Hablar de paz mundial es hablar de un viejo sueño de la humanidad. Desde Kant, con su célebre Proyecto de paz perpetua en 1795, hasta la creación de la ONU en 1945 o el Premio Nobel de la Paz, como estímulo al esfuerzo individual y colectivo contra la barbarie, todo indica que el hombre ha querido domar la guerra. Pero la realidad nos recuerda, cada día, que ese ideal tropieza con un mundo donde los conflictos siguen siendo parte estructural del sistema internacional.
Ucrania y Rusia, Gaza e Israel, Palestina, Sudán o el Sahel son hoy escenarios donde se libra la gran disputa entre poder y derecho, entre hegemonía y multipolaridad. La pregunta es inevitable: ¿es posible la paz mundial o debemos resignarnos a una administración racional del conflicto?
Ucrania: el corazón de la geopolítica actual
La invasión rusa de Ucrania en 2022 marcó un punto de inflexión. Para Moscú, se trata de reafirmar su esfera de influencia frente a la OTAN. Para Estados Unidos y Europa, de proteger la soberanía ucraniana y defender un orden internacional basado en reglas. Kissinger advirtió en su libro Liderazgo que el riesgo mayor no es la derrota de uno u otro, sino la cristalización de un equilibrio inestable, donde nadie gana de forma decisiva y todos pierden en desgaste.
La paz negociada dependería de tres variables: la disposición de Rusia a aceptar límites, la capacidad de Ucrania de resistir indefinidamente y el compromiso de Occidente de sostener su apoyo. Ninguna de esas condiciones luce firme hoy, por lo que prever un desenlace rápido resulta ilusorio.
El patrón de la violencia
Lo que ocurre en Ucrania no es aislado. El conflicto en Medio Oriente y las guerras africanas demuestran que la violencia responde a múltiples causas: ambiciones territoriales, identidades en pugna, intereses económicos y Estados debilitados. Clausewitz no pierde vigencia: la guerra sigue siendo la política por otros medios.
Estados Unidos, China y Rusia: la triada decisiva
Estados Unidos conserva su rol de potencia indispensable. Su red de alianzas y su poderío militar lo colocan en el centro de toda solución, aunque su polarización interna le resta margen de maniobra. China, por su parte, juega al equilibrio: se proyecta como mediador, como demostró en la reconciliación entre Irán y Arabia Saudita, pero nunca abandona su alianza estratégica con Rusia. Moscú, finalmente, es el gran contrasentido: desestabiliza el orden liberal, pero sin ella no hay arreglo global posible.
Lo posible: una paz relativa
Aceptar la realidad significa entender que la paz mundial, como ausencia total de guerras, no es alcanzable en el corto plazo. Lo que sí es posible es una paz relativa: contener los conflictos, evitar su escalada, administrar la rivalidad entre potencias. Como señaló Morgenthau, el arte de la política internacional no está en eliminar el conflicto, sino en gestionarlo.
En conclusión
La paz mundial no es un destino final, es un proceso frágil y siempre en disputa. Las guerras nos recuerdan que la lógica del poder sigue marcando el ritmo de la historia, pero la interdependencia económica, el riesgo nuclear y el desafío climático obligan a Estados Unidos, China y Rusia a entender que sin cooperación no hay supervivencia. Quizás el siglo XXI no nos ofrezca la paz absoluta que soñó Kant, pero sí puede darnos una paz suficiente para que la humanidad no se destruya a sí misma. Esa, al menos, es la paz posible.
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