No empecé a escribir novelas para contar historias extraordinarias. Tampoco para ofrecer respuestas. Empecé a escribir porque había zonas de la experiencia humana que no encontraban alojamiento en el discurso apresurado, ni en la consigna motivacional, ni en la explicación inmediata. Escribir fue, desde el inicio, una forma de quedarse.
Vivimos en una cultura que exige movimiento constante. Avanzar, resolver, superar. Todo parece medirse por la capacidad de salir adelante, de cerrar ciclos, de convertir la herida en aprendizaje visible. Sin embargo, hay experiencias que no se ordenan así. Hay momentos de la vida que no progresan: se prolongan. Estados del alma que no evolucionan, pero persisten. Y para esos estados, la narrativa épica resulta insuficiente.
La novela —al menos la que me interesa escribir— no es un camino de ascenso, sino un espacio de permanencia. No empuja al personaje hacia una meta clara; lo acompaña mientras habita su contradicción, su cansancio, su endeudamiento emocional, su espera sin garantías. En lugar de prometer salida, ofrece estancia.
Quizá por eso muchas de mis historias se desarrollan en territorios que no se resuelven del todo: el desgaste cotidiano, la vida laboral sin recompensa, los afectos suspendidos, las deudas que no se saldan, las decisiones que no llegan a formularse del todo. No hay ahí una poética del fracaso, sino una ética de la honestidad. Contar lo que permanece cuando no hay giro narrativo también es una forma de verdad.
Durante mucho tiempo se nos enseñó que la literatura debía conducir a algún tipo de revelación final. Que el personaje aprende, se transforma, se redime. Pero hay vidas que no se explican así. Hay personas que no cambian de rumbo, sino que aprenden —si acaso— a sostener el peso de lo que les tocó. La novela, entonces, no funciona como un manual de salida, sino como un lugar donde esa permanencia puede ser nombrada sin estigma.
Escribir desde ahí implica renunciar a ciertos gestos de espectacularidad. No todo conflicto estalla. No toda herida se subraya. A veces el drama es mínimo, casi invisible: una rutina que se repite, un trabajo que no fructifica, una relación que no se define, una fe que no se abandona, pero tampoco se celebra. La literatura que surge de ese terreno no grita; respira.
En ese sentido, la novela se convierte en una forma de hospitalidad. Recibe al lector no para conducirlo, sino para acompañarlo. No le promete identificación inmediata ni consuelo rápido, pero le ofrece algo distinto: la posibilidad de reconocerse en la lentitud, en la ambigüedad, en el cansancio compartido. Leer deja de ser consumo de historia y se vuelve experiencia de estancia.
También hay una dimensión ética en esta elección. Escribir sin forzar resoluciones es resistirse a la tentación de simplificar la vida ajena. No convertir el dolor en espectáculo ni el sufrimiento en argumento. Permitir que el personaje exista sin ser instrumentalizado para una moraleja. En tiempos donde todo debe ser útil, incluso la literatura, esta renuncia es un gesto deliberado.
Este tipo de libros no busca redimir a nadie ni ofrecer modelos de superación. Se escribe desde la conciencia de que hay vidas que no necesitan explicación, sino respeto. Vidas que no piden final feliz, sino un espacio donde su complejidad no sea reducida.
Quizá por eso sigo creyendo que la novela tiene todavía una función silenciosa pero necesaria: ofrecer un territorio donde el ser humano pueda quedarse sin ser empujado a cambiar de inmediato. Un lugar donde el tiempo no corra hacia adelante, sino que se asiente. Donde la existencia no se mida por resultados, sino por presencia.
En un mundo que acelera, la novela puede ser una forma de pausa. No para escapar de la realidad, sino para habitarla con mayor fidelidad. Tal vez escribir no transforme el mundo. Pero a veces, permite algo igualmente valioso: no traicionarlo con relatos que no le pertenecen.
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