La educación artística como pedagogía de lo sensible[*]

Agradezco al Departamento de Educación Artística del Ministerio de Educación de la República Dominicana (MINERD) por la amable invitación que me hiciera a participar en este Foro Nacional de Educación Artística 2026. Creo que este espacio de diálogo y reflexión se debe mantener abierto al intercambio libre y al debate crítico de las ideas sobre la necesidad y la importancia de la educación en artes como parte de la formación integral en la enseñanza preuniversitaria con miras al pleno desarrollo humano del individuo.

Soy docente universitario y por espacio de tres décadas he estado vinculado a la educación artística y estética en la enseñanza superior. Durante los últimos veinte años, la Escuela de Crítica e Historia de Arte de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, a la que pertenezco, ha venido celebrando de manera ininterrumpida simposios anuales de historia y crítica de arte. La educación artística, en todos sus niveles, ha sido uno de los temas recurrentes de esos simposios. En octubre de 2019, por ejemplo, el tema del XIV Simposio fue “Arte, educación artística y diversidad cultural”. Menciono ahora estos eventos académicos porque revelan la pertinencia y actualidad de debatir el tema que nos ocupa como parte del debate en torno a la educación formal en nuestra sociedad.

Reconozco que nada de lo anterior me faculta para hablar de la educación preuniversitaria, nivel en el que no laboro. Sin embargo, los jóvenes que llenan nuestras aulas provienen de ese nivel y muchos de mis alumnos son estudiantes de nuevo ingreso que recién han acabado el bachillerato para estrenarse en la vida universitaria. El contacto directo y cotidiano con esta realidad me ha vuelto más sensible a la enseñanza de primer y segundo nivel.

¿Cuál es el propósito de la formación y enseñanza de los niños y los jóvenes? ¿Cuál es el objetivo de la educación artística como asignatura en la enseñanza preuniversitaria? ¿De qué sirven hoy las competencias específicas del área como la apreciación y la expresión artística?

Escalarte

La educación artística preuniversitaria se suele definir como el proceso de enseñanza-aprendizaje de las artes dirigido a los estudiantes preuniversitarios, integrado en los niveles escolares previos a la universidad: el primario y el secundario. Como modelo formativo, asume las prácticas artísticas como instrumento de investigación y creación en contextos variados, incluyendo áreas como las artes visuales (pintura, escultura, dibujo, fotografía), las artes escénicas (teatro, danza), la música y las artes audiovisuales (cine, multimedia).

Sus aportes y sus beneficios son bien conocidos. Y si bien están ahí, a la vista de todos, no son valorados en justicia por un sistema educativo obsoleto que sigue considerando la formación artística como algo tangencial, secundario, complementario: un “relleno”.  Pese a su valioso aporte a la sociedad, en todos sus niveles, sigue enfrentando hoy la oposición férrea de adversarios hostiles al arte y las reservas infundadas de tibios e incrédulos. Unos y otros hacen causa común en su contra. No obstante, la verdad se revela por sí misma: el arte tiene un valor educativo y social; la educación artística forma niños y adolescentes sensibles, creativos y críticos. Primero: despierta la creatividad, la imaginación, la sensibilidad humana, las emociones y el pensamiento crítico de los niños y los jóvenes. Segundo: estimula las capacidades cognitivas, la memoria, la concentración, la capacidad de resolución de problemas. Tercero: permite adquirir habilidades prácticas en disciplinas específicas antes de elegir una carrera profesional. Por último, pero no menos importante: ayuda al estudiante a forjar su identidad, a conocer y reconocer su entorno, a descubrir sus talentos y a definir su vocación y su proyecto de vida antes de ingresar a la universidad.

A mi juicio, la unión de sensibilidad y pensamiento crítico crea una facultad nueva que es un híbrido: el pensamiento sensible. De este tipo de pensamiento, del cual se ocupa la estética, se habla poco, se piensa poco, pero resulta esencial no sólo para desarrollar competencias como la apreciación y la expresión artística, sino también para posibilitar la apropiación estética y sensorial del mundo. Por eso es necesario hablar hoy de la educación artística como pedagogía de lo sensible.

Más allá de lo que todos sabemos y enseñamos, pienso que la educación artística es también una herramienta clave para el empoderamiento ciudadano y la creación de ciudadanía cultural. Como parte del proceso formativo integral, promueve la comprensión crítica de la cultura, fomenta el respeto a la diversidad cultural y fortalece el sentido de pertenencia a la comunidad. Porque de lo que se trata hoy es de formar ciudadanos, no solo bachilleres, no sólo futuros estudiantes universitarios que van a ocupar un asiento en las aulas de nuestras universidades para ser profesionales en el día de mañana; ciudadanos capaces de admirar la belleza de la obra de arte sin desvincularla de la vida y la sociedad, de percibir lo bello y lo siniestro, la maravilla y el horror del mundo; ciudadanos dotados de sensibilidad, de imaginación creadora, pero también de empatía con los otros ciudadanos, con su entorno y con su medio ambiente. Esta tarea de formar ciudadanos equivale a empoderarlos. La formación artística es una de las diversas formas de empoderamiento.

Pero este proceso no puede producirse sin la participación del docente. El docente de educación artística en la etapa preuniversitaria debe reunir un determinado perfil. No importa cuánto sepa o cuán bueno sea en esta o aquella área del saber. Si no tiene sensibilidad por el arte y la cultura, vocación por la enseñanza, pasión por el conocimiento, no debe enseñar, ni debe ser parte del sistema educativo preuniversitario.

Para enseñar educación artística no es absolutamente necesario ser artista. De hecho, hay artistas (y no pocos) que son buenos creadores, pero malos docentes, y por esa razón harían bien en mantenerse en sus ateliers, sus espacios soberanos de creación, sin ponerse a enseñar. Lo que sí resulta indispensable es tener conocimientos, vocación y pasión por la enseñanza, sensibilidad estética, conexión real y auténtica con las artes -esto es, experiencia vital con alguna práctica artística. Porque no se trata sólo de transmitir saberes y conocimientos. En realidad, los saberes y conocimientos no se “transmiten”, como usualmente creemos, y mucho menos se “transfieren”, como si se tratara de una transferencia electrónica bancaria. La educación es un proceso de enseñanza-aprendizaje en contexto, un proceso de construcción de saber y conocimiento. Más que transmitirse, como se transmite determinado mensaje, los saberes y conocimientos se construyen en común, en una relación de doble vía entre el enseñante y el aprendiente.

[*] Esta ponencia fue presentada en el Foro Nacional de Educación Artística, celebrado en la Sala Aida Bonelly de Díaz del Teatro Nacional, el 25 de septiembre de 2026. En ausencia nuestra, el doctor Lázaro Estrada, del MINERD, tuvo la gentileza de leerla al público.

Fidel Munnigh

Filósofo

Filósofo y escritor. Doctor en filosofía por la Universidad Carolina de Praga, República Checa. Profesor adjunto en la Facultad de Artes y la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Traductor. Autor de los libros Huellas del errante (2002), La memoria incautada (2007), La condición rebelde (2010), Pensar la imagen, pensar la mirada (2017) y Ejercicios de resistencia (2022). fidelmunnigh@gmail.com

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