La economía mundial atraviesa una fase que, observada desde la superficie, puede confundirse con estabilidad. Tras una sucesión de crisis de gran magnitud, los principales organismos multilaterales coinciden en que el sistema global ha evitado una recesión abierta y mantiene tasas de crecimiento positivas. La inflación retrocede, los mercados financieros se han estabilizado parcialmente y la actividad económica continúa expandiéndose. Sin embargo, esta aparente normalidad no expresa fortaleza estructural, sino una capacidad creciente para sostener equilibrios frágiles sin transformar las bases del crecimiento. La estabilidad observada no es sinónimo de avance, sino de contención.
Las cifras permiten entender mejor esta paradoja. El Fondo Monetario Internacional proyectó en octubre de 2025 un crecimiento mundial de 3.2 por ciento para 2025 y 3.1 por ciento para 2026. El Banco Mundial, incorporando información más reciente y supuestos más restrictivos sobre comercio e inversión, estima una trayectoria menor, con un crecimiento de 2.7 por ciento en 2025, 2.6 por ciento en 2026 y 2.7 por ciento en 2027 (Fondo Monetario Internacional, 2025; Banco Mundial, 2026). Estas diferencias metodológicas no son contradictorias. Ambas lecturas convergen en un mismo diagnóstico de fondo. El crecimiento esperado es moderado, vulnerable y claramente insuficiente para impulsar una transformación estructural de la economía global.
Este patrón ayuda a explicar por qué la desaceleración inflacionaria no se ha traducido en un nuevo ciclo expansivo. La reducción de la inflación observada en la mayoría de las economías no responde a un aumento sostenido de la productividad, sino al enfriamiento de la demanda y al efecto acumulado de políticas monetarias restrictivas. El resultado es un entorno de crecimiento bajo combinado con tasas de interés reales relativamente elevadas, un equilibrio que preserva la estabilidad nominal, pero debilita la inversión productiva y la creación de empleo de calidad. La economía gana previsibilidad, pero pierde impulso.
Como ha advertido Joseph Stiglitz, la desinflación obtenida a costa de contracción económica puede estabilizar precios en el corto plazo, pero lo hace sacrificando capacidades futuras de crecimiento y profundizando tensiones distributivas (Stiglitz, 2019). Este riesgo se manifiesta cuando la política monetaria logra contener la inflación sin que emerja un motor alternativo de productividad que sostenga la expansión.
Las economías avanzadas ilustran con claridad esta dinámica. Estados Unidos, la zona del euro y Japón han logrado evitar una recesión profunda gracias al uso activo de la política fiscal y a mercados financieros relativamente resilientes. Sin embargo, este sostén se produce en un contexto de endeudamiento público elevado y crecimiento potencial estancado. En el caso estadounidense, las proyecciones de deuda superan ampliamente el 140 por ciento del PIB hacia el final de la década, lo que limita el margen de maniobra futuro (Fondo Monetario Internacional, 2025). El crecimiento observado se apoya más en la valorización financiera y en sectores altamente concentrados que en mejoras generalizadas del tejido productivo. Se mantiene el equilibrio, pero no se amplía la base del progreso.
Thomas Piketty ha señalado que cuando el crecimiento económico se sitúa de forma persistente por debajo del rendimiento del capital, la estabilidad macroeconómica puede coexistir con una creciente concentración de ingresos y riqueza, erosionando la cohesión social y la legitimidad del modelo económico (Piketty, 2014). Este fenómeno ayuda a entender por qué la estabilidad en las economías avanzadas no se traduce necesariamente en bienestar compartido.
Esta asimetría se vuelve más evidente al observar los mercados emergentes. El FMI destaca su resiliencia frente al endurecimiento de las condiciones financieras internacionales, pero dicha resiliencia no equivale a convergencia económica. Más de una cuarta parte de las economías emergentes y en desarrollo mantiene niveles de ingreso per cápita inferiores a los registrados antes de la pandemia, mientras la deuda pública alcanza máximos históricos de más de medio siglo (Banco Mundial, 2026). La estabilidad lograda descansa en ajustes cambiarios, contención del gasto y postergación de inversiones estratégicas. Es una estabilidad defensiva, construida a costa del futuro.
Daron Acemoglu ha subrayado que sin instituciones capaces de orientar la inversión hacia una productividad inclusiva, la estabilidad macroeconómica resulta insuficiente para generar desarrollo sostenible (Acemoglu y Robinson, 2012). En ausencia de ese andamiaje institucional, la resiliencia se convierte en mera capacidad de aguante, no en una vía de transformación.
América Latina y el Caribe constituyen un caso paradigmático de este estancamiento administrado. El crecimiento proyectado para la región apenas alcanza niveles que permiten sostener el equilibrio macroeconómico, pero no resolver problemas estructurales de empleo, informalidad y desigualdad. La inflación muestra una tendencia descendente, pero sigue siendo elevada en varios países. Los déficits de cuenta corriente persisten y el empleo se precariza. La región no enfrenta una crisis abierta, pero permanece atrapada en una trayectoria de bajo crecimiento y alta vulnerabilidad externa.
Como ha planteado Dani Rodrik, la ausencia de una estrategia productiva coherente conduce a equilibrios que evitan el colapso político, pero renuncian al desarrollo económico de largo plazo (Rodrik, 2011). Esta lógica resulta especialmente visible en economías que dependen de ciclos externos sin construir motores endógenos de productividad.
El comercio internacional refuerza esta lectura. Durante décadas fue un impulsor automático del crecimiento global. Hoy crece a un ritmo inferior al del PIB mundial. La fragmentación geoeconómica, el aumento de barreras comerciales y la relocalización productiva introducen costos adicionales y reducen la eficiencia agregada. Este nuevo entorno penaliza especialmente a las economías con menor capacidad tecnológica e institucional, ampliando las brechas existentes. La reorganización del comercio permite ganar tiempo, pero no redefine el rumbo.
En este contexto, la inteligencia artificial emerge como el principal foco de optimismo. Su potencial para elevar la productividad es real, pero su impacto macroeconómico sigue siendo incierto y altamente concentrado. La inversión se dirige a un número limitado de sectores y empresas, mientras los efectos sobre el empleo y la productividad agregada aún no se materializan de forma amplia. Sin una estrategia deliberada de difusión productiva, la inteligencia artificial corre el riesgo de reforzar patrones conocidos de concentración económica y desigualdad.
Mariana Mazzucato ha advertido que la innovación solo genera valor social cuando se integra en misiones económicas claras capaces de articular inversión pública, sector privado y objetivos colectivos (Mazzucato, 2018). Sin ese marco, la tecnología acelera procesos existentes, pero no corrige sus desequilibrios.
El problema de fondo no es la ausencia de crecimiento, sino la ausencia de dirección. La economía mundial ha desarrollado una notable capacidad para gestionar crisis y evitar colapsos sistémicos, pero ha perdido un horizonte claro de transformación. La estabilidad se ha convertido en un fin en sí mismo y la resiliencia ha sustituido al desarrollo como objetivo implícito. Se crece sin reducir desigualdades de manera significativa, se estabilizan las variables macroeconómicas sin fortalecer la cohesión social y se administran equilibrios que no se traducen en bienestar tangible para amplios segmentos de la población.
Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno como una lógica de rendimiento sin sentido, donde la eficiencia se multiplica mientras se diluye el propósito colectivo (Han, 2015). Esta descripción ayuda a comprender por qué la economía global puede seguir funcionando sin avanzar hacia un proyecto compartido de futuro.
La economía mundial no se encuentra al borde del abismo, pero tampoco avanza hacia una etapa de prosperidad compartida. Sin reformas profundas orientadas a la productividad inclusiva, la inversión pública estratégica, la política industrial inteligente y una gobernanza capaz de articular crecimiento con equidad, el escenario dominante será uno de crecimiento bajo, desigualdad persistente y fragilidad política creciente. La cuestión decisiva ya no es si el sistema resistirá el próximo shock, sino si será capaz de construir un rumbo propio cuando deje de vivir permanentemente en modo de emergencia.
Referencias
Acemoglu, D., y Robinson, J. (2012). Why nations fail. Crown.
Banco Mundial. (2026). Global economic prospects, January 2026. Washington, DC.
Fondo Monetario Internacional. (2025). Perspectivas de la economía mundial. La economía mundial está cambiando, con sombrías perspectivas de crecimiento. Washington, DC.
Han, B.-C. (2015). La sociedad del cansancio. Herder.
Mazzucato, M. (2018). The value of everything. Allen Lane.
Piketty, T. (2014). Capital in the twenty-first century. Harvard University Press.
Rodrik, D. (2011). The globalization paradox. Oxford University Press.
Stiglitz, J. (2019). People, power, and profits. W. W. Norton.
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