Los hechos violentos y despiadados del poder colonial sobre países y comunidades vulnerables alrededor del mundo nos han hecho testigos de la barbarie. Sin embargo, también han activado las alertas en una fuerza que había sido olvidada y desarticulada por oscuros intereses. Esa fuerza es el verdadero poder: el pueblo unido en una sola causa, la defensa de sus derechos y el respeto a su dignidad como seres humanos. De la reunión de individuos con intereses comunes surgen las instituciones en defensa de verdaderos acuerdos; esa fuerza descansa y es la sociedad civil de cada nación. En la medida de su fortaleza y organización, descansa la posibilidad de que esta sociedad mejore. Es la verdadera fuerza del cambio, ya que puede presionar para que sus demandas sean atendidas y pasen a forma de ley su aplicación desde los Estados.
Ningún gobierno tiene derecho a decidir por la suerte de su pueblo sin antes haberlo consultado. Debe respetar las leyes que lo amparan desde su constitución, y es en base a esto que el pueblo demanda el respeto a su soberanía. Mientras no existan partidos políticos que contribuyan al fortalecimiento de la sociedad civil, ninguno de esos partidos ofrecerá verdaderas garantías para su pueblo. Son el mismo engaño de siempre: la propaganda vacía centrada en un sujeto patrocinado por oscuras fuerzas, con dinero para comprar voluntades débiles y sin identidad. Todos los partidos políticos dominicanos adolecen de esta falta.
Organizar a los trabajadores en gremios de profesiones y entre estos definir sus prioridades es el primer inicio para que ningún gobierno engañe a su pueblo. El presidente Luis Abinader ha cometido muchos errores en su mandato, pero es quien más ha respetado las demandas del pueblo organizado en protesta. En ese sentido crea un precedente en la administración pública; debería ser de él pedir y liderar el fortalecimiento de la sociedad civil independiente de todas las fuerzas políticas, pues en esa independencia descansa su verdadera fuerza. De lo contrario, no puede facilitar los beneficios del cambio si lo hace desde un partido de oposición, ya que en las promesas de cargos los líderes sin formación ética suprimen las demandas del pueblo por los beneficios personales.
Esta urgencia de articulación ciudadana no es un ideal aislado; reverbera hoy con fuerza en el continente. Se observa nítidamente en Bolivia: sus sindicatos de trabajadores mineros y todas las instituciones en que se organiza la sociedad civil han demandado en las calles el respeto a su soberanía, demostrando la unidad del pueblo en una concentración de fuerzas articulada que no deja espacio para la duda, decidiendo así sobre su propia suerte. Es la revolución la culminación de las causas en el enfrentamiento del pueblo frente a su gobierno, en la búsqueda perpetua de restaurar el sentido. ¡Arriba el pueblo de Bolivia y su autodeterminación! ¡Viva la resistencia!
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