En el concierto de voces latinoamericanas contemporáneas, la figura de Gioconda Belli se erige como uno de los pilares más luminosos y complejos. Su poesía, atravesada por el compromiso político y la sensualidad, dialoga con la historia de Nicaragua y con los anhelos de todo un continente. Sin embargo, reducirla únicamente a la etiqueta de “poeta comprometida” sería injusto. Su obra trasciende el testimonio revolucionario y se convierte en una estética del cuerpo, la libertad y de la memoria.
El crítico Julio Ortega en su obra La imaginación poética de América Latina (2001) ha expresado con lucidez “la poesía de Belli rehusó la dicotomía entre lo privado y lo público. En ella, la mujer y la historia se funden, y en esa fusión le da fuerza inusual en el contexto latinoamericano.”
Me he propuesto recorrer no solo su obra, sino también el entramado de lecturas, homenajes y críticas que otros autores han dedicado a su figura, demostrando que Gioconda Belli no fue únicamente poeta, sino también símbolo.
La autora exploró la poesía como un territorio erótico y político. El primer libro de Belli Sobre la grama (1972), fue un estallido de audacia. Allí la voz femenina se asumía como un cuerpo deseante, sin pedir permiso al canon dominado por los hombres. Sus versos, donde el erotismo aparecía como lenguaje de emancipación, provocaron incomodidad en los sectores conservadores, pero marcaron una ruptura en la tradición nicaragüense.
En Línea de fuego (1978), galardonado con el Premio Casa de las Américas, la poeta consolidó su mirada política. La palabra ya no era solo piel, sino también arma de denuncia. Jean Franco en su libro Las conspiraciones de la memoria (2004) afirma que “Belli logró inscribir la experiencia femenina en el territorio político, desafiando la estructura patriarcal de la revolución misma”. Ese gesto fue esencial porque no se trataba de que la mujer acompañara la lucha desde la sombra, sino de que su voz protagonizara el relato de la patria.
Mas allá de la poesía, la autora dejó huellas en la narrativa. La mujer habitada (1988), su primera novela, construyó un puente entre la ficción y la autobiografía. En ella, la protagonista Lavinia encarna la doble lucha de ser mujer y revolucionaria. Años más tarde, con El país bajo mi piel (2001), su autobiografía, Gioconda expuso con valentía los claroscuros de su vida: el amor, el exilio, la militancia, la maternidad y la desilusión frente a la política.
Claudia Schaefer en su libro Woman Writers of Latin America (1999), destaca que “la escritura autobiográfica de Belli no es un ejercicio de confesión, sino de memoria colectiva. Cada experiencia personal se convierte en un reflejo de una generación entera de Latinoamérica.” Este tránsito entre lo íntimo y lo histórico se volvió una de sus mayores virtudes, convirtiendo la memoria en un patrimonio común.
La edad me está recreando.
Un rostro desconocido empieza a aparecer
sobre mi rostro.
Cada día, en vez de la semblanza
a la que estoy habituada,
otra mujer se asoma en el espejo
y me mira desde una madurez
que aún no reconozco
como mía.
La edad me está recreando
La recepción crítica de Gioconda Belli ha sido amplia y plural. El novelista y compañero de lucha, Sergio Ramírez, escribió en el prólogo de Apogeo (1997) lo siguiente: “Gioconda se atrevió a hablar desde el lugar donde muchas voces callaban. El deseo y la patria en un mismo aliento.”
Por su parte, el poeta Ernesto Cardenal, con quien compartió afinidades y distancias, llegó a expresar en una entrevista que “la poesía de Gioconda tiene la virtud de recordarnos que el amor y la justicia no son enemigos, sino la misma semilla”. Incluso, autores distantes en geografía, como Mario Benedetti, valoraron su escritura y en una reseña para la revista Marcha (1980), el uruguayo señaló: “leer a Belli es entrar en un universo donde la ternura se arma de fusiles, y donde la intimidad no se repliega, sino que se convierte en bandera.”
Recordando una anécdota muy reveladora, en un recital celebrado en Madrid en el año 1985, un joven lector le preguntó por qué insistía en mezclar en sus poemas el amor con la política. Gioconda respondió con la ironía tierna que le caracterizaba: “Porque mi corazón no sabe dividirse en departamentos. Ama como lucha, y lucha como ama.” Esa frase, recogida en varias crónicas periodísticas de la época, condensa la esencia de su poética, esa imposibilidad de separar la pasión intima de la pasión colectiva.
Para comprender mejor su legado, conviene ubicar a Belli dentro de un linaje de mujeres poetas en América Latina. Como Julia de Burgos en Puerto Rico, Gioconda hizo del cuerpo femenino una afirmación de la libertad. Como Alfonsina Storni en Argentina, desafió a un canon literario que relegaba las mujeres al margen.
Pero a diferencia de ambas, su voz se forjó en medio de una revolución real, con el fusil al hombro y el exilio como destino. Ahí radica su singularidad, en la fusión de poeta, guerrillera y narradora de su tiempo.
La obra de Gioconda Belli demuestra que la poesía puede ser al mismo tiempo refugio y arma, ternura y trinchera. Su legado no pertenece solo a Nicaragua, sino a toda América Latina. En un continente marcado por la violencia, pero también por la esperanza, su voz nos recuerda que la palabra tiene un poder transformador.
Como escribió Julio Cortázar en los años setenta, en una carta dirigida a ella: “Tu poesía es la confirmación de que en América Latina las palabras no se resignan a ser solo literatura, sino que buscan transformar la vida:” En la memoria de la literatura latinoamericana, Belli siempre será la mujer que se negó a vivir fragmentada, que hizo de la escritura una insurrección permanente, y nos enseñó que la poesía puede abrazar tanto el cuerpo como la patria.
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