Sin lugar a dudas, estamos atravesando un período caracterizado por una profunda erosión de las instituciones democráticas y la seducción del autoritarismo. Los resultados de los recientes procesos electorales en Colombia, Perú y Chile así lo confirman.

Los especialistas en democracia han documentado esta tendencia con análisis sobre el ocaso, el declive y el malestar democrático. Año tras año, los estudios empíricos de Latinobarómetro registran el creciente descontento y escepticismo de los ciudadanos hacia las instituciones y los actores políticos de la región.

De manera que en este artículo nos preguntamos: ¿qué está erosionando la confianza en las instituciones democráticas y seduciendo a los ciudadanos hacia diversas formas de autoritarismo?

La democratización en América Latina

El proceso de democratización en América Latina durante los años setenta y ochenta constituye uno de los fenómenos políticos más importantes del siglo XX para la región. La historia de la democracia fue, ante todo, una lucha contra el autoritarismo, la corrupción y el neopatrimonialismo. Contra los fraudes electorales, la militarización de la sociedad, los golpes de Estado y la supresión de libertades públicas que caracterizaron a gran parte de los países de la región durante la Guerra Fría.

Varios autores coinciden en que el desgaste de los regímenes autoritarios y el impulso democrático de los años ochenta pueden explicarse por factores externos e internos. A nivel externo, influyeron la crisis económica, la globalización de los mercados, la revolución de las tecnologías de la comunicación y la política exterior liberal de la Administración Carter en Estados Unidos. A nivel interno, resultaron determinantes las luchas de los partidos de oposición, los liderazgos democráticos, la participación de la sociedad civil, la opinión pública, la Iglesia y el desarrollo de los movimientos sociales populares.

Las transiciones fueron sucesivas: en la República Dominicana, en 1978, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) derrotó al gobierno autoritario del Partido Reformista Social Cristiano, que había gobernado con mano dura desde 1966. En 1979, por presión popular, el gobierno militar ecuatoriano convocó elecciones; ese mismo año, la Revolución sandinista derrocó al dictador nicaragüense Anastasio Somoza. El poder civil se restableció en Perú en 1980, en Honduras en 1981, en Argentina en 1983 y en Uruguay y Brasil en 1985. Para principios de los años noventa, la mayoría de los países latinoamericanos habían completado su transición hacia la democracia.

Sin embargo, lo que predominó en esa primera etapa fue una concepción restringida de la democracia política —la llamada poliarquía—, centrada en el pluralismo partidario, la competencia electoral y las libertades civiles básicas. Con el tiempo, esta noción se amplió hacia una democracia social que incorpora demandas de justicia distributiva: salario digno, servicios públicos de calidad y participación cívica de los ciudadanos.

La democracia representativa en la región se desarrolló bajo la influencia del Consenso de Washington: liberalización de mercados, eliminación de barreras arancelarias, privatización de empresas públicas, reducción del gasto público y reforma fiscal. Las consecuencias fueron el aumento del desempleo, la precarización salarial, la inflación y el encarecimiento del costo de vida. Es precisamente el fracaso de esta democracia neoliberal el que ha creado las condiciones sociopolíticas para la seducción del autoritarismo.

Autoritarismos de izquierda: Venezuela y Nicaragua

Para la mayoría de los politólogos y los sondeos de cultura democrática en la región, Venezuela y Nicaragua fueron los primeros países en iniciar un proceso sistemático de erosión de sus instituciones democráticas en el siglo XXI. Sus trayectorias ilustran dos caminos distintos hacia el autoritarismo.

En Venezuela, los escándalos de corrupción de los gobiernos de Carlos Andrés Pérez actuaron como catalizador definitivo para el colapso del sistema bipartidista, generando un descontento social y político que facilitó el ascenso de Hugo Chávez al poder en 1999. Con Chávez comenzó una reconfiguración de las reglas de juego democráticas: se incrementaron las transferencias sociales y la inversión pública, pero también se produjo la captura progresiva de los poderes legislativo, judicial y militar, se reprimió a la oposición política y se restringieron las libertades públicas de expresión y asociación.

En Nicaragua, tras la caída de la dictadura de Somoza, Daniel Ortega retornó a la presidencia en 2007. Reformó la Constitución para permitir la reelección indefinida, concentró los poderes del Estado y eliminó o exilió a la oposición política. Lo que comenzó como un gobierno de izquierda popular derivó en un régimen familiar de carácter dinástico y represivo.

Autoritarismo por seguridad: El Salvador

El caso de El Salvador ilustra otra vía de la erosión democrática: frente al incremento de la violencia extrema provocada por las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18, y ante la incapacidad de los partidos tradicionales para ofrecer soluciones, Nayib Bukele en 2019 llegó al poder con un discurso antiestablishment y la promesa de restablecer la seguridad y el orden social. Bajo su gobierno se instauró un régimen de excepción que permite el uso de la violencia estatal de forma masiva con escaso control judicial y produjo una reforma constitucional que habilita al mandatario a la reelección consecutiva.

Crisis fiscal y democracia iliberal: Argentina

En Argentina, Javier Milei llegó al poder en 2023 como respuesta a la severa crisis fiscal y los procesos inflacionarios generados por los gobiernos peronistas. Su proyecto es fundamentalmente económico: cierre de ministerios, despido masivo de empleados públicos, desregulación y privatizaciones. Su caso responde a la categoría de populismo liberal o autoritarismo competitivo.

Derecha conservadora: tendencias en la región

En otros países de la región se observan tendencias similares hacia gobiernos de derecha que combinan discursos de orden, mano dura, ataque a la migración y libre mercado. En Chile, la figura de José Antonio Kast ha capitalizado el descontento frente a la inseguridad, la migración irregular y la percepción de ineficacia económica del gobierno de izquierda. En Colombia y Perú, candidatos con perfiles similares han logrado capturar sectores amplios del electorado apelando al miedo, el rechazo a la izquierda y la promesa de restaurar el orden.

La retórica del autoritarismo contemporáneo

A pesar de las diferencias ideológicas y las particularidades nacionales, las diversas formas de autoritarismo en la región comparten una gramática política reconocible. Sus retóricas se articulan en torno a cuatro ejes:

Primero, una narrativa populista de oposición entre élites corruptas (los culpables), el pueblo sufriente (las víctimas) y el líder mesiánico (el salvador). Esta estructura discursiva simplifica y anula la complejidad política.

Segundo, un discurso nacionalista que responsabiliza a la migración y a las instituciones internacionales de regulación —organismos de derechos humanos, cortes regionales— de los problemas internos, presentándolos como amenazas a la soberanía nacional.

Tercero, una retórica de mano dura frente al narcotráfico, la delincuencia y el desorden social, que justifica la suspensión de garantías constitucionales en nombre de la seguridad y, cuarto, un discurso conservador y antiliberal que se opone a la diversidad cultural, los derechos individuales y las políticas de género, presentando estos avances como amenazas a valores nacionales y religiosos tradicionales.

Para concluir, hay que subrayar que la ciudadanía no abraza el autoritarismo por convicción racional, sino como una respuesta emocional frente al vacío existencial, el deterioro institucional, la desconfianza e incertidumbres políticas producidas por la democracia neoliberal. Pero esto lo dejaremos para el próximo artículo.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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