Durante el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping, el mandatario chino mencionó la llamada "trampa de Tucídides". No se trató de una simple metáfora erudita destinada a impresionar a los periodistas, sino de la evocación de una de las teorías más influyentes y perturbadoras de la geopolítica contemporánea: la idea de que, cuando una potencia emergente desafía a una potencia establecida, la guerra se convierte no en una fatalidad absoluta, sino en una posibilidad estructural extraordinariamente alta.
El concepto proviene del historiador ateniense Tucídides, quien, al analizar la Guerra del Peloponeso, escribió que "fue el ascenso de Atenas y el temor que esto provocó en Esparta lo que hizo la guerra inevitable". Más de dos milenios después, el politólogo Graham Allison popularizó esta tesis en su libro Destined for War, en el que examinó dieciséis casos históricos de rivalidad entre potencias ascendentes y dominantes. En doce de ellos, el desenlace fue la guerra.
La importancia de esta referencia en el contexto de las relaciones entre Estados Unidos y China no puede subestimarse. Por primera vez desde el final de la Guerra Fría, Washington se enfrenta a un competidor capaz de disputar simultáneamente su supremacía económica, tecnológica, industrial y militar.
Durante décadas, Occidente asumió que la integración de China en el mercado global conduciría inevitablemente a su liberalización política. El ingreso del país en la Organización Mundial del Comercio en 2001 fue celebrado como el preludio de una convergencia con el modelo occidental. Esa expectativa resultó errónea.
Bajo el liderazgo de Xi Jinping, China consolidó un sistema que combina capitalismo de Estado, autoritarismo político y ambición estratégica. Iniciativas como la Belt and Road Initiative, el programa Made in China 2025 y la modernización acelerada del People’s Liberation Army reflejan una aspiración inequívoca: reducir la primacía estadounidense y reconfigurar el equilibrio global.
Desde la perspectiva de Washington, el ascenso chino no constituye únicamente un fenómeno económico. Representa un desafío sistémico a la arquitectura internacional construida por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
La presidencia de Donald Trump marcó un punto de inflexión. A diferencia de administraciones anteriores, que apostaron por la cooperación y el llamado "compromiso constructivo", Trump identificó a China como un rival estratégico y adoptó una política de confrontación abierta.
La guerra comercial iniciada en 2018, las restricciones impuestas a Huawei Technologies y ZTE Corporation, así como el endurecimiento del discurso sobre el mar de China Meridional y el estrecho de Taiwán, evidenciaron el abandono de la ilusión de que China se convertiría en un "socio responsable".
En este contexto, la mención de Xi Jinping a la "trampa de Tucídides" durante sus encuentros con Trump adquirió un significado particularmente revelador. Por un lado, reconocía que ambos líderes se encontraban inmersos en una rivalidad histórica de alcance global. Por otro, sugería que la conciencia explícita del riesgo podía constituir, paradójicamente, el primer paso para evitar un desenlace bélico.
La trampa de Tucídides no es una ley inexorable. Es una advertencia estructural. Las guerras entre grandes potencias no estallan únicamente por decisiones irracionales, sino por el efecto acumulativo del miedo, la desconfianza y los errores de cálculo.
En la actualidad, los focos de fricción son evidentes: Taiwán, el mar del Sur de China, la competencia por semiconductores, la inteligencia artificial, las cadenas de suministro y la influencia en el Sur Global. La rivalidad ya no se limita al ámbito militar; se libra también en laboratorios, puertos, redes digitales y mercados financieros.
La situación recuerda a una partida de ajedrez en la que ambos jugadores poseen armas nucleares y una profunda interdependencia económica. Esta combinación reduce los incentivos para una guerra total, pero aumenta el riesgo de escaladas parciales y conflictos indirectos.
Tucídides subrayó que la causa última del conflicto fue el temor de Esparta. Ese elemento psicológico sigue siendo central. Estados Unidos percibe que su liderazgo histórico se erosiona; China considera que ha llegado el momento de restaurar la centralidad que, en su narrativa nacional, le corresponde.
Para Washington, ceder terreno equivale a aceptar el declive. Para Pekín, renunciar a su ascenso sería una humillación incompatible con el "rejuvenecimiento nacional" promovido por Xi Jinping. Cuando dos proyectos históricos se consideran irrenunciables, el compromiso se vuelve más difícil.
En otro ámbito, Taiwán constituye el punto más peligroso de la rivalidad sinoestadounidense. Para China, la reunificación es una cuestión de legitimidad y soberanía. Para Estados Unidos, la defensa de Taiwán representa una prueba de credibilidad estratégica en Asia.
Un error de cálculo en el estrecho podría desencadenar una confrontación de alcance global. Por ello, Taiwán es hoy lo que Sarajevo fue en 1914: un espacio periférico en apariencia, pero potencialmente decisivo para el sistema internacional.
La historia demuestra que la guerra no es inevitable, aunque sí posible. El desafío consiste en construir mecanismos de disuasión, comunicación y coexistencia competitiva que permitan administrar la transición del poder global sin una catástrofe.
La referencia de Xi Jinping a la trampa de Tucídides fue, en esencia, un reconocimiento de que ambos líderes estaban sentados sobre una falla tectónica de la historia. En esa mesa no dialogaban únicamente dos presidentes; se enfrentaban dos visiones del orden mundial.
El siglo XXI dependerá de si Washington y Pekín logran aceptar que la competencia puede coexistir con la prudencia. Si fracasan, Tucídides dejará de ser una lección académica para convertirse, una vez más, en una crónica del presente.
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