Con Herta Brauer, procedente de Hamburgo, nace el ballet clásico en la República Dominicana.

En 1944, la inmigrante, huyendo de la Segunda Guerra Mundial, llega al país junto a su esposo, a través de un salvoconducto, estableciéndose en nuestro pueblo de Jarabacoa. Herta había incursionado en el ballet clásico, el teatro, el periodismo, el cine y la literatura. Flor de Oro Trujillo, quien descubre a la artista, le propone trasladarse a la ciudad de Santo Domingo para fundar lo que sería la primera academia de ballet clásico del país.

Así, la danza dominicana arranca con muy buen pie. Dispuso de ayuda económica, espacios adecuados y un piano para sus labores, puestos a disposición de la gran maestra. La enseñanza era académica, sistemática y rigurosa; hasta siete horas de trabajo imponía a sus alumnas, impregnándolas del legado ruso, francés e italiano de aquellos años en que la danza clásica en Europa respiraba una herencia de excelencia para este arte.

Con el tiempo se incorporaron también otros nombres importantes para la docencia de la danza en nuestro país, como Magda Corbert, Clara Elena Ramírez, Ana Grullón de Pellerano, Eladia de Cuello, Irmgard Despradel y muchos más. Todos tenían como base metodológica de enseñanza el ballet clásico.

Esta actividad artística pasó a ser, durante muchos años, el estudio extracurricular más popular para las niñas del país. Fueron muchas las academias que se crearon en la capital y en el interior, en Santiago, La Vega, San Francisco de Macorís, entre otras ciudades. Las familias buscaban en este arte disciplina, salud corporal, buena postura y formación del carácter. Con el tiempo, el ballet, cumpliendo esa misión, fue enraizándose en el gusto de la sociedad dominicana y creando un amplio público amante de este maravilloso arte.

Toda esta inquietud comprometió al sector danzario a desarrollar competencias, elevar las exigencias y el rigor, así como incorporar experiencias tomadas del exterior. Ese esfuerzo condujo al reconocimiento de la danza por parte del gobierno del entonces presidente Antonio Guzmán Fernández, otorgándole carácter institucional de Estado mediante la creación, por decreto, del Ballet Clásico Nacional, en 1981, y posteriormente, en 1990, de la Escuela Nacional de Danza. La danza fue la última de las artes en ser reconocida oficialmente por el Estado.

Grandes bailarinas y bailarines dominicanos se han paseado por los diferentes escenarios del país y del extranjero con gran éxito. Igualmente, la incorporación de los hombres a un área que durante mucho tiempo estuvo reservada exclusivamente para las mujeres rompió con los prejuicios establecidos de antaño. El enorme esfuerzo de generaciones de danzantes, profesores, críticos, periodistas, balletómanos y del público en general permitió valorar la danza como una forma digna y elevada de vivir del arte y como una fuente de goce espiritual.

Después de este preámbulo, hoy, observamos con asombro y pesar la realidad de la danza y, muy particularmente, el nivel precario del ballet clásico estatal, desde la propia escuela hasta su representación profesional.

Estamos convencidos de que el poco cuidado, la falta de supervisión, la ausencia de retos y las debilidades en la formación de todas las escuelas de Bellas Artes ponen hoy en riesgo todo lo que se ha avanzado durante décadas.

Hago un señalamiento especial a la Escuela Nacional de Danza, institución llamada a regir y reglamentar el proceso de enseñanza hasta la profesionalización del talento balletístico dominicano, procurando su perfeccionamiento y realización artística.

La escuela no proyecta el ballet clásico como la base formativa esencial sobre la cual deben sustentarse las demás áreas, como la danza contemporánea y la danza folclórica. Esta realidad queda reflejada en su plan de estudios.

El nivel tristemente evidenciado en las últimas graduaciones llama la atención sobre la responsabilidad de la propia dirección de la escuela y de las instancias corresponsables, como el departamento de coordinación de la institución, Endanza, y el DEFAE, órgano oficial encargado de supervisar las escuelas de Bellas Artes del país, todos bajo la Dirección General de Bellas Artes.

Lo más penoso es que, esta institución cuenta con los mejores profesores del país. Entonces, ¿qué está pasando con el resultado final después de tantos años de formación? Lo hemos dicho, lo hemos observado y lo hemos seguido año tras año. Es decir, hay descuido, falta de rigor en la implementación de la metodología y, lo que resulta fundamental en toda dirección artística, ausencia de visión y de desafíos. Esta por demás decir, las reglas claras deben imperar para garantizar una formación académica seria, como la que, en el pasado produjo decenas de graduados sobresalientes.

La inversión que realiza el Estado para sostener un estudio tan especializado, riguroso, sofisticado y exigente, frente a un resultado tan decepcionante, obliga a revisar con carácter de urgencia todos los aspectos antes mencionados, incluyendo la situación de las escuelas del interior del país, que siguen el mismo derrotero.

Ha muerto la primera institución formativa de la danza en la República Dominicana.

Perdimos todos.

Ninoska Velasquez Matos

Bailarina

Ninoska Velázquez. Prima bailarina, Coreógrafa y Maestra de Ballet Clásico Directora de Ballet Clásico Nacional (1991), Directora de la Escuela Nacional de Danza (2004-2013), Directora Ballet Metropolitano de Santo Domingo (2013-2016), Directora de la Escuela Superior de Ballet (1992-2003).

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