José Antonio Pagola en su libro Jesús, aproximación histórica nos dice: Se llamaba Yeshúa, y a él probablemente le agradaba. Significaba “Yahvé salva”. Fue el nombre que le puso su padre el día de la circuncisión. En su pueblo, la gente le llamaba Yeshúa bar Yosef, “Jesús, el hijo de José”. También le llamaban Yeshúa ha-notsrí, “Jesús el de Nazaret”.
Para la gente que se encontraba con él, dice Pagola, Jesús era galileo. No venia de Judea sino de Nazaret, de una aldea desconocida, no de la ciudad santa de Jerusalén. Todos sabían que era hijo de un artesano, no de un recaudador de impuestos ni de un escriba. Podemos imaginar lo que sería la vida de Jesús en la Galilea de entonces.
Vivió en un contexto de desigualdades sociales profundas que favorecían a una minoría privilegiada, provocando pobreza, inseguridad y desintegración de las familias campesinas, trayendo consigo un aumento considerable de indigentes, jornaleros y prostitutas. Muchas personas vivían en una especie de despojo humano. Fue parte del contexto en que Jesús nació y vivió.
En ése mismo contexto histórico, cultural, religioso y social, el papel o rol social de la mujer era muy limitado. Se puede afirmar que sufría grandes discriminaciones. Pero Él, Jesús, rompiendo con esos esquemas, reconoció su dignidad, su voz y su protagonismo, haciéndolas parte activa de la comunidad en ciernes. Por solo mencionar algunas:
- María, su madre, presencia constante y activa desde su nacimiento hasta la cruz.
- María de Magdala, una de las más cercanas y leal seguidora, testigo de su crucifixión y la primera en ver al Resucitado con la encomienda de llevar la noticia a sus discípulos, (Jn 20, 11-18)
- La samaritana (Mt. 9, 20-22m), rompiendo así las barreras étnicas, religiosas y de género al dirigirse a ella de manera directa.
- La sorprendida en adulterio (Jn 8) a quien defiende frente a la condena social.
- La hemorroísa (Mt 9, 20-22, Mc 5, 25-34 y Lc 9, 43-48) a quien sana y llama “hija, tu fe te ha salvado; ve en paz”, devolviéndole su dignidad.
- La pecadora que unge sus pies con perfumes y sus propias lágrimas (Lc 7, 37-50), reconociendo su amor y su fe.
- Juana, Susana y muchas otras que “les servían con sus bienes” (Lc 8, 1-3).
- María, la hermana de Marta, “quien se sentó a los pies del Señor y se quedó escuchando su palabra” (Lc 10, 39) fue su discípula, algo inusual para los rabinos de ese tiempo.
- Rut, aunque muy lejana a la vida de Jesús, fue una mujer moabita, figura importante en la genealogía de Él. Su vida ha sido vista como una historia de redención, en la cual Dios transforma el vacío y la tragedia en alegría y bendición a través de la fidelidad. “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rut 1:16).
Con la excepción de Rut, en cada caso, Jesús, rompe con los esquemas y los estigmas de la época, recuperando su dignidad y colocándolas como referentes espirituales incluso, lo que significaba una ruptura profundamente contracultural. No fue un discurso teórico acerca de la igualdad, más bien una práctica concreta, cotidiana y profundamente humana.
No se trata de una teoría de género, por si acaso, sí de una pedagogía de la dignidad y la ternura, que mostraba el camino a seguir. Es la buena nueva, su mensaje que irrumpe en la vida humana con una fuerza arrolladora y que aún está vivamente presente.
En Jn 8, 1-11, nos encontramos ante la mujer sorprendida en adulterio, rodeada por una estructura social de condena, que sella su destino, pero omitiendo -lógicamente- al involucrado. Jesús los sorprende: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”, y añade: “No te condeno, vete y no peques más”, recordándole su responsabilidad personal, pero desmontado la condena selectiva y recuperándola como sujeto.
En su contexto los judíos no trataban con samaritanos, menos en público con una mujer. Él se acerca y le pide de beber (Jn 4, 7). Lo que sigue no es una conversación trivial, más bien un intercambio profundo acerca del sentido de la vida, la fe y la verdad. “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer de Samaría?”. Aun dudando ella se convierte en anunciadora: “Venid a ver a un hombre que ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?” (Jn 4, 29-30).
En el momento más decisivo y difícil de su vida, el de la crucifixión, mientras los discípulos se dispersaron, huyeron y hasta se escondieron, ellas estaban presentes: María, su madre; la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena (Jn, 19, 25). Y además fueron ellas, quienes llevaron su cuerpo al sepulcro (Mc 16, 1-8).
En otras situaciones Él las presenta como modelos de fe: La viuda pobre que “echó todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44), encarnando una entrega radical. La mujer cananea, que insiste a pesar del rechazo inicial, recibe este reconocimiento: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 15,28). María de Betania, valorada por su capacidad de escucha: “María ha escogido la mejor parte” (Lc 10,42).
El caso de María Magdalena es de singular importancia, pues es a ella a quien se le presenta en el momento más decisivo del cristianismo: la resurrección, dándole la encomienda de dirigirse a sus discípulos reunidos y llevarle la noticia. “… vete a donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn. 20. 17). Jesús le dio valor a la voz de la mujer, lo que significaba entonces una fuerza simbólica extraordinaria.
No es un tema del pasado. El vínculo de Jesús con las mujeres sigue siendo hoy un desafío vigente y presente. ¿No será acaso una invitación a construir vínculos más justos, más humanos y, sobre todo, más coherentes con la dignidad que decimos reconocer? ¿No será también un llamado a un mundo más inclusivo, derribando fronteras y construyendo más puentes de respeto, compasión y solidaridad?
Su resurrección, a decir de Pagola, “es para nosotros la razón última y la fuerza diaria de nuestra esperanza: lo que nos alienta para trabajar por un mundo más humano, según el corazón de Dios, y lo que nos hace esperar confiados su salvación. En Jesús resucitado descubrimos la intención profunda de Dios confirmada por siempre: una vida plenamente feliz para la creación entera, una vida liberada para siempre del mal. La vida vivida desde su Fuente”.
Termino con una reflexión traída de la obra de Albert Nolan: Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical: “La libertad interior que aprendemos de Jesús nos permite amar sin reservas, aceptarnos a nosotros mismos tal y como somos y aceptar a los demás seres humanos, incluidos nuestros enemigos, tal y como son”.
Jesús, en su vida, muerte y resurrección, nos sigue ofreciendo la oportunidad de construir un mundo fundamentado en la solidaridad, la bondad y la compasión, ofreciéndonos el camino de una pedagogía de la dignidad y la ternura.
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