Durante muchos años me gustó asistir a los cinefórums que se organizaban en República Dominicana. Recuerdo especialmente los dirigidos por Armando Almánzar y otros críticos que hicieron de la discusión cinematográfica un ejercicio de reflexión. No se trataba solamente de ver una película. Después había que pensarla, discutirla, preguntarse qué habíamos visto y qué nos había hecho pensar. Quizás por eso mantengo una relación particular con el cine. Yo no voy al cine principalmente a reír. Voy al cine a pensar. No tengo nada contra la comedia, pero prefiero el drama, las situaciones difíciles de la condición humana. Tal vez tenga que ver con mi formación filosófica y con mi cercanía al existencialismo. 

Por eso fui a ver La corta vida de las flores, película dominicana dirigida por Pablo Lozano y escrita por Juan Antonio Bisonó. Fui con cierto desgano, debo confesarlo, y encontré una película que me convirtió en un corazón pensante. Rommel, interpretado por Héctor Aníbal, es músico. Roxanna, interpretada por Judith Rodríguez, trabaja con flores. Esperan su primer hijo. Ese embarazo abre un proyecto hacia el futuro, pero sobre esa presente pesa un pasado que ninguno de los dos parece haber cerrado. Ese pasado tiene un nombre: Arturo, antiguo novio de Roxanna y mejor amigo de Rommel. Arturo ha muerto, pero continúa entre ellos.

No sé si debemos interpretar aquella muerte como accidente o suicidio. Tampoco creo que sea indispensable decidirlo. Las dos posibilidades inquietan. Si fue accidental aparece la contingencia: un ser humano está lleno de proyectos y de pronto la muerte termina con ellos. Si fue suicidio, aparecen otras preguntas: el dolor, los celos, la desesperación, la libertad y la opacidad inevitable de la conciencia ajena. Nunca sabremos del todo qué pasaba por dentro de Arturo.

Hay una escena que para mí resulta clave: el juego con el humo del cigarrillo, ese gesto que pasa del novio al mejor amigo. Yo podría ponerle un título: “Estás jugando con fuego”. Es mi lectura, como siempre con un tinte existencial. Somos libres, pero nuestra libertad ocurre en un mundo compartido. Nuestras elecciones entran en la vida de los otros y abren consecuencias que luego no controlamos. Podría hablarse también de inocencia, pero el gesto queda inscrito en una trama donde intervienen varias libertades.

Pero la muerte pesa. Para Sartre, mientras vivimos somos posibilidad, proyecto, apertura; no somos una realidad terminada. Podemos responder, rectificar, comenzar de nuevo. Con la muerte eso se cierra radicalmente. Arturo queda convertido en un en-sí: ya no puede explicar qué sintió, qué quiso ni qué significaron sus actos. Su vida queda entregada a quienes sobreviven. En ese sentido entiendo la formulación sartreana de la muerte como la venganza de los otros: el muerto ya no puede responder a las interpretaciones que los demás hagan de su existencia.

Y aquí encuentro algo luminoso en la película. Rommel y Roxanna no se vengan de Arturo. Tampoco necesitan disminuirlo para legitimar su relación. Lo amaron y continúan amándolo mientras intentan amarse entre ellos. Su nuevo amor no exige destruir al ausente; por el contrario, puede convertirse en una forma de homenaje al amigo muerto.

Simone de Beauvoir me acompaña inevitablemente en esta reflexión. En Una muerte muy dulce, escrita a partir de la enfermedad y muerte de su madre, la muerte aparece como una violencia indebida. Sabemos que somos mortales, pero la muerte irrumpe clausurando una existencia que todavía era posibilidad. La película me hizo pensar entonces en otra cuestión: qué hacemos los vivos con quien ya no puede responder. Rommel y Roxanna responden conservándolo amorosamente en su memoria. 

Esto no elimina las dificultades de la pareja. Roxanna está embarazada y, en un momento de mal humor, Rommel le reprocha haberse embarazado sin su permiso. ¿Sin su permiso? Esa frase resulta especialmente perturbadora desde una mirada feminista. Un embarazo puede formar parte de un proyecto compartido, pero otra cosa es suponer que el cuerpo de una mujer necesita autorización masculina.

Aquí recuerdo a Celia Amorós y su crítica feminista a la maternidad entendida como fatalidad biológica. Lo decisivo es que una mujer pueda asumir la maternidad como proyecto propio y no como destino impuesto. La frase de Rommel transforma una responsabilidad que puede ser compartida en una pretensión masculina de autoridad sobre el cuerpo femenino. Se puede amar y, al mismo tiempo, ejercer dominio. Pero eso no basta para construir una relación justa. El amor no debería ser posesión, sino proyecto compartido entre dos libertades. 

En ese contexto aparece la coach-terapeuta, interpretada por Isabel Spencer. Con muy pocas palabras deja saber que vive con su compañera. Otra forma de pareja. La pregunta se amplía entonces: no se trata solamente de qué modelo de relación elegimos, sino de qué proyecto son capaces de construir dos personas sin que una anule a la otra.

En segundo plano aparecen la relación de Rommel con una mujer mayor y la breve historia de una joven que duda ante el matrimonio. No son ejes del relato, pero dejan ver, casi de costado, otras formas de experimentar los vínculos y decidir qué hacer con ellos.

Me impactó especialmente el uso de los primeros planos. En Héctor Aníbal y Judith Rodríguez, ambos magníficos —la actuación de Héctor Aníbal me pareció francamente fabulosa—, el rostro llega a decir tanto como los densos diálogos; Lidia Ariza construye casi solo con la mirada, e Isabel Spencer, con pocas palabras y silencios, logra una presencia notable.

En la película, vida y muerte corren en paralelo. Arturo ha muerto y Roxanna espera un hijo: fin y comienzo. Las flores duran poco; nosotros también. Pero esa brevedad no le quita valor a la vida. Es inevitable recordar aquí a Hannah Arendt. En La condición humana, frente al peso tradicional concedido a la mortalidad, aparece la natalidad: cada nacimiento introduce en el mundo la posibilidad de un nuevo comienzo. La película pone así frente a frente la muerte que clausura proyectos y el nacimiento que abre posibilidades.

Y al final, un merengue. Yo lo recibí como afirmación de nuestra identidad caribeña. No digo que esa sea necesariamente la intención del director; digo cómo me llegó a mí. Después de pensar la muerte viene la vida que sigue, con nuestros ritmos y nuestra música.

Por todo esto recomiendo esta película y me gustaría verla discutida en un cinefórum, porque pertenece a esas historias que no terminan cuando una sale del cine, sino que continúan precisamente porque nos dejan pensando.

Referencias

Arendt, H. (2009). La condición humana. Paidós.

Beauvoir, S. de. (2003). Una muerte muy dulce (M. E. Santillán, Trad.). Edhasa.

Sartre, J.-P. (2021). El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica (J. Valmar, Trad.). Losada.

La corta vida de las flores. República Dominicana, 2026. Dirección: Pablo Lozano. Guión: Juan Antonio Bisonó. Producción: Juan Antonio Bisonó y Jordi Gassó. Fotografía: PJ López. Música: Andrés Rodríguez. Casas productoras: Lantica Studios y La Felicidad. Reparto principal: Héctor Aníbal, Judith Rodríguez, Isabel Spencer, Yasser Michelén, Inti Santana, Lidia Ariza, Mercedes Morales y Carlota Carretero. Estreno: 27 de agosto de 2026.