¿Y si detrás de muchos de los problemas que hoy nos quitan el sueño a los dominicanos existiera una asignatura que todavía no hemos aprendido a aprobar como sociedad? Mientras reclamamos seguridad, denunciamos la delincuencia y maldecimos los tapones, pocas veces colocamos la educación en el centro de la conversación. Sin embargo, quizás estemos buscando las respuestas en los lugares equivocados y dejando de mirar una de las herramientas más poderosas para transformar nuestra realidad.
Los sondeos de opinión pública confirman que la inseguridad, el costo de la vida y otros problemas cotidianos concentran buena parte de las preocupaciones nacionales. recientemente una encuesta nacional situó la delincuencia y la inseguridad entre las principales inquietudes de los ciudadanos, junto con la inflación y el alto costo de la vida. Aunque las prioridades varían según el estudio, hay una pregunta que merece mayor atención: ¿cuánto de lo que padecemos podría prevenirse con una educación que enseñe no solo a leer y escribir, sino también a convivir, respetar las normas y asumir responsabilidades?
Pensemos en la seguridad ciudadana. Necesitamos policías preparados, justicia eficiente, instituciones confiables y consecuencias para quienes violan la ley. Pero también necesitamos hogares que formen en valores, escuelas que enseñen a resolver los conflictos sin violencia y comunidades que rechacen la normalización de las conductas delictivas. La educación no sustituye la autoridad ni elimina por sí sola la criminalidad; contribuye a construir ciudadanos con más herramientas para elegir otros caminos y una sociedad menos tolerante con la violencia.
Miremos ahora el caos del transporte. Ninguna reforma vial será suficiente si persisten la imprudencia, el irrespeto a las señales, la conducción temeraria y la convicción de que las normas son para los demás. Podemos construir elevados, ampliar avenidas y modernizar el transporte público, pero la infraestructura pierde parte de su valor cuando falta educación vial y cultura ciudadana. El orden del tránsito no depende exclusivamente de los agentes de la DIGESETT: comienza en la conciencia de cada conductor, motorista, peatón y pasajero.
Con la delincuencia ocurre algo parecido, aunque sus causas sean mucho más complejas. La pobreza no convierte automáticamente a nadie en delincuente, ni la falta de educación explica todos los delitos. Sin embargo, cuando a las desigualdades se suman escuelas que no garantizan aprendizajes, familias sin apoyo, escasas oportunidades y comunidades abandonadas, aumenta la dificultad de construir proyectos de vida alejados de la violencia. Una educación pertinente, conectada con la formación técnica, el empleo y el emprendimiento, puede abrir puertas que de otro modo permanecerían cerradas. Prevenir también significa ofrecer oportunidades antes de que sea demasiado tarde.
Por eso, el debate educativo dominicano no puede reducirse a presupuestos, construcciones escolares, jornadas extendidas o estadísticas de cobertura. Todo eso importa, pero la pregunta decisiva es qué estamos aprendiendo y qué clase de ciudadanos estamos formando. Necesitamos comprensión lectora, pensamiento crítico, disciplina, educación financiera, formación ética, habilidades para el trabajo y respeto por la ley. Y necesitamos que la familia, la escuela, las iglesias, los medios de comunicación, el sector privado y el Estado asuman su parte. La educación es demasiado importante para dejarla únicamente en manos del sistema escolar.
La República Dominicana no resolverá sus grandes problemas con una sola medida ni con discursos que prometan soluciones inmediatas. Pero seguirá pagando un precio demasiado alto si trata la educación como un asunto sectorial, desconectado de la seguridad, el transporte, la convivencia y el desarrollo económico. La educación no es solamente una respuesta a los problemas del país; es una de las condiciones para que muchas de sus soluciones sean sostenibles. Si queremos calles más seguras, un tránsito más ordenado y una sociedad menos violenta, debemos empezar por formar ciudadanos capaces de comprender que vivir en comunidad implica derechos, deberes y límites. Porque una nación puede construir más carreteras, levantar más edificios y comprar más equipos; pero si no educa a su gente para vivir mejor, continuará tropezando con los mismos problemas.
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