La historia no es solamente el relato de lo que ocurrió; es también una advertencia sobre lo que podría volver a suceder si la humanidad se niega a aprender de sus errores.

Al observar las tensiones internacionales de nuestro tiempo, resulta inevitable recordar los acontecimientos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Aunque las circunstancias actuales son diferentes, persisten peligros que deberían preocuparnos: la ambición desmedida, los nacionalismos exacerbados, la desconfianza entre las naciones, la carrera armamentista y la peligrosa creencia de que los conflictos pueden resolverse mediante la fuerza.

La Segunda Guerra Mundial dejó millones de muertos, ciudades destruidas y generaciones marcadas por el sufrimiento. De aquella tragedia surgió una convicción fundamental: la paz mundial requería instituciones, normas y mecanismos de cooperación internacional. Así nació, en 1945, la Organización de las Naciones Unidas.

Sin embargo, más de ocho décadas después, debemos preguntarnos si hemos aprendido verdaderamente las lecciones de aquel desastre.

La historia no se repite necesariamente de la misma manera, pero los errores humanos pueden conducirnos nuevamente a consecuencias devastadoras.

Un llamado a los poderosos del mundo

Hoy quiero dirigir un llamado respetuoso, pero firme, a cinco actores fundamentales de la política internacional: Donald Trump, presidente de Estados Unidos; Xi Jinping, presidente de China; Vladímir Putin, presidente de Rusia; Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel; y los dirigentes de la República Islámica de Irán, entre ellos su líder supremo, Mojtaba Khamenei, y su presidente, Masoud Pezeshkian.

A todos ellos les corresponde una responsabilidad que trasciende sus fronteras y sus intereses nacionales: evitar que las rivalidades políticas y militares desemboquen en una tragedia de proporciones mundiales.

Donald Trump: el poder de Estados Unidos y su enorme influencia internacional deben emplearse para abrir caminos hacia acuerdos duraderos. La fuerza militar no puede convertirse en la primera respuesta ante cada crisis. La diplomacia, la negociación y la prudencia deben tener siempre una oportunidad real.

Xi Jinping: China, por su peso económico, político y militar, tiene una responsabilidad decisiva en la estabilidad mundial. Su liderazgo puede contribuir a reducir las rivalidades entre las grandes potencias, favorecer el diálogo y promover soluciones pacíficas a las controversias internacionales.

Vladímir Putin: Rusia es una potencia nuclear con una influencia determinante en la seguridad europea y mundial. El conflicto con Ucrania demuestra el enorme costo humano y político de la guerra. Es necesario avanzar hacia una paz que respete el derecho internacional, la soberanía de los Estados y unas garantías de seguridad que permitan una solución duradera.

Benjamín Netanyahu: Israel tiene derecho a proteger a su población, pero ese derecho debe ejercerse dentro de los límites del derecho internacional y con la debida protección de la población civil. La seguridad de Israel no puede separarse de la necesidad de una solución política que permita a israelíes y palestinos vivir con seguridad, dignidad y derechos. Ese debe ser el principal objetivo: vivir en paz como descendientes de Abraham, aunque con linajes diferentes. Todos tienen el derecho de vivir en sus tierras. Israel tiene que reconocer esa verdad y ese derecho.

A los dirigentes de Irán: la defensa de la soberanía nacional no debe convertirse en una justificación para prolongar una confrontación que expone a toda la región a mayores sufrimientos. Teherán también tiene la responsabilidad de evitar nuevas escaladas, moderar sus respuestas militares y aprovechar las oportunidades de negociación.

Estos llamamientos no pretenden equiparar todas las responsabilidades ni ignorar las diferencias entre los conflictos. Pretenden recordar algo más elemental: cada gobierno debe responder por sus propias decisiones y medir sus consecuencias humanas.

Ningún dirigente debería olvidar que las guerras suelen comenzar con decisiones políticas, pero sus consecuencias recaen sobre millones de personas inocentes.

¿De qué sirve vencer si todos terminan perdiendo?

Son los niños quienes pierden su infancia bajo las bombas; las madres quienes lloran a sus hijos; las familias quienes abandonan sus hogares, y los pueblos quienes deben reconstruir durante décadas lo que la violencia destruyó en unos días.

¿De qué sirve una victoria militar si deja como herencia el odio, la devastación y el sufrimiento de generaciones enteras?

En un mundo donde existen armas nucleares, ninguna confrontación entre grandes potencias puede tratarse con ligereza. Una escalada fuera de control podría producir consecuencias que ningún gobernante tendría capacidad de remediar.

No existirían vencedores verdaderos si estuviera en juego la supervivencia de la humanidad.

Por eso, los dirigentes deben comprender que el poder militar no otorga sabiduría, que las amenazas no sustituyen a la diplomacia y que la capacidad de destruir no constituye una verdadera demostración de grandeza.

La verdadera grandeza de un estadista no consiste en demostrar que puede iniciar una guerra, sino en tener la sabiduría, la serenidad y el valor necesarios para evitarla, y si ya ha empezado, terminarla.

Negociar no es rendirse. Dialogar no significa renunciar a los principios. Rectificar no siempre es una derrota. Por el contrario, se necesita inteligencia y coraje para encontrar soluciones pacíficas cuando las diferencias parecen insuperables.

La paz tampoco significa ignorar las agresiones ni renunciar a la justicia. Significa defender el derecho internacional, proteger a la población civil, exigir responsabilidades y buscar soluciones que impidan que la violencia se perpetúe.

Las grandes potencias tienen una obligación especial: utilizar su influencia para reducir las tensiones, facilitar acuerdos y evitar que los conflictos regionales se conviertan en catástrofes mundiales.

La historia nos está observando

La humanidad ha alcanzado avances extraordinarios en la ciencia, la medicina y la tecnología. Sin embargo, todavía enfrenta el desafío elemental de aprender a convivir sin destruirse.

¿Qué sentido tiene nuestro progreso si no somos capaces de garantizar a las nuevas generaciones un futuro de paz y seguridad?

La historia no está condenada a repetirse. Podemos aprender de ella, corregir nuestros errores y construir un orden internacional más justo. Pero para lograrlo necesitamos dirigentes capaces de anteponer la vida y el bienestar de sus pueblos a las ambiciones personales, los cálculos políticos y las rivalidades de poder.

Por eso, el llamado no se dirige exclusivamente a Trump, Xi Jinping, Putin, Netanyahu o los dirigentes iraníes. Se dirige también a todos los gobernantes que, desde sus respectivas posiciones, tienen la posibilidad de impedir que una crisis se transforme en una tragedia.

El mundo no necesita más dirigentes empeñados en demostrar quién tiene mayor capacidad de destrucción. Necesita estadistas capaces de demostrar quién tiene mayor sabiduría para construir la paz.

Que Donald Trump, Xi Jinping, Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu y los dirigentes de Irán comprendan que el futuro de millones de seres humanos no puede quedar subordinado al orgullo, la intolerancia o la incapacidad de alcanzar acuerdos.

Que entiendan que la paz no es una concesión al adversario, sino una responsabilidad ante la humanidad.

Y que recuerden que la historia juzga no solamente las victorias de los poderosos, sino también las tragedias que pudieron evitar y no evitaron. Y en se juicio se juzgarán, de manera principal, las cabezas de los gobiernos involucrados.

La historia ya nos ha mostrado el precio de la insensatez. No permitamos que las generaciones futuras tengan que escribir, una vez más, la crónica de una tragedia que hoy todavía estamos a tiempo de evitar.

Que la razón venza al orgullo, la diplomacia a las amenazas, la concordia al odio y la vida a la destrucción. Que reine la fuerza del derecho y no el derecho de la fuerza.

Rafael Augusto Sánchez

Licenciado en Derecho: Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). Maestría en Diplomacia y Relaciones Internacionales, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Colegio Dominicano de Abogados. Colegio Dominicano de Notarios. Ex secretario general de la Fundación Testimonio, Inc. Abogado, notario público, exdiplomático, colaborador del periódico Hoy.

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