Cuando era adolescente tenía una obsesión: quería saber con quién me iba a casar. Visitaba a mujeres que leían las cartas, el café y cuanto método pudiera adelantarme un poquito el futuro. Casi todas coincidían: me casaría con un hombre muy maduro e iría a vivir fuera.
Yo interpreté aquello como París, Roma, Madrid o Nueva York. En mi cabeza me veía caminando por la Rue du Faubourg Saint-Honoré, el Upper East Side, Salamanca o la Via Condotti. Una vida internacional, sofisticada y fabulosa.
En 1998 me case, mi novio de la Universidad, con quien hoy formo una bella familia. Pasamos la luna de miel en Italia y coincidimos con el Festival de Cine de Venecia. Venía de Roma, Florencia, Venecia, del glamur y las estrellas de cine cuando regresé a República Dominicana para instalarme con mi esposo en San Pedro de Macorís. Al cruzar el peaje recordé la predicción: «¡Dios del proverbio divino! Era fuera de la ciudad, no fuera del país». Ahí comprendí que a los videntes hay que hacerles preguntas específicas.
Nuestro primer apartamento era pequeño, con muebles prestados y regalos de boda por todas partes. Estábamos felices. En el piso de arriba vivían otros recién casados: Francesca y Matteo. Ella había llegado de Italia y solo hablaba italiano; yo no hablaba su idioma. Nos entendíamos a señas, exagerando como buena dominicana, y pronto nos hicimos amigas.
Habíamos regresado de la luna de miel el 20 de septiembre. A los pocos días empezó a correr la noticia de que venía un huracán. Francesca quería ir a la playa; yo trataba de explicarle que debíamos preparar la casa. Matteo apareció con madera y herramientas. Mi esposo, ingeniero industrial, ideó su propio plan de contingencia: desconectar el Telecable y abrir una ventana adelante y otra atrás para que circulara el aire. Ese era el plan de mi ingeniero.
Por insistencia de mi suegra nos fuimos a Santo Domingo, ante la incertidumbre en las noticias. El huracán Georges llegó y, cuando regresamos a San Pedro, encontramos un panorama desolador: sin luz ni teléfono, viviendas destruidas, árboles y escombros en las calles. Los vecinos ayudaban a limpiar y a poner el pueblo de pie.
Entonces llegó la noche del 3 de octubre. Cerca de las diez, un vecino al que llamaré El Chulo comenzó a lanzarnos piedras a la ventana y a gritar desde abajo:
—¡Levántense! ¡Salgan! ¡Viene un maremoto!
Mi ingeniero me despertó de golpe. Yo hice lo que cualquier persona racional haría: me puse unos jeans y unas chancletas, intenté peinarme y hasta combinar el vestuario. Mi ingeniero andaba como chivo loco. Antes de salir agarré una imagen de la Virgen que estaba cerca de la puerta. No sabía qué se necesitaba para sobrevivir a un maremoto, pero entendí que la Virgen podía ayudar.
Mientras bajábamos, desde arriba gritaban que el agua ya les llegaba a los pies. Apuré el paso y agarré de la mano a mi esposo. El parqueo estaba seco, pero a esas alturas nadie verificaba datos.
Francesca salió al balcón en su baby doll: «Che succede, Elsa?». Le grité que bajara, que venía un maremoto, pero que primero se pusiera ropa. No sé cómo me entendió. Ella y Matteo terminaron encajados en la media cabina de nuestra camioneta, como dos sardinas en lata.
Francesca lloraba. Le reclamaba a su marido que se había casado para venir al Caribe a vivir tranquila; primero un huracán y ahora un maremoto. Exigía un boleto en primera clase de regreso a Italia. No llevaba ni un mes en el país y ya había renunciado al Caribe.
Mi ingeniero decidió pasar por casa de un conocido. Lo encontramos sacando ropa y zapatos hacia su vehículo mientras su familia dormía. Luego fuimos hacia el puerto, buscando información. Un marino, en vez de explicarnos qué ocurría, saltó a la cama de la camioneta y golpeó el techo: «¡Vámonos, vámonos!». Yo pensé que había visto entrar el mar. Después descubrimos que él tampoco había visto nada.
En la estampida acabamos sobre el puente de San Pedro. Entonces hice una pregunta a mi esposo que debí formular mucho antes:
—¿Qué es exactamente un maremoto?
Como buen ingeniero, empezó a explicarme movimientos tectónicos y desplazamientos del mar. Lo interrumpí:
—Pero estamos parados sobre un puente, encima de un río. Si viene un maremoto, ¿no somos los primeros que nos vamos?
Por primera vez en toda la noche, algo tuvo sentido.
Descartamos la carretera hacia Santo Domingo porque bordeaba el mar y tomamos la ruta por el Ingenio Consuelo rumbo a Hato Mayor. Todo estaba oscuro; la vía seguía llena de ramas y troncos que había dejado Georges. En el camino apareció una vaca.
—En Italia, cuando los animales salen a la calle, es porque algo va a pasar —sentenció Matteo.
—Aquí los animales siempre están en la calle. Esa vaca no sabe nada —le respondí.
Finalmente conseguimos señal en uno de aquellos celulares StarTAC y llamé a mis padres. Mi papá se echó a reír cuando le dije que huíamos de un maremoto. Pidió hablar con mi esposo:
—Tú eres ingeniero industrial, tienes una maestría. ¿Qué tú haces huyendo de un maremoto?
—¡Don José, el pueblo entero salió corriendo! —se defendió.
Llegamos a Hato Mayor y vimos unos multifamiliares con el parqueo lleno de carros y personas. Me bajé tan rápido por la ventana de la camioneta que caí en una cuneta llena de agua sucia acumulada tras el huracán. Dos hombres tuvieron que sacarme por los brazos. Empapada de lodo, les expliqué de dónde veníamos. Uno respondió:
—¡Macorís se fue entero!
Me arrodillé y Mirando a todos en la camioneta les grité: «¡Nos salvamos! ¡Macorís se fue entero! ¡Gracias, Tatica!». En ese instante, inexplicablemente, aquello me pareció una buena noticia.
Pero empecé a mirar alrededor. Había niños con inflables puestos, gente jugando dominó, una señora cocinaba locrio y otros compartían empanadas, buñuelos, mabí, cerveza y ron. Más que una evacuación, parecía una kermés iluminada con lámparas de queroseno y velones. Mi Ingeniero preguntó cuál era el plan de contingencia. Un hombre respondió:
—Aquí vive el jefe de la Policía. Cuando se despierte, vamos a ver qué hace y le caemos atrás.
Ahí decidió regresar. En la carretera nos cruzamos con un estudiante de medicina que venía de San Pedro. Había salido después que nosotros y aseguraba que todo estaba tranquilo.
—No pasó nada. Volvamos.
Volvimos exhaustos, los italianos doblados en su media cabina y yo abrazada a la Virgen. Cruzamos otra vez el puente: el río estaba en calma. El pueblo, oscuro y silencioso. Al llegar encontramos a El Chulo, el vecino que había dado la alarma, acostado en un colchón. Nos contó que había ido a casa de su mamá, donde prepararon café y locrio y jugaron dominó.
—¿Y ustedes? —preguntó.
—Llegamos a Hato Mayor —contestamos de manera unisonó
Le dimos material para que empezara el relajo.
Serían las cuatro o cinco de la mañana cuando al fin nos acostamos. Apenas empezaba a dormirme, cantó un gallo. Mi esposo se quedó escuchándolo junto a la ventana y dijo, preocupado:
—Ese gallo está demasiado intranquilo. Vámonos de San Pedro porque algo va a pasar.
Lo miré. Había llegado a mi límite.
—Estoy agotada y trasnochada. Vete tú. Prefiero quedarme viuda, pero a mí de esta cama nadie me saca.
Esa tarde viajé a Santo Domingo porque mi mamá seguía intranquila. Encendí la radio y descubrí que un programa estaba dedicado precisamente a la escapada del maremoto. Comprendí que aquella locura no nos había ocurrido solamente a nosotros: el rumor había despertado familias y puesto pueblos a correr sin que nadie supiera de dónde había salido, el rumor.
Así fue como yo, recién casada y convencida de que las cartas anunciaban una vida entre París, Roma o Nueva York, terminé embarrada de agua de cuneta en Hato Mayor, huyendo de un maremoto que nunca llegó.
La vidente tenía razón. Yo iba a vivir fuera. Simplemente nunca especificó fuera de dónde.
Nota de la autora: Algunos nombres y detalles identificativos de terceros han sido modificados para preservar su privacidad.
Elsa Turull de Alma (@produxer_life) es productora de cine y creadora audiovisual dominicana. Actualmente prepara el documental 1998: El rumor, previsto para 2027, y desarrolla una versión cinematográfica de esta historia bajo el título “La rubia y el maremoto”.
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