En medio de los acelerados acontecimientos geopolíticos que vive el mundo, de los debates que se desarrollan en nuestra región y del reciente discurso de Rendición de Cuentas pronunciado el pasado 27 de febrero, habíamos decidido inicialmente postergar algunas reflexiones que desde hace tiempo deseábamos compartir con el país.
La intensidad del momento político, la avalancha de análisis inmediatos sobre cifras económicas y la discusión coyuntural sobre políticas públicas parecían exigir prudencia y esperar a que el ruido del debate bajara de intensidad.
Sin embargo, precisamente porque los tiempos que vivimos están marcados por cambios profundos en el orden internacional, por tensiones culturales y por nuevas presiones sobre las identidades nacionales, resulta oportuno detenernos un momento y reflexionar sobre algo más esencial: la dominicanidad.
La reciente conmemoración del 182 aniversario de nuestra independencia nacional nos brinda el marco perfecto para hacerlo. Cada 27 de febrero los dominicanos celebramos mucho más que una fecha histórica. Celebramos una decisión colectiva, tomada en un momento de enorme incertidumbre, de ser libres, de ser una nación y de construir un destino propio.
Hace 182 años, inspirados por la visión de Juan Pablo Duarte y el sacrificio de los Trinitarios, un grupo de patriotas proclamó la independencia de la República Dominicana. Aquella proclamación no fue solamente un acto político; fue también el nacimiento de una identidad nacional profundamente arraigada en valores, cultura y fe.
La dominicanidad posee rasgos únicos que nos distinguen en el mundo. Nuestra bandera lleva la cruz en su centro, símbolo de nuestra tradición cristiana, y nuestro escudo nacional es el único del planeta que contiene la Biblia abierta. No son simples elementos heráldicos. Representan una concepción de la vida y de la sociedad que reconoce la centralidad de la dignidad humana, la familia y los valores espirituales.
Pero nuestra identidad no se define únicamente por los símbolos. La dominicanidad es también el resultado de una síntesis cultural extraordinaria. En nuestra sangre, en nuestra música, en nuestra gastronomía y en nuestra forma de ver la vida se mezclan la herencia de nuestra madre patria española, la fuerza rítmica y cultural africana y la creatividad caribeña que dio origen a un nuevo ser humano: el dominicano.
Somos un pueblo mestizo, orgulloso de su historia, de su cultura y de su capacidad de superar adversidades. Sin embargo, en el mundo actual las identidades nacionales enfrentan desafíos cada vez más complejos. Vivimos en una época de transformaciones aceleradas en la economía global, en la geopolítica y en el ámbito cultural.
Durante los últimos años hemos visto cómo diversas corrientes globalistas han intentado relativizar principios fundamentales sobre los que se han construido nuestras sociedades: la familia, las tradiciones culturales, las identidades nacionales y la soberanía de los Estados.
En muchos casos estas visiones pretenden diluir las particularidades de los pueblos, imponer agendas culturales ajenas a nuestras realidades o presionar para modificar valores profundamente arraigados en nuestras comunidades.
En el caso dominicano, estas tensiones también se han manifestado en debates sobre nuestra frontera, sobre la preservación de nuestra identidad nacional y sobre la necesidad de proteger nuestros sectores productivos frente a dinámicas económicas externas que, sin una adecuada estrategia nacional, pueden afectar el emprendimiento local y debilitar nuestra capacidad de generar riqueza.
Pero al mismo tiempo, el mundo parece estar entrando en una nueva etapa de rivalidades geopolíticas. Se percibe el resurgimiento de visiones de poder que muchos pensaban superadas, donde las grandes potencias intentan redefinir las reglas del sistema internacional.
Algunas de estas corrientes reivindican valores que muchos compartimos —como la importancia de la familia, la defensa de tradiciones culturales o la crítica a excesos del relativismo globalista— pero al mismo tiempo pueden derivar en enfoques autoritarios o en intentos de imponer nuevas formas de hegemonía.
La República Dominicana debe mantener relaciones constructivas con todas las naciones, y muy especialmente con los Estados Unidos, nuestro principal socio comercial, la nación más poderosa del mundo y un actor central en la estabilidad del hemisferio. La cooperación económica, el intercambio comercial y los vínculos históricos hacen de esa relación un pilar fundamental de nuestra política exterior.
Pero las relaciones internacionales sólidas se construyen sobre la base del respeto mutuo. La amistad entre naciones no implica renunciar a la identidad propia ni subordinar nuestras decisiones a intereses externos.
La República Dominicana debe relacionarse con el mundo desde la dignidad que le otorga su historia y su condición de nación soberana. Debe defender su cultura, su identidad, su frontera y su derecho irrenunciable a decidir su propio destino.
Personalmente, aspiro a que nuestro país fortalezca una agenda nacional propia, coherente con nuestras aspiraciones como sociedad.
Una agenda que valore y respete nuestra identidad cultural, que impulse una estrategia de desarrollo pensada desde nuestras propias realidades y que tenga como objetivo construir un país cada vez más autosuficiente, productivo y equitativo.
Necesitamos fortalecer nuestros sectores productivos, promover el emprendimiento nacional, ampliar las oportunidades para nuestra gente y avanzar hacia un modelo de desarrollo que permita una mejor distribución de la riqueza. El crecimiento económico por sí solo no basta si no se traduce en mayor bienestar, mayor movilidad social y mayor igualdad de oportunidades.
La independencia proclamada en 1844 no fue solamente un acontecimiento del pasado. Es un compromiso permanente con la libertad, con la dignidad nacional y con la responsabilidad histórica de construir una nación mejor.
Hoy, 182 años después, ese compromiso sigue vigente.
Ser dominicano es un privilegio. Pero también es una responsabilidad.
Significa honrar nuestros símbolos, defender nuestra cultura, proteger nuestra soberanía y trabajar cada día para que la República Dominicana sea una nación cada vez más fuerte, más justa y más orgullosa de sí misma.
Porque la dominicanidad no es solo una herencia. Es una tarea que debemos renovar en cada generación.
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