“En una sociedad racista, no basta con no ser racista, debemos ser antirracistas”. (Angela Davis)
Desde sus mismísimos inicios, el Estado dominicano ha operado como una máquina de guerra racial contra sus propios súbditos. Esto se debe a que quienes realmente triunfaron en la lucha por la independencia no fueron los liberales, liderados por Juan Pablo Duarte (1813-1876) y los demás, que se oponían a las divisiones raciales heredadas de la colonia, sino los sectores más retrógrados de la sociedad, dirigidos por el posteriormente tirano entreguista Pedro Santana (1801-1864). Desde ese entonces, todos los grandes regímenes autoritarios que nuestra desdichada República ha tenido que soportar han recurrido —en mayor o menor medida— a esta tecnología de poder racista implementada por la larga serie de gobernantes conservadores que hemos tenido que padecer.
Esta lógica de dominación racista alcanzó su máximo apogeo durante el régimen de Rafael Leónidas Trujillo Molina (1891-1961), quien, armado de sus intelectuales apologistas, como Manuel Arturo Peña Batlle (1902-1954) y Joaquín Antonio Balaguer Ricardo (1906-2002), y echando mano de todos los aparatos ideológicos de Estado a su disposición —el sistema educativo, la Iglesia, los medios de comunicación, los clubes deportivos, las asociaciones cívicas, etc.— inculcó este racismo en la psique colectiva de la nación. Por eso, hoy en día somos la vergüenza del Caribe: un pueblo racista que, a su vez, está compuesto por una abrumadora mayoría de personas afrodescendientes, quienes, en su total alienación, niegan sus propias raíces africanas.
Este racismo estructural de nuestro país ha sido utilizado una y otra vez como arma contra la supuesta “amenaza de invasión haitiana”, cuyos ilusos creyentes no se percatan de que nunca llega realmente a suceder. Esta tragedia histórica se está repitiendo ahora ante nuestros ojos: primero, la desnacionalización masiva de ciudadanos y ciudadanas dominicanos y dominicanas con la Sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional; seguida de la negativa del Estado dominicano a proveer a estas poblaciones vulnerables con la vacuna contra el Covid-19 y, finalmente, la brutal persecución desatada por el gobierno de Luis Rafael Abinader Corona (n. 1967) contra las personas haitianas y sus descendientes.
Estas son las mismas élites que le negaron a José Francisco Peña Gómez (1937-1998) la presidencia que seguramente habría ganado de no ser por las maniobras fraudulentas del balaguerismo, que recurrió nuevamente a la propaganda racista y antihaitiana para desprestigiarlo
Es importante observar que todos los gobiernos posteriores al régimen autoritario y fraudulento de Balaguer, los que los historiadores oficiales del sistema denominan el período de la “democracia” y el “Estado de derecho” —es decir, las presidencias de Leonel Antonio Fernández Reyna (n. 1953), Rafael Hipólito Mejía Domínguez (n. 1941), Danilo Medina Sánchez (n. 1951) y el anteriormente mencionado Abinader— se han negado a resolver los problemas estructurales que nuestra nación arrastra desde hace décadas y, posiblemente, siglos. En su lugar, han optado por robar de las arcas del Estado para su propio beneficio y el de sus acólitos, a la vez que mantienen a la antigua burguesía gozando de sus beneficios extraídos de la explotación económica del pueblo trabajador.
Y, al mismo tiempo, para distraer a los dominicanos y las dominicanas y mantenerles alienados en su pobreza y miseria, les han fabricado el relato tan manido de la “amenaza haitiana”, que, como se ha mencionado, jamás se concreta, porque simplemente no existe. De tal modo, nuestros gobernantes históricos han logrado perpetuar su poderío en base a este falso relato que ha podido preservar las estructuras de dominación que arrastramos desde tiempos inmemoriales. Son estas estructuras y no otra cosa las que conservan y reproducen las desigualdades e injusticias socioeconómicas, políticas y culturales cotidianas que tanto nos afligen.
Sin embargo, hubo algunos breves períodos en nuestra historia donde esta enemistad prefabricada entre dominicanos y haitianos estuvo cerca de disolverse. Dos grandes ejemplos son: la llamada “Guerra de la Restauración” (1863-1865) y la “Guerra de Abril” (1965). Pues, aunque la historia oficial de los historiadores burgueses ha pretendido desdibujar y ocultar estos hechos, durante ambas coyunturas críticas de la historia de nuestro país, el pueblo haitiano se entregó valientemente en respaldo de nuestras causas libertarias contra las potencias extranjeras que pretendían dominarnos: España y los Estados Unidos de Norteamérica, respectivamente.
También es poco sabido que el propio Duarte regresó del exilio que le fue impuesto por los santanistas para luchar una vez más por nuestra emancipación, durante los sucesos de la guerra restauradora, antes de irse por última vez a Venezuela, donde murió en la más abyecta miseria. Es decir, que Duarte luchó junto a los haitianos por la liberación nacional de la República que ayudó a fundar, pero que luego fue secuestrada por los grupos de poder que siempre habían dominado desde los tiempos coloniales.
De tal modo que, quienes hoy, en su infinita ignorancia, pretenden alegar que Duarte fue racista y antihaitiano, desconocen por completo la verdadera historia de nuestra nación, y son presas fáciles del discurso oficial neotrujillista que el gobierno actual pretende reciclar para continuar manteniéndonos alienados e ignorantes de las auténticas causas estructurales de las gravísimas problemáticas que realmente amenazan a nuestra República. Las siniestras fuerzas que hoy buscan someter a nuestro pueblo se benefician de haberlo mantenido por décadas en la más profunda ceguera histórica, intentando movilizarlo en contra de sus propios intereses, todo para salvaguardar los privilegios de los cuales han gozado desde que derrocaron al primer gobierno democráticamente electo tras el ajusticiamiento del tirano, el de Juan Emilio Bosch Gaviño (1909-2001).
Estas son las mismas élites que le negaron a José Francisco Peña Gómez (1937-1998) la presidencia que seguramente habría ganado de no ser por las maniobras fraudulentas del balaguerismo, que recurrió nuevamente a la propaganda racista y antihaitiana para desprestigiarlo. Son las mismas élites que descienden de aquellos criollos coloniales que implantaron la esclavitud y la servidumbre de los pueblos originarios de nuestra isla y de las personas africanas que secuestraron brutalmente de su hogar natal para someterlas a la más intensiva y despiadada esclavización. Condiciones de semiesclavitud que aún se mantienen en grandes segmentos del territorio nacional. Son las élites que se han beneficiado de todos los escándalos de corrupción que ha habido en la historia reciente de nuestro país. Y son estos grupos de poder los que bloquean todos los intentos de transformación sociopolítica, económica y cultural profunda que nuestra nación necesita tan desesperadamente.
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