Hace unos días observé a un estudiante terminar un trabajo universitario en menos de diez minutos. No abrió un libro. No consultó apuntes. No escribió un borrador. Introdujo unas pocas instrucciones en una inteligencia artificial y, segundos después, descargó un texto impecable.

Lo leyó por encima. Sonrió. Lo entregó. Todos parecían satisfechos. El profesor recibiría un documento correctamente redactado. El estudiante obtendría una calificación. La tecnología habría demostrado, una vez más, su extraordinaria eficiencia.

Solo había un problema: nadie podía asegurar que hubiera ocurrido el aprendizaje.

Mientras lo observaba comprendí que la discusión sobre la inteligencia artificial está desviando nuestra atención del verdadero problema. No estamos frente a una crisis tecnológica. Estamos frente a una crisis de formación. Aquel estudiante no había hecho trampa en el sentido antiguo de la palabra. Había obtenido exactamente lo que nuestra cultura le enseñó a buscar: el resultado, sin el camino que lo hace suyo.

Y entonces comprendí algo más inquietante. Tal vez aquel joven no estaba haciendo nada excepcional. Tal vez simplemente estaba actuando como la cultura le había enseñado.

Aquí aparece la paradoja que sostiene todo lo demás: nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para llegar rápido a un lugar, y nunca habíamos sabido menos qué hacer una vez que llegamos. Confundimos la velocidad con el progreso. Pero la velocidad solo mide cuánto tiempo ahorramos. No mide quién llegó.

Las redes sociales revelan esa confusión mejor que cualquier diagnóstico. Nos muestran la empresa consolidada, pero silencian los años de incertidumbre que la hicieron posible. Admiramos el libro publicado, pero rara vez imaginamos las páginas descartadas. Celebramos al atleta que levanta el trofeo, pero desconocemos las madrugadas de entrenamiento, las lesiones y las derrotas que nadie fotografió. Hemos convertido el resultado en espectáculo y hemos relegado el proceso al olvido.

La filosofía de la acción ya había anticipado el precio de ese cambio. Hannah Arendt distinguía entre el *trabajo*, que produce algo consumible y desaparece, y la *acción*, que solo adquiere sentido cuando se sostiene en el tiempo frente a otros. Lo que estamos perdiendo no es la capacidad de producir textos, informes o trofeos. Es la capacidad de sostenernos en el tiempo el tiempo suficiente para que algo de nosotros mismos quede comprometido en lo que hacemos. Un resultado descargado no compromete a nadie. Un proceso recorrido, sí.

La psicología del desarrollo añade la pieza que falta. Nadie construye criterio propio observando la respuesta correcta. El criterio se construye equivocándose, corrigiendo, volviendo a intentar. El error no es un accidente que retrasa el aprendizaje: es el mecanismo mediante el cual el aprendizaje ocurre. Una generación que evita sistemáticamente el error no está acelerando su formación. Está impidiéndola.

Y aquí la reflexión, que hasta ahora avanzaba sobre bases humanas, se topa con algo que la precede y la ilumina. La Escritura no conoce ningún atajo hacia la madurez. Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, el Señor no lo condujo por el camino corto hacia la tierra prometida, aunque ese camino existía. Lo hizo atravesar cuarenta años de desierto. El texto es explícito sobre el motivo: "para humillarte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón" (Deuteronomio 8:2). El desierto no fue un castigo ni un rodeo administrativo. Fue el único lugar donde un pueblo de esclavos podía convertirse en un pueblo capaz de recibir una tierra y gobernarla con sabiduría. El Eterno pudo haberles dado la tierra en dos semanas. Eligió no hacerlo, porque la tierra sin el desierto habría producido propietarios, no un pueblo.

Esa misma lógica atraviesa toda la Escritura. Pablo no describe la tribulación como un obstáculo que retrasa la bendición, sino como su instrumento: *"la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza"* (Romanos 5:3-4). Ninguna palabra de esa cadena puede saltarse. La esperanza que no atravesó la prueba no es esperanza: es optimismo sin fundamento. Lo que el Padre promete nunca llega por instrucción inmediata. Llega por formación sostenida. Y en eso, el Evangelio no añade una capa piadosa a la reflexión anterior: la reordena por completo. Lo que la filosofía llamaba acción y la psicología llamaba desarrollo del criterio, la fe lo llama santificación: el proceso mediante el cual una persona deja de ser lo que era sin dejar de necesitar tiempo para llegar a serlo.

Por eso el verdadero riesgo de nuestra época no es que la inteligencia artificial piense por nosotros. Es que aceptemos, sin advertirlo, que pensar es un costo que ya no vale la pena pagar. Queremos liderazgo sin aprendizaje, autoridad sin responsabilidad, reconocimiento sin servicio. Aspiramos a ocupar posiciones para las cuales todavía no hemos preparado el carácter. Y una civilización no comienza a deteriorarse cuando deja de producir riqueza o innovación. Comienza a deteriorarse cuando deja de valorar los procesos que forman a las personas capaces de administrar esa riqueza sin ser destruidas por ella.

La tecnología puede producir textos. Puede organizar información. Puede responder preguntas con una precisión que ningún estudiante alcanzaría solo. Pero jamás podrá recorrer por nosotros el desierto mediante el cual un ser humano aprende a pensar con criterio, a corregirse con humildad y a decidir con sabiduría. El conocimiento siempre ha podido transmitirse en segundos. La formación, nunca. La información puede descargarse. El carácter tiene que construirse, y esa construcción exige exactamente lo que ninguna herramienta puede ofrecer: tiempo atravesado, no tiempo ahorrado.

Aquel estudiante cerró su computadora, convencido de que había terminado un trabajo. En realidad, apenas había evitado comenzarlo.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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