En principio, el avión estaba supuesto a aterrizar en San Juan de la Maguana, pero Juan de Dios Ventura Simó lo desaconsejó. Ventura Simó viajaba como asesor, como ingeniero de vuelo por haber sido piloto de la Aviación Militar Dominicana (AMD) hasta el momento de su deserción dos meses atrás y por su mayor experiencia. Conocía los aeropuertos del país y, a su juicio, la pista de San Juan era demasiado corta y el avión llevaba mucho peso y muchos explosivos, lo que obligaba a un difícil y peligroso aterrizaje, con el riesgo de que la nave sufriera averías que le impidieran regresar a Cuba, como estaba previsto.
Fue un cambio de planes probablemente favorable a pesar de que Constanza, por ser un aeropuerto de montaña, estaba fuertemente custodiado. Había mercenarios de la Legión Extranjera y había una numerosa presencia militar, pero el lugar se prestaba quizás mejor que ninguno para un desembarco guerrillero.
Constanza, muy pronto, estaría a la vista. Varias veces se oyó cantar el Himno Nacional. Lo cantaban con emoción, con verdadero sentimiento.
El momento había llegado. Después de tanto fatigar durante tantos meses de duro entrenamiento en el campamento de Mil Cumbres, el momento decisivo había llegado. La expectación crecía en la medida en que el avión se acercaba a la pista y en el momento en que aterrizó los nervios se tensaron. Quizás al mismo tiempo empezaría la balacera.
Al final de la pista, mientras los pilotos del avión se preparaban para maniobrar y levantar el vuelo de regreso, los hombres empezaron a desembarcar rápidamente usando un tablón por el cual se deslizaban como por un tobogán, pero el tobogán no duró mucho. A causa de la vibración, el fuerte viento que tiraban las hélices, la prisa y los nervios y un probable descuido, el tobogán cayó al suelo y nadie se ocupó de recuperarlo. Los demás (incluyendo al ingeniero de vuelo, que no tenía entrenamiento y debía volver a Cuba), se tirarían o se descolgarían del avión desde una altura considerable.
En algún lugar se dividieron en dos grupos, aunque quizás sin proponérselo. Quizás, como afirma Emilio Cordero Michel: «se dividieron, inconscientemente, en dos grupos: uno con 34 expedicionarios al mando del comandante Enrique Jiménez Moya; otro de 20, comandado por Delio Gómez Ochoa. El primero tomó el rumbo hacia El Río y Tireo, al norte, zonas muy pobladas y con vías de comunicación, mientras el segundo buscó la zona de Los Botados, hacia el sureste, donde la densidad de población era bajísima y muy escasas las fuentes de suministros alimenticios. Los integrantes de ambos grupos jamás volvieron a encontrarse, a menos que fuera siendo prisioneros en San Isidro o en las cámaras de tortura de La 40 y El 9». (1)
Ramfis Trujillo (que detentaba en ese momento el muy pomposo cargo de Jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Aire, Mar y Tierra), tomó desde el primer momento el mando de las operaciones de aire, mar y tierra.
Dice Emilio Cordero Michel que tanto Ramfis como sus envanecidos oficiales creían poder liquidar a los expedicionarios en menos de veinticuatro horas. Contra ellos se lanzó, con tal propósito, una manada de unos tres mil soldados. Creían firmemente que «la limpieza y exterminio final los harían sus compañías de fusileros, las tropas regulares del Ejército, la Legión Extranjera Anticomunista y los llamados “Cocuyos de la Cordillera”». (2)
A la infantería se sumaría la aviación.
Lo que se desató en esas lomas, apenas un día después del desembarco guerrillero, fue un pandemonio, un verdadero pandemonio, un bombardeo indiscriminado que acabó con las vidas de numerosos campesinos. De los mismos campesinos que hostigaban y perseguían espontáneamente a los guerrilleros.
Dice Emilio Cordero Michel que se utilizó hasta napalm y se utilizó desde luego toda la infernal parafernalia de que disponía el régimen de la bestia. Las aterradoras escuadrillas de bombarderos y caza iban y venían todo el día esparciendo bombas explosivas e incendiarias sobre todas aquellas montañas donde se suponía que pudieran estar los insurrectos.
Los continuos bombardeos, sin embargo, no provocaron bajas entre los guerrilleros, pero el efecto sicológico fue terrible.
«Quizás —como dice Emilio Cordero Michel—el efecto más importante de esos brutales y permanentes bombardeos y ametrallamientos aéreos fue que el grupo de Jiménez Moya comenzó a dividirse y a perder volumen de fuego. De este grupo, se escindió uno comandado por el capitán cubano Ramón López (Nene), que marchó en forma paralela hacia el norte, y luego de su muerte, algunos de sus integrantes llegaron hasta El Corocito, cerca de Jarabacoa. El día 16, después del combate de La Guamita, Jimenes Moya sufrió otra división: José A. Batista (Chefito) se desprendió con 9 más hacia el Noreste, hacia Los Chicharrones. Al día siguiente, el 17, Rafael Tomás Perelló cayó prisionero al descomponérsele el fusil FAL». (3)
Las cosas comenzaban ahora a ir de mal en peor. Entre el acoso de los guardias, los campesinos, los bombardeos y el hambre, los grupos empezaron a descomponerse en fracciones cada vez más pequeñas y aisladas. En realidad nunca tuvieron la menor oportunidad de formar un frente guerrillero.
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:
(1)Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p.114
(2) Ibid.
(3) Op. cit., p. 116.
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