El nuevo año escolar dominicano comenzó acompañado de una polémica que ya conocemos: la presencia de niños haitianos en las escuelas públicas. Se habla de planteles saturados, falta de cupos y estudiantes extranjeros que estarían ocupando pupitres que corresponden a los dominicanos.

El problema de los cupos existe en determinados lugares, pero quizás no siempre por las razones invocadas.

La directora de una escuela pública de un sector con importante presencia haitiana explicaba que su plantel no reserva plazas según la nacionalidad. Inscribe a los niños en el orden en que llegan hasta completar su capacidad. Este año muchas madres extranjeras acudieron temprano. Algunas familias dominicanas llegaron cuando ya no quedaban cupos.

Tampoco parece tan sencillo que un niño recién llegado de Haití pueda incorporarse inmediatamente al sistema. Los estudios realizados en el extranjero requieren documentos, certificaciones, legalizaciones y, según los casos, traducciones y otros trámites costosos y difíciles de completar rápidamente.

Una cosa es constatar que faltan cupos y otra encontrar rápidamente a quién atribuirle la culpa. Frente a un problema complejo buscamos una causa visible y una respuesta inmediata. Sin embargo, la escuela enfrenta hoy transformaciones mucho más profundas para las cuales nadie parece tener respuestas definitivas.

No somos los únicos. Francia, con una larga tradición de educación pública y recursos muy superiores a los nuestros, ofrece un ejemplo interesante. Un reciente análisis del periódico Le Monde sobre veinticinco años de modificaciones del Código de Educación muestra una sucesión casi ininterrumpida de reformas. 

Gabriel Attal, ex primer ministro, acaba de entrar nuevamente en el debate con nuevas propuestas: clases más pequeñas en primaria, enseñanza más individualizada, mayores salarios para los docentes y medidas para combatir los llamados “guetos escolares”. Propone incluso que un ministro de Educación permanezca cinco años en el cargo para garantizar cierta continuidad. Reformar continuamente no significa necesariamente transformar.

La educación necesita tiempo para formar maestros, modificar prácticas y evaluar resultados. Pero mientras los sistemas educativos se toman ese tiempo, el mundo al que deben preparar a los alumnos cambia a una velocidad cada vez mayor.

La inteligencia artificial acaba de llevar esa contradicción a otra dimensión. Todavía se discute sobre el uso de los teléfonos celulares en las aulas. Hoy un estudiante puede pedir a una inteligencia artificial que escriba un ensayo, resuelva un problema matemático, traduzca un texto o le explique un acontecimiento histórico.

La escuela siempre tuvo que adaptarse a los cambios de la sociedad. La diferencia es la velocidad. Cuando un sistema educativo comienza a entender una transformación, ya tiene otra delante. No es extraño que maestros, familias y hasta quienes diseñan las políticas educativas se sientan desbordados.

Nunca los niños y jóvenes tuvieron tanta información a su alcance y quizás nunca haya sido tan necesario enseñarles a pensar. Saber leer ya no puede significar solamente descifrar palabras. Hay que comprender un texto, relacionar ideas, distinguir un hecho de una opinión, identificar una información falsa. Aprender matemáticas no consiste únicamente en memorizar operaciones, sino también en desarrollar la capacidad de razonar.

Los conocimientos siguen siendo indispensables, pero la escuela debe además enseñar a preguntar, argumentar, dudar, crear y aprender: ahí aparece el maestro.

Queremos una escuela diferente, pero esperamos que la construyan docentes que fueron formados para otro modelo. En un mismo curso puede haber un niño que lee perfectamente y otro que apenas descifra una frase. Uno cuenta con libros, internet y apoyo familiar; otro llega cargando dificultades sociales y familiares. A ello se agregan los problemas de aprendizaje, las pantallas, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial.

El maestro necesita formación, acompañamiento y herramientas, pero también disposición al cambio. Ninguna reforma educativa puede funcionar si termina deteniéndose en la puerta del aula.

República Dominicana ha realizado un esfuerzo considerable para ampliar la cobertura educativa, construir escuelas y mantener a más niños dentro del sistema. Pero estar escolarizado no significa necesariamente estar aprendiendo.

Un niño puede pasar años en la escuela, avanzar de curso y continuar teniendo dificultades para comprender lo que lee, escribir correctamente o realizar operaciones matemáticas elementales.

Podemos discutir quién consiguió primero un cupo, cuántas aulas necesitamos, qué reforma aplicar o qué hacemos con la inteligencia artificial. Pero al final, frente a cada niño sentado en un pupitre, dominicano o haitiano, queda la pregunta más sencilla y quizás la más importante:

¿Está aprendiendo?

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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