La Psicología Social define “la Esperanza” como un constructo social que no es biológico ni físico, sino una idea, emoción y un marco cultural que las personas, las comunidades y las sociedades crean, comparten y legitiman, a través de la interacción social.

Por su parte, “la Esperanza” tiene una raíz psicológica y emocional por la forma en que se expresa, se valora y se proyecta, según el entorno cultural, la historia, la religión y el sistema político que impera en una sociedad determinada.

En tal Sentido, la Psicología Social y la Neuropsicología reconocen que, “la Esperanza” no se puede tocar ni medir en un laboratorio como un fenómeno de la física, pero esta tiene efectos tangibles e intangibles sobre la conducta y el comportamiento personal, comunitario y social de los seres humanos a nivel global.

Asimismo, “la Esperanza” actúa como una fuerza motivadora y movilizadora que impulsa a las personas, a los grupos, a las comunidades y a las sociedades a enfrentar crisis, construir paradigmas, crear organizaciones e instituciones, educar y guiar a las nuevas generaciones en busca de justicia social. Es decir, la Esperanza se sitúa como un motor de transformación y desarrollo.

Además, “la Esperanza” ayuda a las personas, a los grupos, a las comunidades y a sus organizaciones, a enfrentar y sobrellevar momentos de crisis y adversidad,  construyendo y compartiendo una narrativa común para la cohesión grupal y, a su vez, enfrentar la crisis o la adversidad con resiliencia.

De su lado, los diferentes libros históricos “sagrados” que se conocen, la mayoría coinciden en que, “la Esperanza” es una fuerza espiritual activa, un ancla en los momentos difíciles y la certeza de que el bien o lo divino prevalecerá, sin importar las circunstancias. En tal sentido, en el contexto judeocristiano de la Biblia, “la Esperanza” no es un simple deseo, sino una certeza absoluta basada en la fidelidad de Dios.

También, en el Antiguo Testamento (El Tanaj), “la Esperanza” se asocia fuertemente con la espera paciente y la confianza según el versículo 40:31 de Isaías que dice: “Pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como águilas, correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán”.

Por su parte, en el Nuevo Testamento”, la Esperanza” se convierte en una de las tres virtudes teologales, junto a la Fe y al Amor, refiriendo en Romanos 12:12: “Alégrense en la Esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración”, lo que convierte a “la Esperanza” como el Ancla del Alma (Hebreos 6:19).

En tal sentido, en el Corán (Islam), “la Esperanza” (Raja) está intrínsecamente ligada a la Fe y a la Confianza absoluta en Alá y su Misericordia Divina, estando estrictamente prohibido caer en la desesperación total, ya que se considera una falta de Fe en el Poder de Dios.

Asimismo, el Corán dice en la Sura 39:53: “no desesperen de la misericordia de Alá, pues Alá perdona todos los pecados. Él es el Absolvedor, el Misericordioso”. “La Esperanza” impulsa al creyente a seguir actuando con rectitud.

No obstante, los textos budistas  (el Dhammapada) no ven a “la Esperanza” como una intervención Divina, sino como una actitud mental positiva y desapegada que permite superar el sufrimiento, a confiar en que el ser humano puede alcanzar la iluminación y liberarse del dolor por sí mismo.

Además, los textos budistas proclaman que las cosas difíciles se resuelven por las propias acciones del Hombre (KARMA) y el Noble Camino Óctuple”, lo que incluye la transformación personal, en vez de esperar un cambio externo. En tal sentido, “la Esperanza” para los budistas tiene la certeza de que la mente puede ser transformada y purificada, sin la intervención de un Acto Divino.

Por su lado, la Psicología Social y la Neuropsicología reconocen que, “la Esperanza” activa el sistema límbico, órgano que está compuesto por un conjunto de estructuras cerebrales interconectadas, las cuales son las responsables de regular las emociones, la memoria, el aprendizaje y los instintos de supervivencia al activar la Amígdala Cerebral.

En tal sentido, la Psicología Social y la Neuropsicología saben que, la Amígdala Cerebral procesa las emociones, tales como el miedo, la ira y las respuestas de defensa; mientras que, el hipotálamo regula las funciones vitales del organismo humano, como es el caso del apetito, el sueño, la temperatura corporal y las respuestas al estrés.

Como hemos podido observar en el cuerpo de este artículo, “la Esperanza” juega un rol fundamental en la búsqueda de una vida equilibrada y el bienestar físico y psicoemocional como un derecho que les asiste a todos los seres humanos, sin distinción de raza, color, religión, simpatía política y condición socioeconómica.

Finalmente, “la Esperanza” aporta un sentido de pertenencia a los seres humanos, a las comunidades, a los grupos sociales, culturales y a las instituciones para enfrentar las situaciones críticas y adversas que les afectan.

“Si supiera que el Mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol” (Martin Luther King.

Telésforo González Mercado

Psicología Social

Telesforo Gonzalez Mercado es Especialista en Psicología Social, Dr. en Planificación Estratégica, académico e investigador. Profesor y tutor para estudiantes de Maestrías y Doctorados en Ciencia para estudiantes de los USA y Canada. Es Conferencista y articulista sobre temas relacionados con el medio ambiente y el cambio climático, resiliencia, construcción de ciudadanía, planificación estratégica, inteligencia emocional y liderazgo. Es Experto en Cooperación Internacional para el Desarrollo. Fue Rector de la Universidad Agroforestal Fernando Arturo de Meriño (UAFAM).

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