Lo angustiante no es solo que haya guerra, sino que parece librarse sin final claro, sin un marco que la contenga y sin siquiera el esfuerzo de ser justificada.
La guerra que hoy se despliega —articulada en torno a la acción de Israel y Estados Unidos frente a Irán, y cuya irradiación alcanza escenarios como los territorios de Palestina y del Líbano— se inscribe en ese vacío: un momento en que las normas que históricamente han pretendido limitar la guerra se debilitan, se ignoran o, en no pocos casos, se desprecian. En ese contexto, la guerra deja de responder a un horizonte político reconocible y comienza a normalizarse como instrumento, aun cuando sus consecuencias se expanden más allá de cualquier frontera.
1. Una guerra sin horizonte de cierre
No toda guerra que se prolonga en el tiempo es, por sí misma, una guerra sin horizonte. A lo largo de la historia, numerosos conflictos se han extendido en el tiempo sin perder por ello un objetivo político reconocible, una lógica de negociación o una expectativa —aunque remota— de cierre. Lo que resulta inquietante en la confrontación actual, así como en la devastación persistente en Gaza y el Líbano, es algo distinto: la creciente dificultad para identificar un propósito político verificable que oriente la acción militar hacia una resolución.
No se trata únicamente de la intensidad o la duración del conflicto, sino de una desconexión más profunda entre los medios empleados y los fines declarados. Las operaciones se suceden, las escaladas se encadenan y las amenazas se multiplican, pero el horizonte político se desvanece. ¿Qué significa «ganar» en este contexto? ¿Qué forma tendría una resolución plausible? ¿Dónde se inscribe, hoy, la posibilidad de negociación? Estas preguntas, que en otros momentos constituían el eje de la conducción de la guerra, parecen hoy desplazadas o, en el mejor de los casos, indefinidamente diferidas.
En esa ausencia de horizonte, la guerra comienza a operar en un registro distinto: ya no como instrumento orientado a un fin político claro, sino como una dinámica que tiende a reproducirse. Gaza ofrece una expresión particularmente elocuente de esta lógica: un escenario donde la devastación se prolonga sin que emerja un marco de cierre creíble, y donde la acción militar, lejos de conducir a una solución, parece profundizar la imposibilidad misma de alcanzarla. En ese punto, la guerra deja de ser un medio y comienza a operar como una dinámica que ha perdido incluso la necesidad de justificarse en un final.
2. La erosión de las reglas
La erosión de las reglas no es un fenómeno abstracto ni distante: se manifiesta en la incapacidad creciente de la comunidad internacional para contener la escalada de conflictos, en el debilitamiento de las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas y en la progresiva irrelevancia de los mecanismos diplomáticos tradicionales. El Consejo de Seguridad, paralizado por vetos cruzados e intereses contrapuestos, ha dejado de operar como garante efectivo del orden internacional, mientras la legalidad se vuelve cada vez más maleable frente a la fuerza. (Nada de esto es ajeno a la guerra de Rusia contra Ucrania: allí también se ha normalizado lo excepcional, se han diluido las reglas y se ha impuesto, bajo otras formas, la misma lógica de la fuerza.) En este contexto, lo que antes era concebido como excepción —la suspensión de normas, la justificación de lo injustificable— comienza a instalarse como práctica recurrente.
No se trata de afirmar que las reglas hayan desaparecido, sino de constatar que su capacidad de incidir en la conducta efectiva de los actores se ha debilitado. La justificación de la guerra se vuelve más laxa, sus límites más difusos y los mecanismos orientados a su contención o resolución pierden centralidad frente a la lógica de la acción inmediata. La apelación al derecho, a la proporcionalidad o a la necesidad estratégica persiste en el discurso, pero con frecuencia ha dejado de operar como límite para convertirse en lenguaje de legitimación.
En ese contexto, la guerra se desplaza hacia un espacio de menor contención, donde las decisiones de intervenir, escalar o prolongar el conflicto se adoptan con un margen cada vez más amplio frente a las restricciones que antes operaban —aunque fuera parcialmente— como freno. La confrontación en curso se inscribe en ese desplazamiento: no tanto como ruptura absoluta del orden, sino como evidencia de su progresiva pérdida de fuerza. Cuando las reglas dejan de contener, lo que emerge no es necesariamente el caos, sino una forma más desinhibida del poder.
3. La guerra como práctica disponible del poder
Cuando una guerra puede sostenerse sin un horizonte claro de cierre y las reglas que deberían contenerla pierden eficacia, el uso de la fuerza comienza a desplazarse de su condición de último recurso hacia una condición distinta: una práctica disponible dentro del repertorio ordinario del poder. No es que la guerra deje de ser excepcional en su naturaleza, sino que empieza a ser tratada como opción recurrente, activable sin la misma carga de restricción que en otros momentos imponía el orden internacional.
Este desplazamiento no se produce de manera explícita ni uniforme, pero se insinúa en la facilidad con la que se contemplan, se anuncian o se ejecutan acciones que implican escalamiento. Intervenir, atacar, responder, ampliar el conflicto: decisiones que antes requerían un umbral más alto de justificación comienzan a integrarse en una lógica casi automática de acción. En ese tránsito, la guerra deja de ser concebida como el fracaso de la política para convertirse, progresivamente, en una de sus herramientas.
La guerra en curso —articulada en torno a la acción de Israel y Estados Unidos frente a Irán, junto con la prolongación del conflicto en Gaza y el Líbano—, ilustra este cambio de registro. No se trata únicamente de la gravedad de los hechos, incluida la magnitud de los ataques iniciales y su rápida expansión regional, sino de la forma en que estos se insertan en una dinámica donde la guerra parece cada vez más disponible como opción. Y cuando la guerra se vuelve disponible en un contexto de capacidades tecnológicas y militares que amplifican exponencialmente su poder destructivo, el riesgo deja de estar contenido en el ámbito de los actores que la protagonizan y comienza a proyectarse sobre el conjunto de la humanidad, que queda expuesta a decisiones que ya no admiten margen de error.
Epílogo: Cuando la excepción se vuelve regla
Cuando la guerra puede desplegarse sin horizonte, sin reglas efectivas y sin un marco que la contenga, deja de ser un episodio para convertirse en una posibilidad permanente. En ese tránsito, lo que está en juego ya no es únicamente el destino de los territorios en disputa, sino la estabilidad misma de un mundo que parecía, al menos en parte, regido por ciertos límites.
La humanidad no se enfrenta únicamente a una guerra más, sino a la progresiva instalación de un escenario donde la violencia organizada vuelve a ocupar un lugar central, mientras su capacidad de destrucción alcanza niveles que no admiten error. En ese punto, lo inquietante no es solo que la guerra se libre, sino que deje de percibirse como excepción y comience a asumirse como parte del orden.
Nuevos tiempos bárbaros; la excepción ha cambiado de lugar.
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