Los cargos anunciados por la fiscalía federal contra el expresidente cubano Raúl Castro Ruz, de 94 años, rebotaron en primeras planas en diarios de esta localidad, así como en la prensa internacional, ya que constituyen una segunda intervención norteamericana en la región en la primera parte de este siglo.

Esta intervención es una seguidilla del "Corolario Trump" que cumple la reconceptualizada Doctrina Monroe en una línea dura de proteccionismo e intervencionismo norteamericano en América Latina.

La primera de ellas fue en enero de este año, tras el arresto del presidente venezolano Nicolás Maduro, por cargos de conspiración en el narcoterrorismo.

Su arresto ha estado acompañado de ataques a naves bajo sospechas de exportación de drogas, que suman ya más de 100 muertes en alta mar provocadas por naves norteamericanas.

Mientras tanto, Castro Ruz fue acusado por la muerte de cuatro pilotos de la organización Hermanos al Rescate, en un incidente ocurrido hace 30 años que Cuba alega se realizó en aguas internacionales.

Junto a Maduro y su esposa, que aguardan juicio en una prisión en Nueva York, fueron detenidos otros cuatro venezolanos. Mientras que junto a Castro Ruz, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó formalmente a otros cinco militares y funcionarios.

El Gobierno cubano ha repudiado los cargos al tildarlos de infundados y ha convocado una gran concentración en repudio.

El "Corolario Trump", agregado este año a la "Doctrina Monroe", es la reinterpretación del presidente Donald Trump de la histórica Doctrina Monroe (1823). Esta restablece una línea dura de proteccionismo e intervencionismo en América Latina, que restaura la hegemonía estadounidense frente a la influencia de potencias extracontinentales como China y Rusia en países del continente.

Entre los ejes centrales de esta renovada doctrina se incluyen la reafirmación de EE. UU. de intervenir militar, económica y diplomáticamente en el hemisferio para combatir el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado.

Procura expulsar o limitar drásticamente la inversión y presencia de potencias extranjeras hostiles en activos clave o cadenas de suministro estratégicas de la región.

Refuerza el trato hostil y el aislamiento hacia regímenes no alineados con Washington —como Cuba, Nicaragua o Venezuela—, utilizando el intervencionismo diplomático y las sanciones económicas como herramientas principales.

Pero el intervencionismo norteamericano en la región no es de nuevo cuño. Desde las primeras décadas del siglo XIX, EE. UU. ha ejercido una constante intromisión en los asuntos internos de los países vecinos y violación de su soberanía durante todo el siglo XX, motivada por intereses geoestratégicos de dominación política y económica, con total vigencia y empuje en 2026.

De paso, Estados Unidos ha considerado a América Latina como su "patio trasero", de manera que sus pueblos y naciones han sido objeto de invasiones militares directas, apoyo a golpes de Estado y operaciones encubiertas, manipulación y derrocamientos de gobiernos democráticos, sanciones y bloqueos económicos, y una desestabilización política constante con el único fin de someter y dominar ese continente. Incluso hasta de intentar cambiar el nombre del golfo de México.

En un breve resumen vemos la expansión territorial sobre México, al que EE. UU. quitó más de la mitad de su territorio; continuó a principios del siglo XX con Cuba y Puerto Rico y el control estratégico y comercial del mar Caribe y el canal de Panamá.

Impuso su control total como un protectorado militar y después como una república con soberanía limitada —enmienda Platt— en Cuba, controlada después por gobiernos dictatoriales hasta la revolución cubana en 1959.

En otros episodios de intervención, entre 1916 y 1924 fue ocupada la República Dominicana, y por segunda vez entre 1965 y 1966, con el desembarco de 42.000 marines que costó miles de muertos para sofocar una revolución que buscaba restablecer al presidente izquierdista Juan Bosch, instaurando un gobierno afín a Washington encabezado por Joaquín Balaguer.

Ocupó Haití entre 1915 y 1934 para "salvaguardar intereses económicos y estabilizar el país". Pero además de esa prolongada ocupación, EE. UU. intervino en 1994 para reinstalar al primer presidente elegido democráticamente en el país, Jean-Bertrand Aristide; sin embargo, le resultó demasiado izquierdista y portavoz de la teología de la liberación, y fue depuesto dos veces, la última en 2004, tras otro golpe de Estado orquestado por EE. UU. y ejecutado por paramilitares dominicanos.

Nicaragua fue invadida y ocupada por marines de EE. UU. entre 1910 y 1933, como parte de las "guerras bananeras" y para proteger sus intereses económicos allí.

En 1983, la isla de Granada fue invadida por 7.300 militares de EE. UU. para deponer a un gobierno procubano popular y revolucionario. Panamá fue invadida en 1989 para acabar con el dictador militar Manuel Noriega, antiguo aliado de EE. UU. que se había enriquecido con el narcotráfico y que ya no obedecía las posiciones norteamericanas.

Pero EE. UU. ha organizado y apoyado golpes de Estado cívico-militares de ultraderecha contra líderes democráticos y de izquierda para derrocar gobiernos legítimos a los que consideraba enemigos y contrarios a sus intereses.

Hubo decenas de ellos en América Latina entre los años 60 y 90, y se produjeron en casi todos los países.

Entre los más significativos podemos mencionar el golpe de Estado contra el presidente democráticamente elegido, el progresista Jacobo Árbenz (Guatemala, 1954), organizado para frenar las reformas agrarias que afectaban a la poderosa United Fruit Company, a la cual Árbenz le expropió tierras baldías. La campaña mediática de EE. UU. lo acusó de comunista para justificar la intervención militar, iniciando un periodo de gran represión en Guatemala.

En Chile (1973-1990), el general Pinochet dio un golpe de Estado cruento contra Salvador Allende, bombardeando el Palacio de La Moneda, con un resultado de más de 5.000 muertos, instaurando una dictadura militar de 17 años marcada por la represión y las violaciones a los derechos humanos, con apoyo de la administración Nixon-Kissinger.

Sin duda, algunas de aquellas históricas intervenciones involucraron, entre otras razones, organizar la penetración del capital norteamericano en América Latina, el acceso a la explotación de los recursos naturales y la protección de sus multinacionales, tanto como mantener en el poder a gobiernos afines y eliminar a gobiernos y proyectos democráticos populares y antiimperialistas para controlar su principal "zona de influencia".

Tras la orden de arresto a Castro Ruz, uno de los líderes de la revolución cubana, Cuba —con una gran fuerza militar, pero una economía debilitada y una población en carestía por las sanciones de EE. UU.— entra en un compás de espera y apuesta su respuesta al cambio, si alguno, al pueblo cubano. Para el exilio ya es un criminal, que es lo que procura su acusador.

Luis Rubén Sanchez

Periodista

Luis Rubén Sánchez es un veterano periodista puertorriqueño ex editor de la mesa latinoamericana de The Associated Press en N.Y. Actualmente preside las emisoras de radio y televisión digital Boricuatv y Boricuaradio.digital.

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