la libertad de pensamiento y expresión, entendía que una sociedad progresa cuando sus integrantes pueden confrontar perspectivas diferentes. El campus debería ser, precisamente, uno de los escenarios privilegiados para ese ejercicio. Allí donde todos piensan de la misma manera existe poco espacio para el aprendizaje genuino. Disentir no debe interpretarse como una agresión; debatir no equivale a descalificar, y defender una convicción supone, asimismo, estar dispuesto a escuchar razones que puedan cuestionarla. Aprender a convivir con la diferencia constituye una de las primeras lecciones de la vida democrática.
Pero la convivencia no puede desvincularse de las condiciones sociales que la atraviesan. Pierre Bourdieu mostró cómo las instituciones educativas pueden reproducir estructuras de desigualdad cuando no existe una mirada crítica sobre las relaciones sociales y culturales que operan en su interior. Su planteamiento supone un desafío ineludible: preguntarnos si la educación superior está ampliando realmente las oportunidades o si, consciente o inconscientemente, continúa reproduciendo determinadas barreras. Una institución comprometida con el bien común debe favorecer la inclusión, la movilidad social, la participación y el acceso democrático a la cultura y al saber.
En esa tarea, las humanidades ocupan un lugar insustituible. Martha Nussbaum ha defendido su importancia para desarrollar el pensamiento crítico, la imaginación y la capacidad de comprender la experiencia de los otros. En una época dominada por la velocidad, los algoritmos y la información instantánea, sería insuficiente preparar especialistas técnicamente competentes que carezcan de sensibilidad ante el sufrimiento, la diversidad cultural o las necesidades de su comunidad. Se requiere una inteligencia capaz de resolver problemas, pero también una conciencia capaz de preguntarse a quiénes benefician esas soluciones y qué consecuencias generan. La excelencia profesional adquiere mayor sentido cuando está acompañada de sensibilidad humana.
De ahí la importancia del arte, la cultura, la extensión y el voluntariado como escenarios de aprendizaje. Estas dimensiones no deberían ocupar un lugar marginal dentro de la experiencia universitaria, pues ofrecen oportunidades concretas para transformar los principios en acciones. Como plantea Bernardo Kliksberg, la universidad tiene una responsabilidad que trasciende la formación profesional y debe contribuir a construir una sociedad más justa, solidaria y comprometida con el bien común. Cuando estudiantes, docentes, servidores administrativos, egresados y jubilados de una institución académica participan en una iniciativa comunitaria, desarrollan un proyecto cultural, acompañan a una población vulnerable o ponen sus competencias al servicio de una causa social, descubren que el saber no constituye una posesión individual, sino una herramienta con capacidad para generar bienestar. En ese encuentro con las necesidades de los demás se comprende que la solidaridad también educa y que servir puede convertirse en una de las expresiones más elevadas del aprendizaje.
Edgar Morin, al analizar los desafíos de la educación contemporánea, ha insistido en la necesidad de aprender a comprender la complejidad. La vida ciudadana responde justamente a esa condición: los problemas colectivos rara vez admiten respuestas simples y las decisiones particulares pueden producir consecuencias que trascienden al individuo. Por ello, el universitario contemporáneo necesita relacionar saberes, interpretar diferentes perspectivas y comprender que la realidad no puede encerrarse en compartimentos aislados. La especialización resulta necesaria, pero debe complementarse con una mirada amplia que permita entender el contexto en el que cada profesión adquiere sentido.
En el contexto dominicano, el pensamiento humanista de Pedro Henríquez Ureña y la visión modernizadora de Julio Ortega Frier constituyen referentes fundamentales. Pedro Henríquez Ureña concibió la educación y la cultura como vías de elevación humana, mientras que Julio Ortega Frier contribuyó a proyectar la universidad como espacio de formación, pensamiento y desarrollo social. Sus legados convergen en una idea esencial: formar profesionales capaces de ejercer su disciplina con conciencia, responsabilidad y compromiso con la transformación del país.
Por ello, evaluar una institución de educación superior únicamente por la cantidad de egresados, títulos otorgados o investigaciones publicadas resulta insuficiente. También debemos preguntarnos qué tipo de personas entrega a la sociedad. Si sus egresados están preparados para competir, pero no para cooperar; para reclamar derechos, pero no para cumplir deberes; para ejercer una profesión, pero no para comprometerse con su comunidad, entonces algo esencial ha quedado pendiente. La auténtica calidad educativa se revela cuando las competencias profesionales se encuentran con la ética, la responsabilidad y la sensibilidad social.
La universidad como laboratorio de ciudadanía no es, entonces, una metáfora decorativa, sino un compromiso institucional y humano. Cada aula, debate, investigación, manifestación artística, proyecto de extensión o experiencia de voluntariado puede convertirse en un ensayo de la sociedad que aspiramos a construir. Allí se aprende que participar implica responsabilidad, que la libertad necesita límites éticos y que la convivencia exige reconocer la dignidad de quien piensa diferente.
La universidad no debe limitarse a preparar ciudadanos para vivir en democracia; debe ofrecerles las herramientas intelectuales, éticas y humanas para construirla cotidianamente, desde valores como la integridad, el respeto, la solidaridad, la justicia, la responsabilidad, la empatía, la tolerancia y el compromiso con el bienestar común. Porque cuando el saber se transforma en conciencia, la conciencia en participación, la participación en servicio y el conocimiento en responsabilidad social, el título universitario deja de representar únicamente una conquista personal y adquiere una dimensión mayor: el compromiso de poner lo aprendido al servicio de los demás, de la sociedad y del futuro colectivo.
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