Cuando hablamos de la refundación de las izquierdas dominicanas, debemos preguntarnos qué significa realmente refundar. ¿Se trata simplemente de unir organizaciones? ¿De elaborar nuevos documentos políticos? ¿De redefinir principios ideológicos? Todo eso puede ser importante, pero no es suficiente.
La cuestión fundamental es cómo convertir a la izquierda en una fuerza política capaz de influir realmente en el rumbo del país y disputar espacios de poder. La historia nos demuestra que las organizaciones de izquierda han tenido una presencia significativa en las luchas populares, pero no se ha traducido en una acumulación equivalente de fuerza electoral y representación política.
Desde 1978, el principal escenario de lucha política pasó a ser el terreno electoral. A partir de entonces, las grandes decisiones, cómo se aplican las políticas y cómo se distribuye el poder se definen fundamentalmente a través de las elecciones.
Desde hace casi cincuenta años, el acceso al poder político depende de la capacidad de participar con éxito en los procesos electorales. Las cuotas de poder se obtienen mediante la participación en aquellos, generando capacidad de movilización y propuestas capaces de conectar con las necesidades de la población.
Durante este mismo período, las izquierdas han mantenido una presencia importante en múltiples luchas sindicales, estudiantiles, comunitarias, ambientales, por los derechos democráticos y por las reivindicaciones populares en sentido general.
Pero aquí encontramos una contradicción fundamental.
La izquierda suele estar presente cuando el pueblo lucha, pero no logra convertir esa presencia en victorias políticas duraderas. Existe una brecha entre la lucha social y la representación política, entre la capacidad de movilización y la capacidad de conquistar espacios institucionales.
Y precisamente ahí se encuentra uno de los principales problemas estratégicos que debe resolver cualquier proyecto de refundación.
Las experiencias de unificación desarrolladas en distintos momentos, como las impulsadas por el PTD, el Bloque Socialista o el Movimiento por el Socialismo, muestran una lección importante. La unidad ideológica es necesaria, pero por sí sola no garantiza crecimiento político. Se puede tener coherencia doctrinal y, sin embargo, permanecer marginal si no logra construir fuerza social organizada y expresión electoral.
La política no es solo una lucha ideológica. También se desarrolla en la disputa concreta por la representación y por el poder.
El caso de Colombia es paradigmático. A partir de la asunción de un gobierno de izquierda es que la izquierda colombiana ha podido unificar a varias de sus organizaciones y constituir el Pacto Histórico como una sola organización.
Por eso, en nuestro caso, refundar la izquierda no puede significar únicamente reorganizar estructuras o discutir programas. Debe significar construir una estrategia que permita convertir el arraigo social en fuerza electoral.
La pregunta ya no es únicamente cómo acompañar las luchas populares, sino también cómo lograr que esas luchas generen representación política, concejales, regidores, vocales, diputados, alcaldes y otras posiciones desde las cuales sea posible impulsar transformaciones concretas.
La acumulación política debe expresarse también como acumulación electoral.
Esto exige varios cambios.
Primero, conectar las reivindicaciones sociales con propuestas concretas para la vida cotidiana de la población. La gente no vota por principios generales; vota por soluciones a problemas reales.
Segundo, construir una presencia territorial permanente. Es necesario desarrollar vínculos estables con las comunidades y los sectores populares.
Tercero, formar liderazgos y candidaturas con capacidad de representar esas demandas y generar confianza en amplios sectores de la población.
Cuarto, crear estructuras capaces de orientar, dirigir y animar la participación electoral de quienes están dispersos. La militancia testimonial no es la que necesitamos. Necesitamos una militancia que construya, que produzca resultados; en fin, necesitamos una praxis militante (teórica y práctica), no una militancia teórica que se cocina en su propia salsa, o una militancia solo práctica que no sepa hacia dónde va.
Y quinto, comprender que la conquista de poder suele ser un proceso gradual, empezando con pequeñas cuotas de representación, pero debe orientarse hacia un crecimiento sostenido.
Estamos en un momento de resistencia y acumulación y, en este caso, la línea debe ser avanzar resistiendo, pero no se avanza con discursos y buenas intenciones, sino con la asunción y realización de tareas concretas y reales.
De cara al 2028, los grandes partidos ya se preparan para los procesos de selección de candidaturas y para la próxima competencia electoral. Las izquierdas deben decidir cuál será su papel en esta nueva etapa.
Para las izquierdas organizadas y reconocidas electoralmente, el desafío es mayor porque, de cara al 2028, estamos compelidos a sujetarnos a plazos fatales:
- Primer domingo del mes de julio de 2027: inicio de la precampaña para los precandidatos/as.
- 3 de octubre de 2027: fecha límite para la celebración de primarias internas por parte de los partidos políticos.
- 31 de octubre de 2027: fecha límite para que las organizaciones políticas realicen convenciones, asambleas o encuestas para elegir a sus candidatos.
Colocarnos de cara al proceso electoral del 2028 implica identificación de candidaturas, búsqueda de delegados/as para los colegios electorales, búsqueda de recursos, definir estrategia electoral, discurso, desplegar actividades en los territorios, etc., etc.
La cuestión estratégica es sencilla: ¿seguir siendo únicamente una fuerza de resistencia y denuncia o convertirse también en una fuerza capaz de disputar gobierno y poder?
La historia demuestra que las transformaciones profundas requieren movilización social y organización popular. Pero que, en las condiciones actuales de la República Dominicana, ninguna fuerza puede aspirar a influir decisivamente en el rumbo nacional si permanece al margen de la disputa electoral.
Por eso, la refundación de las izquierdas dominicanas pasa por superar la separación histórica entre lucha social y victoria política, por convertir la influencia social acumulada en representación institucional y capacidad efectiva de decisión.
En definitiva, el desafío de hoy es el de construir estructuras y relaciones políticas que nos conviertan, a los ojos de la gente, en reales mediadores para que se puedan alcanzar sus demandas más sentidas, pero hoy, no mañana. El desafío es construir una izquierda capaz de luchar, representar, gobernar y transformar.
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