Escribo desde el oficio de las manos y de la palabra, desde ese rincón donde el tiempo se detiene para dar forma a la madera, al verso, a la pintura o a la arcilla. Un artista no crea para alimentar el ruido del mundo, sino para construir herramientas de diálogo, espejos donde la conciencia pueda detenerse a revisar el sentido profundo de nuestros actos. Y hoy, cuando la humanidad parece marchar mecánicamente hacia su propio desmantelamiento, el imperativo ético es alzar la mirada más allá de la coyuntura y examinar las raíces invisibles que mueven a las masas.
Si leemos las líneas de tiempo que conectan las grandes eras de la civilización a través de textos que trascienden los dogmas religiosos, descubrimos una pista fundamental en la simbología de los avatares y los grandes maestros que fundaron las visiones del mundo. Las imágenes y los legados que dejamos en el centro de nuestras culturas no son meros adornos estéticos; actúan como moldes psicológicos que orientan el comportamiento colectivo.
Pensemos en Occidente y en sus herencias: la cruz y el suplicio, el Dios que sufre los ultrajes, o la espada que defiende la ortodoxia. En la psique de las masas, esa escenografía del agravio y de la defensa militante se traduce a menudo en un motor de resentimiento, en una justificación latente para la furia y el ajuste de cuentas. Si cruzamos hacia Oriente, en cambio, la postura cambia de signo: hallamos a Sidarta Gautama sentado en el silencio de la meditación bajo el árbol Bodhi, o bien contemplamos la figura incansable de Confucio, quien dedicó su vida entera a tocar puertas, buscando un solo mandatario que apoyara su sistema de educación para fortalecer el carácter del ser humano con todas sus virtudes y deberes cívicos. Allá no se trataba de conquistar al vecino con la punta de la lanza, sino de ordenar el propio espíritu y la convivencia mediante la enseñanza.
Sin embargo, las grandes potencias de matriz occidental han vaciado esa herencia de cualquier contenido místico o ético para convertirla en el engranaje de una empresa de destrucción global. Hoy, los que escenifican y patrocinan las guerras pertenecen, precisamente, a esas culturas desprovistas de esa paciencia formativa.
Pero la guerra moderna ya no es la epopeya de un ideal. Se ha transformado en un negocio frío, en una logística de rapiña donde el soldado raso es reducido a la condición de mercenario. Se le alquila el cuerpo y se le borra la conciencia para cruzar fronteras, invadir tierras ajenas y saquear a poblaciones desarmadas sin más razón justa que la chequera que financia la operación.
Conviene hacer aquí una distinción inquebrantable: el soldado que sostiene un fusil porque su casa ha sido pisada, porque su familia y su patria han sido invadidas, cumple con un deber supremo de defensa. Ese ejercicio momentáneo de resistencia es el único que justifica la tenencia de las armas; es el padre, el hijo y el vecino protegiendo el umbral de su puerta. Pero aquel que cruza el mar con un fusil ajeno para pisotear el suelo de otro pueblo ya no defiende nada: es un peón del expolio, y ha renunciado a su condición humana.
Por eso, ningún joven debería aceptar jamás la oferta de alistarse para marchar a filas extrañas. Ninguna bandera comprada justifica entregar la vida para destruir el hogar de otro. La juventud no está hecha para cargar fusiles ni para servir de carne de cañón en el tablero de los mercaderes de la muerte; la juventud es el tiempo sagrado para estudiar matemáticas, para descifrar las leyes de la ciencia, para sanar con la medicina, para mirar los astros a través de la astronomía y para hacer florecer la tierra mediante la agronomía.
Ese es el verdadero destino del talento humano: construir, cultivar, curar y comprender el universo. Si cada muchacho comprende la trampa y rechaza la chequera del invasor, la agresión se quedará sin carne humana que quemar y morirá por inanición. La guerra solo se sostiene mientras haya manos dispuestas a firmarla sin preguntar.
Por ello, cada persona que lea y comprenda estas líneas tiene hoy la tarea ineludible de convertirse en profesor de los jóvenes que tiene a su alrededor. Hay que explicarles este mensaje, abrirles los ojos frente al espejo de la historia y sembrar en ellos la certeza de que su vocación más alta es la vida, el conocimiento y la paz.
Ningún imperio puede sostener su furia cuando los jóvenes deciden cambiar el plomo de las armas por la luz del entendimiento.
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