Hay conocimiento cuando, entre lo dado, se desprende una singularidad; hay conocimiento cuando se produce un singular entre cruzamiento entre la cosa y el sujeto receptivo (…) Y aquí hablamos de sujeto es en razón de que el que conoce, es precisamente, el que padece, ese que aquí llamamos sujeto pasional, esa alma que sufre de pronto el intempestivo ataque… (Eugenio Trías, 2013, Tratado de la pasión, p. 92).

La IA puede ejecutar operaciones complejas de razonamiento, pero carece de aquello que, en sentido estricto, convierte al pensamiento en una experiencia humana: la pasión que lo impulsa. Pensar no es únicamente encadenar inferencias ni optimizar respuestas, sino sostener una actividad orientada por la vida misma, por la necesidad de comprender, decidir y actuar cuando algo está en juego. Esa orientación surge de la información del cuerpo, de la regulación afectiva que confiere peso y urgencia a los contenidos mentales. Sin vulnerabilidad, sin riesgo, sin un organismo que deba mantenerse en equilibrio, no hay impulso genuino de pensar. La IA razona sin necesidad, sin deseo y sin pérdida posible; por ello, aunque imite las formas del pensamiento humano, no participa de su pasión constitutiva.

La IA no imita el pensamiento humano en su sentido fuerte; propone, más bien, un modelo alternativo de inteligencia, fundado en el cálculo, la correlación y la optimización. Frente a esta redefinición, el pensar humano queda expuesto, descolocado, obligado a interrogarse a sí mismo.

En este contexto, pensar puede asumirse como un oficio: una práctica exigente y dialógica, encarnada en cuerpos humanos situados, desde los cuales el pensamiento se ejerce como una actividad corporal y contextual, atravesada por la experiencia, los afectos y las condiciones históricas y sociales, y cada vez menos compatible con la lógica dominante (Merejo, 2025).

Pensar es distinto de calcular. El cálculo opera sobre datos, reduce complejidad y produce resultados. El pensar, por su parte, comienza allí donde los resultados no están garantizados. Su punto de partida es la duda, entendida como una experiencia radical: la suspensión de lo evidente y la pérdida del suelo sobre el que se apoyan las convicciones. En este sentido, Descartes (2011) inaugura una escena de desposesión: pensar implica aceptar que lo dado puede no sostenerse y que la evidencia puede fallar.

Descartes propone la duda como un método filosófico que poner en crisis todo conocimiento previo para examinar su validez. Al llevar la duda al extremo, descubre una verdad que resiste cualquier intento de negación: el hecho de que mientras duda, piensa, y mientras piensa, existe. Esta certeza se convierte en el primer principio de su filosofía y en el punto de partida para la reconstrucción del saber:

“Yo pienso, luego soy, era tan firme y segura que las máximas extravagantes de los escépticos no son capaces de conmoverla. Juzgué que podía recibirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando(…) Y habiendo notado que en la proposición yo pienso, luego soy, no hay nada que me asegure que digo verdad, sino que lo concibo muy clara y distintamente” (Descartes, 2011, p. 124).

Sin embargo, el alcance del proyecto cartesiano, en particular la exigencia de claridad y distinción como criterio de verdad, vuelve inevitable la interrogación por sus límites: la reducción de la razón a una facultad autosuficiente, la separación estricta entre mente y cuerpo y la exclusión de la vida afectiva del proceso cognoscitivo. Dicha interrogación no implica una negación del filosofar de Descartes, sino un desplazamiento del problema hacia un punto que el propio cartesianismo dejó sin recorrer. En El error de Descartes. La razón de las emociones (1999), Antonio Damasio muestra que la razón opera como una facultad vinculada constitutivamente al cuerpo y a la vida afectiva, y que se apoya en ellas para su funcionamiento.

La claridad del pensamiento parte de un sujeto encarnado, atravesado por emociones que orientan, condicionan y hacen posible el ejercicio mismo de la racionalidad. Su propuesta consiste en redefinir la razón como una práctica encarnada, sostenida por procesos emocionales que la orientan y la hacen operativa, más que en sustituirla.

De ahí la idea de una “pasión de razonar”: un impulso biológico profundo que empuja al organismo a evaluar, anticipar y decidir, y gracias al cual la razón adquiere dirección efectiva. La racionalidad humana, en este marco, aparece como una actividad guiada por señales corporales y afectivas que confieren relevancia a unas opciones frente a otras, en lugar de un cálculo neutral.

Este reconocimiento del papel de los sentimientos exige, sin embargo, una precisión conceptual fundamental. Damasio sostiene que la relevancia de los sentimientos para la razón implica una comprensión más adecuada de su funcionamiento, sin que ello suponga una merma de su importancia. La integración de los sentimientos permite esclarecer la función normativa de la razón, ya que, al tomar conciencia de su “rol preponderante», esta puede «realizar sus efectos positivos y disminuir al mismo tiempo su potencialidad lesiva” (Damasio, 1996, pp. 272–273). La racionalidad se vuelve más eficaz cuando reconoce críticamente las condiciones afectivas que la orientan y se protege de distorsiones introducidas por sentimientos anómalos o influencias indeseables.

El desafío que plantea Damasio consiste en pensar la articulación entre razón y sentimiento sin recaer en el dualismo ni en el reduccionismo, reconociendo que la racionalidad humana constituye, en última instancia, una forma de inteligencia encarnada. Esta tesis pone en evidencia el carácter profundamente limitado de buena parte de la IA que, al modelar la mente como un sistema de cálculo descontextualizado, reproduce un nuevo dualismo bajo apariencia técnica. Al abstraer la cognición de la corporalidad, de la afectividad y de la historicidad del sujeto, la IA empobrece la noción de inteligencia y la vacía de sentido, confundiendo la eficacia operativa con la comprensión y la simulación con el pensamiento.

Andrés Merejo

Filósofo

PhD en Filosofía. Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).. En 2015, fue designado Embajador Literario en el Día del Desfile Dominicano, de la ciudad de Nueva York. Autor de varias obras: La vida Americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012). La era del cibermundo (2015). La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017). Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023). Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Director del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT).

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