El mundo en que vivimos se caracteriza por su complejidad y por estar escindido. Sí. Es un mundo partido por las guerras, por la lucha de poder geopolítico y por la ambición desmedida del mercado; un mercado voraz que no se sacia; y que se reinventa para acrecentar su fuerza económica acompañada de exclusión e injusticia. Es un mundo marcado por una tecnología que aporta buenos beneficios; pero, que tiene armas secretas para, también, aumentar el control y la distorsión política. Estos fenómenos ocupan la atención de la mayoría de las personas, de los medios de comunicación y de las redes sociales. Sin embargo, en la vida cotidiana de las instituciones educativas y de las organizaciones sociales pasan desapercibidas prácticas que, también, profundizan la escisión del mundo, aunque parezcan insignificantes y de reducido alcance.
Esta situación ha de tenerse en cuenta en estos tiempos en el que resuenan en el país los sueños y las realidades de la transformación de la educación. La ciudadanía se queja con frecuencia de la cantidad de leyes, de normas y de regulaciones en el país. Esta misma queja se puede escuchar en instituciones educativas de pregrado y de educación superior. Habrá que ponerle límite a la cantidad de regulaciones y avanzar en la aplicación de las necesarias. Pero, hay que ponerle atención a la naturalidad y a la facilidad con la que en organizaciones sociales en centros educativos y en instituciones de educación superior se actúa al margen de los estatutos, de los reglamentos y de otras normativas importantes para el desarrollo y la consolidación de la misión institucional; y para el fortalecimiento de la cultura y de la práctica ética.
Las organizaciones sociales y las instituciones educativas que asumen como práctica ordinaria un funcionamiento con lógica y estilo discrecional están profundizando la escisión de los sectores que representan. Al comportarse de esta manera, afectan la unidad y la credibilidad. La falta de transparencia institucional y social lleva a vivir de la simulación. Al asumir la simulación como carta de presentación, se le dice a los demás que la verdad no tiene sentido, que la ética es un cauce para alimentar la coerción y para ralentizar el desarrollo. De igual modo, las instituciones educativas y las organizaciones sociales que actúan de esta forma erosionan la estabilidad de las entidades; y debilitan y falsean sustantivamente los aprendizajes de los actores institucionales.
La transgresión de las normativas institucionales constituye un acto de irresponsabilidad personal, institucional y ciudadana. El daño no solo lo sufren las instituciones y las organizaciones; el impacto dañino es para la ética personal, institucional y social. Los resultados de este comportamiento viciado son perjudiciales para el desarrollo de la confianza y el respeto. Se le falta el respeto a la comunidad educativa y se afirma la mentira con el ropaje de seriedad educativa, institucional y social. Se quiebra la confianza de tal manera, que se acentúa en la instituciones y organizaciones la inseguridad y la cultura de la sospecha.
Los organismos internos de las instituciones educativas y de las organizaciones sociales, responsables de acompañar, de velar por la integridad institucional, no pueden apoyar acciones, decisiones y políticas internas que tienen como base el ocultamiento y la doblez.
Las organizaciones sociales, las instituciones educativas y el mundo, en sentido general, necesitan posturas firmes, insobornables, cuando se trata de cuidar y de respetar las normativas institucionales. Las normativas no deben ahogar la creatividad, la eficacia y la eficiencia de las entidades. Pero, la lógica de que el fin justifica los medios no puede pulverizar el comportamiento ético y veraz en ningún ámbito. Constituye un imperativo la formación ciudadana y de las instituciones, para que asuman las regulaciones académicas, administrativas y ético-políticas como oportunidades para contribuir a la consolidación de la democracia social, de las instituciones del país; y, sobre todo, para fortalecer la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad transparente, sin máscara.
En las instituciones educativas y en las organizaciones sociales que se simula el ejercicio ético, se crean las condiciones para que las entidades reciban el rechazo de sus propios actores y de aliados. Si se quieren construir espacios estables, aprendizajes humanizante y culturas caracterizadas por la autenticidad, se han de poner los medios necesarios para erradicar las violaciones sistemáticas a las normativas institucionales, en entidades educativas y en organizaciones sociales. El Estado debe ser el primero en respetar las regulaciones establecidas; y en descartar las regulaciones que atentan contra la verdad y legitiman la falsedad.
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