Durante más de dos décadas, mi trayectoria profesional me ha permitido transitar por escenarios profundamente diversos. He participado en juntas directivas, diálogos institucionales, encuentros comunitarios y espacios académicos internacionales. En todos ellos he observado un fenómeno que suele pasar desapercibido aunque resulta fundamental para cualquier avance colectivo. Las conversaciones más complejas y los desacuerdos más profundos no se sostienen por la coincidencia de ideas, sino por algo mucho más simple: la presencia de gestos básicos de cortesía.

Los ejemplos son cotidianos. Alguien pide la palabra antes de intervenir. Un mediador resume con fidelidad el punto de vista ajeno antes de responder. Un líder reconoce que puede estar equivocado o que necesita comprender mejor el argumento contrario. Estos actos parecen simples modales, pero en realidad son los hilos que sostienen el tejido de la conversación pública. Sin ellos, el diálogo se rompe. Con ellos, el espacio común permanece intacto incluso cuando las posiciones son opuestas.

A menudo tratamos la cortesía como un conjunto de formalidades heredadas, una especie de barniz social para quedar bien o evitar tensiones. Sin embargo, esta visión es incompleta. La cortesía cumple una función práctica: permite que las diferencias puedan discutirse sin destruir el espacio donde ocurre la deliberación.

En tiempos de comunicación digital, donde muchas plataformas premian la respuesta inmediata, el sarcasmo y la descalificación, esta función se vuelve aún más evidente. La cortesía no es debilidad ni falta de carácter. Es una forma de inteligencia que permite sostener conversaciones complejas sin recurrir al insulto o a la humillación. Es el reconocimiento de que para que nuestras ideas puedan circular, primero debe sobrevivir el canal de comunicación con quienes piensan distinto.

Para comprender por qué esto resulta tan difícil, conviene mirar a la psicología intercultural. El investigador estadounidense Milton Bennett desarrolló hace décadas el Modelo de Desarrollo de la Sensibilidad Intercultural, que describe cómo las personas reaccionan frente a la diferencia.

En las etapas iniciales del modelo, la diferencia se percibe como una amenaza. Cuando alguien sostiene valores o visiones del mundo distintos, sentimos que nuestras convicciones están siendo cuestionadas. En ese estado, el desacuerdo se vive como un ataque personal y la reacción más común es la defensa. Ridiculizar al otro, descalificarlo o negar la legitimidad de su punto de vista.

Luego aparece una etapa aparentemente más conciliadora: minimizar las diferencias. Es la idea de que, en el fondo, todos somos iguales o que todos queremos lo mismo. Aunque suena armoniosa, tiene un límite importante. Solo aceptamos al otro si se parece lo suficiente a nosotros.

Las etapas más avanzadas del modelo implican algo más exigente: reconocer que existen marcos culturales y mentales distintos que son legítimos. La clave no es eliminar la diferencia, sino desarrollar la capacidad de interactuar con ella. Es justamente aquí donde la cortesía adquiere su verdadero significado. Escuchar antes de responder, preguntar antes de refutar y reconocer la lógica del argumento contrario no son gestos superficiales. Son señales de una identidad lo suficientemente segura como para no sentirse amenazada por la existencia de otra perspectiva.

En el contexto dominicano existe, sin embargo, cierta desconfianza hacia las formas corteses. Con frecuencia se interpretan como hipocresía o como diplomacia vacía. Se suele celebrar, en cambio, al individuo que dice las cosas de frente, al que no tiene pelos en la lengua, incluso cuando ese estilo implica atropellar, gritar o descalificar a quien tiene delante.

Pero conviene distinguir entre franqueza y agresividad. La franqueza es una virtud cívica necesaria. Permite expresar convicciones con claridad y honestidad. La agresividad, en cambio, busca anular al interlocutor. Mientras la franqueza fortalece el debate al poner las posiciones sobre la mesa, la agresividad lo empobrece y termina expulsando a quienes desean participar de manera constructiva.

Las sociedades que logran sostener instituciones democráticas estables no son aquellas donde todos están de acuerdo. Son aquellas que han aprendido a gestionar el desacuerdo. En ese proceso, la cortesía funciona como una infraestructura invisible de la vida pública. Permite que personas con visiones profundamente distintas compartan espacios institucionales sin que cada discusión se convierta en una confrontación personal.

En la República Dominicana convivimos con una paradoja interesante. Somos una sociedad reconocida por su hospitalidad, su cercanía y su capacidad para generar vínculos humanos con facilidad. En la vida cotidiana sabemos conversar, compartir y acoger al extraño.

Sin embargo, en la arena pública, en los medios de comunicación, en las redes sociales e incluso en algunos espacios institucionales, se ha ido instalando un estilo de interacción cada vez más confrontacional. Cuando el desacuerdo se transforma sistemáticamente en ataque personal, la deliberación se vuelve difícil. Los debates dejan de ser espacios para buscar soluciones y se convierten en escenarios de desgaste y descalificación.

Sin un mínimo de cortesía, la conversación pública se deteriora. Si no somos capaces de reconocer la dignidad de quien piensa distinto, resulta imposible construir acuerdos duraderos o políticas de largo plazo.

Recuperar la cortesía no significa suavizar las convicciones ni eliminar el conflicto. El conflicto es natural en cualquier sociedad plural. La cortesía simplemente establece las reglas básicas que permiten tramitar ese conflicto sin destruir la posibilidad de seguir dialogando.

Se expresa en hábitos que hoy parecen cada vez más escasos: escuchar con atención antes de preparar la réplica, responder con respeto evitando caricaturizar la posición contraria, y disentir sin convertir la diferencia en un ataque personal.

La cortesía no es un lujo decorativo ni un gesto superficial. Es la forma más básica de reconocer la dignidad del otro. Sin ese reconocimiento, ninguna conversación pública puede sostenerse. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de conversar, termina perdiendo también la capacidad de gobernarse.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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