A mis amigos, hoy y/o pasados creyentes: no olviden la duda.

En sociedades que se enorgullecen un poco de aceptar casi todas las diferencias, todavía hay una diferencia que incomoda más de lo que se reconoce: la del ateo. Se tolera su existencia, pero con frecuencia no se le concede una plena legitimidad moral. Se le mira como alguien de Saturno, a quien le falta algo: fe, profundidad, consuelo, fundamento. Como si no creer en Dios fuera ya una carencia ética. Así como es natural el machismo, está naturalizado el teísmo, aunque sea de mala clase ética, y eso también es una complejidad atractiva que hay que estudiar.

Fui atea desde los diecinueve años. Hoy tengo ochenta y no me da miedo decirlo (tengo una vitalidad de 19). Hasta un poco más allá de la adolescencia fui una devota religiosa formada en un colegio católico. No he militado nunca, ni me interesa militar, ni en el ateísmo ni en ninguna forma de fervor colectivo. Pero sí me interesa el respeto a las diferencias y la honestidad intelectual. Y desde esa experiencia debo decir algo incómodo: muchas personas aceptan casi todas las diversidades, pero siguen siendo reacias a aceptar de verdad a un ateo.

Esa resistencia nace de una vieja idea, repetida casi como dogma social: que sin Dios no hay moral. Pero la experiencia humana contradice esa simplificación. Hay creyentes admirables y ateos admirables. Conozco creyentes mezquinos y ateos mezquinos. La religión no garantiza bondad, del mismo modo que la ausencia de religión no produce automáticamente maldad. Lo que sí garantiza muchas veces ser religioso o espiritual es una apariencia socialmente de respetabilidad, no importa que la vida privada de la persona pública sea una cloaca, por ejemplo, de doble moral machista. Y ahí empieza el problema.

En este punto conviene recordar una exigencia filosófica elemental y que siempre cacareo, formulada por Friedrich Nietzsche: una filosofía no se evalúa solo por lo que afirma en abstracto, sino por el tipo de moral al que conduce. La pregunta decisiva no es si una doctrina invoca a Dios o lo niega, sino qué forma de vida produce. ¿Forma individuos más honestos, más responsables, más sensatos y maduros? ¿O, por el contrario, favorece la complacencia, la obediencia acrítica o la doble moral? Planteada así, la cuestión deja de ser religiosa o irreligiosa y se vuelve ética en sentido fuerte.

Porque no pocos creyentes, aunque por supuesto no todos, descansan en lo que Sartre llamó mala fe, otra categoría que cacareo hasta la saciedad y que seguiré mencionando simplemente porque, cual conducta ontológicamente instalada, la mala fe es transversal a todas las conductas. Las personas de mala fe dicen una cosa en público y viven otra en privado. Hablan del amor al prójimo, pero cultivan el rencor, la ausencia de generosidad. Predican humildad, pero compiten ferozmente. Invocan el perdón, pero viven poseídos por la envidia. Y muchos de ellos poseen un mecanismo inconsciente (¿o reprimido?) que los arropa, obnubilando su darse cuenta, conducta muy similar a lo que la articulista apellidada Dore nos enseña en Acento, en su interesante trabajo del 22 de abril de 2026. («Cuando el yo que construimos deja de alcanzarnos». Patricia Dore Castillo.) Y, sin embargo, hay en ciertos ambientes religiosos o no, una forma de orgullo moral apenas disimulado: la satisfacción de sentirse del lado correcto, de considerarse salvados, de hablar desde una supuesta superioridad espiritual. No me refiero a la fe vivida con autenticidad, que merece todo respeto, sino a esa religiosidad que convierte la creencia en un capital simbólico y la bondad en espectáculo.

Eso no invalida la fe auténtica. Invalida otra cosa: la teatralidad de la fe. Confieso de nuevo que detesto la diplomacia, y las demostraciones públicas de religiosidad y también cierta moda contemporánea de espiritualidad exhibida. No me atraen los ritos, ni religiosos ni laicos. Tampoco me conmueve —y lo tolero; en ciertos momentos me enternece y en ciertas personas— ese uso casi automático de fórmulas que se han vuelto diplomáticas, como «bendiciones» para todo el mundo. Demasiadas veces siento allí menos profundidad que costumbre, más convención que verdad, menos sinceridad que moda. Prefiero, hasta ahora, cartesiana como soy, una fe pensada a una fe representada.

Y, sin embargo, la vida tiene ironías que no caben en los estereotipos. Después de haber sido atea durante gran parte de mi existencia, en los últimos años me he acercado a Dios por el camino de la espiritualidad y, en alguna medida, también por el de la reflexión racional (prefiero la física cuántica a las barajitas u otras simplezas, perdón). No hablo de una conversión sentimental ni de una sumisión a lo irracional. Hablo de búsqueda. Hoy amo poder intentar creer en Dios de manera racional. Lo que no acepto es creer ciegamente. Tampoco quiero el Dios que sirve de coartada para la hipocresía, la mala fe o la superioridad moral. Y me cuido de no caer en un tipo de fe intolerante con los ritos cualesquiera aprendidos de forma inocente o impuesta, por las almas sencillas o simples de las que hablaba Gramsci.

Hasta los diecinueve años creí en Dios sin cuestionamientos. Luego tuve una ruptura fuerte, una experiencia de desfondamiento —y pensar que en la Complutense mi profesor repudió la teoría del desfondamiento de mi profesor cristiano, sencillo— que solo puedo describir, filosóficamente, como algo cercano a Roquentin: el mundo perdiendo de pronto su falsa necesidad, la contingencia apareciendo sin consuelo. Y lo experimenté precisamente en una iglesia. Mucho después he vivido experiencias fenomenológicas espirituales que no me autorizan a predicar ni dogmatizar nada, pero sí a seguir buscando. No necesito esconder esa trayectoria. Sería más fácil pertenecer con claridad a un solo campo. Pero la verdad, cuando se busca seriamente, rara vez coincide con la comodidad. Y hoy no me siento teóricamente cómoda.

Por eso me molestan dos simplificaciones contrarias: la del creyente que mira al ateo como ser moralmente disminuido y la del incrédulo que desprecia toda búsqueda espiritual como ingenuidad. Entre la superstición y el cinismo hay un espacio más digno, pero difícil: el de la inteligencia crítica, la lucidez y la apertura.

Aquí resulta decisiva la reflexión de Simone de Beauvoir en Por una moral de la ambigüedad. Ser ateo no significa que «todo vale». Al contrario, significa asumir sin excusas la responsabilidad de dar sentido a la propia existencia. Para Beauvoir, la ausencia de un fundamento divino no elimina la moral, sino que la vuelve más exigente: ya no podemos refugiarnos en mandatos absolutos, debemos responder por nuestros actos en un mundo ambiguo, donde cada elección compromete no solo nuestra vida, sino la de los otros. La libertad no es licencia; es carga y responsabilidad.

En este punto, Sartre —Simone ni se diga, de eso hablaremos después— sigue siendo para mí un filósofo injustamente discriminado. Mucha gente lo rechaza antes de leerlo, solo porque fue ateo. Se repiten sobre él los viejos clichés: filósofo de la desesperación, del absurdo, del vacío, de la destrucción. Pero quien lo lea con menos prejuicio encontrará algo más duro y más fecundo: una ética de la responsabilidad, una crítica implacable de la mala fe y una exigencia de autenticidad que muchos creyentes deberían tomar en serio.

Por eso sostengo una hipótesis que algunos encuentran extraña: Sartre puede dialogar con los cristianos. No digo que deba ser domesticado, ni bautizado retrospectivamente, ni convertido en autor piadoso. Digo algo más exigente: que un filósofo ateo puede interpelar fecundamente a un creyente serio y de muestra histórica tenemos a la teología de la liberación. Puede hacerlo desde sus universales: la libertad, la responsabilidad, la autenticidad, la lucha contra la mala fe, la atención al otro, la crítica de toda impostura moral. Un intelectual no necesita ser ateo para estudiar, admirar o difundir a un filósofo ateo. Del mismo modo que tampoco necesita ser marxista para leer a Marx ni psicoanalista para estudiar a Freud. El pensamiento pertenece a la humanidad, no a las capillas.

Lo verdaderamente maduro no es imponer uniformidad espiritual, sino aceptar que la dignidad humana no depende de repetir los mismos símbolos. Un ateo recto merece más respeto que un devoto hipócrita. Y un creyente humilde merece más respeto que cualquier ateo soberbio. La línea decisiva pasa, en primer término, entre ser personas honestas o de mala fe. En un plano otro situemos la fe e incredulidad.

Tal vez esa sea hoy mi convicción más firme. Busco a Dios, sí, pero no quiero el Dios de la hipocresía, ni del ritual vacío, ni de la superioridad moral. Y tampoco acepto que el ateo siga siendo tratado como sospechoso. Esa desconfianza social no es una muestra de fe. Es, más bien, una forma de discriminación. Y también una forma bastante común de mala fe.